photo Raffaele Di Pietro
Por Marie-Lucile Kubacki
Roma (Agencia Fides) – “El palacio de Propaganda Fide no es solo un monumento de la ciudad eterna, sino que desde hace cuatro siglos representa la imagen concreta del compromiso de la Iglesia de Roma en la obra de la difusión del Evangelio en todo el mundo”. La formulación del cardenal Luis Antonio Gokim Tagle, pro-prefecto del Dicasterio para la Evangelización, resume bien el espíritu de la jornada de estudios “La donación del palacio de Propaganda Fide: 1626-2026”, celebrada el 11 de junio en el Pontificio Colegio Urbano “de Propaganda Fide”, por iniciativa del Archivo histórico de Propaganda Fide.
De la donación de Vives al Dicasterio de hoy
En la apertura, el cardenal Tagle, pro-prefecto del Dicasterio para la Evangelización, Sección para la primera evangelización y las nuevas Iglesias particulares, ha relacionado el cuarto centenario de la donación del Palacio Ferratini Propaganda Fide y el centenario del traslado del Colegio Urbano a la sede del Gianicolo en una única trayectoria, inaugurada por la fundación de la Sacra Congregatio de Propaganda Fide por parte de Gregorio XV el 6 de enero de 1622. “Este palacio tiene sobre todo una relevancia histórica y religiosa, ya que está implícitamente ligado a Propaganda Fide y, por tanto, al mandato de evangelización, el cual, pese a los profundos desarrollos teológicos y los cambios de perspectiva pastoral ocurridos tras el Concilio Vaticano II y las reformas de los Pactos, continúa la obra de aquella Congregación originaria fundada por Gregorio XV el 6 de enero de 1622”, ha recordado el cardenal.
“Durante cuatro siglos, los Pontífices han reformado la Curia Romana y, con ella, la Congregación de las Misiones, según las nuevas exigencias de la Iglesia y del mundo. La última de estas reformas tuvo lugar con la constitución apostólica Praedicate evangelium, promulgada por el difunto papa Francisco, que estableció el Dicasterio para la Evangelización, el cual hoy trabaja para el anuncio del Evangelio en todo el mundo bajo la sabia guía del papa León XIV. Una de las dos secciones del Dicasterio, la Sección para la primera evangelización y las nuevas Iglesias particulares, continúa operando en el palacio al servicio de las misiones”.
El mismo palacio, conocido en su origen como Palacio Ferratini, fue donado a la Sede Apostólica por el prelado español Juan Bautista Vives el 1 de junio de 1626 mediante una donación “modal”, sujeta a una condición: la creación de un colegio misionero.
Según la voluntad expresada por Vives y el propio acto de donación, “el palacio se convirtió en la sede de un colegio misionero, fundado canónicamente por Urbano VIII el 1 de agosto de 1627 con la bula Immortalis Dei Filius. Según los estudios realizados hasta ahora, parece que la actividad del colegio comenzó en 1633, el año siguiente a la muerte de Vives, ocurrida el 22 de febrero de 1632. Esta institución recibió el nombre de Colegio Urbano de Propaganda Fide y fue llamada, desde sus orígenes, a acoger alumnos de toda nación y pueblo, para que se convirtieran en misioneros, anunciadores del Evangelio y constructores de Iglesias locales. En 1633 el palacio se convirtió también en la sede oficial y operativa de la Sacra Congregación de Propaganda Fide”.
Juan Bautista Vives, el donante por redescubrir
Las dos sesiones de la jornada de estudio han sido coordinadas respectivamente por el profesor Pierantonio Piatti, secretario del Pontificio Comité de Ciencias Históricas, y por el jesuita portugués Nuno da Silva Gonçalves, director de ‘La Civiltà Cattolica’ y profesor en la Facultad de Historia y Bienes Culturales de la Iglesia de la Pontificia Universidad Gregoriana.
La figura de Vives ha sido el tema central de varias intervenciones, que han permitido delinear el perfil de quien, con su donación, dio forma a toda una estructura institucional.
Por su parte, don Flavio Belluomini, archivero del Archivo histórico de Propaganda Fide, ha mostrado, a partir de los documentos de archivo, cómo el proyecto de un colegio misionero ya estaba presente en las primeras reuniones de Propaganda Fide en enero de 1622, y cómo la casa de Vives, tras un largo litigio sobre la propiedad del Palacio Ferratini, fue progresivamente concebida como domus del Papa para la propagación de la fe.
Monseñor José Jaime Brosel Gavilá, rector de la iglesia nacional española de Santa María de Montserrat en Roma y del Instituto Español de Historia Eclesiástica, ha completado este cuadro situando a Vives en las redes político-eclesiásticas de inicios del siglo XVII.
“Nos encontramos ante una figura extraordinaria, de enorme relevancia y sorprendente complejidad, cuya trayectoria humana y eclesial aún espera una biografía a la altura del papel que desempeñó en la historia de la institución misionera de la Iglesia”, ha señalado el rector. “Vives fue agente del rey Felipe III y de la Inquisición española; fue embajador del reino del Congo ante la Santa Sede, regente en Roma de los archiduques gobernadores de los Países Bajos y prelado de la joven Congregación de Propaganda desde su fundación”.
Como rector de la iglesia nacional española, monseñor Brosel ha recordado que es “custodio de su sepulcro”: monseñor Vives, según su última voluntad, fue enterrado “sin inscripción funeraria en nuestro presbiterio”. El lugar exacto de su sepultura sigue siendo desconocido; “ni siquiera las más recientes investigaciones realizadas con tecnología radar han permitido identificarlo”.
Como rector del Instituto Español de Historia Eclesiástica, ha añadido que se considera “en cierto modo custodio de su memoria”. El pasado 18 de junio, bajo la presidencia del cardenal Tagle, se presentó en la sede del Instituto un proyecto de investigación dedicado a monseñor Juan Bautista Vives, dirigido por el reverendo profesor Francisco Juan Martín Rojas; los primeros resultados se presentarán en un congreso previsto para diciembre.
Monseñor Brosel ha recordado también que Vives “había intentado fundar un primer colegio cerca de Piazza del Popolo para la conversión de los protestantes, un segundo para los sacerdotes diocesanos que querían ser misioneros, y este del Palacio Ferratini fue el tercero”, y ha citado una carta de finales de 1625 a Urbano VIII, en la que Vives reinterpretaba la compra del palacio como un acto al servicio de la propagación de la fe. En ella escribía que había comprado el Palacio Ferratini “para servicio de la propagación de la fe” y que esperaba que el nuevo proyecto fuera “de gran aumento para la asamblea de la fe”, prefigurando así el nacimiento del futuro Colegio Urbano.
Para monseñor Brosel, la mejor manera de honrar la memoria de Vives es “seguir estudiándolo con rigor científico, liberándolo tanto del olvido como de la leyenda, para que su figura pueda recuperar el lugar que le corresponde en la historia de la institución misionera de la Iglesia”.
El Colegio Urbano, una casa que se reforma sin renegar de sí misma
Desde la perspectiva del Colegio Urbano, el rector don Armando Nugnes ha interpretado la donación de 1626 como un gesto a la vez jurídico y espiritual, motivado por la pasión misionera de Vives y de sus aliados, en vista de un “colegio pontificio” enteramente dedicado al clero misionero.
“Aquel acto de donación fue ante todo una expresión concreta de la pasión misionera de monseñor Vives y de otros que compartieron con él el ambicioso proyecto”, ha explicado, subrayando que el colegio “nace como una especie de colegio pontificio para las misiones” y que solo a partir de 1641 pasaría a depender del Dicasterio fundado en 1622.
Insistiendo en el hecho de que un seminario es siempre, por definición, a la vez comunidad y casa, don Nugnes ha recordado que “el seminario es casa, es familia, además de comunidad”, y que el núcleo originario del Palacio Ferratini fue, a lo largo de los siglos, transformado radicalmente para responder a las necesidades de una comunidad en crecimiento, hasta la decisión, hace un siglo, de iniciar el traslado del colegio al monte del Janículo, con la inauguración oficial en 1931.
Don Nugnes ha visto en la coincidencia de los aniversarios de la donación y del traslado un signo elocuente de la continuidad “jurídica, espiritual y sustancial” del Colegio Urbano, capaz de reformar sus estructuras y sus programas formativos sin perder nunca su identidad, a diferencia de otras instituciones romanas como el Colegio Romano.
Además, ha recordado que el Colegio Urbano ha sido una de las pocas instituciones formativas de las que han surgido otras realidades -la Universidad Urbaniana y otros colegios de Propaganda- sin “perder su fisonomía y autonomía”, un caso singular si se compara precisamente con el del Colegio Romano. En su pequeña dimensión, ha añadido, el colegio ha sido y sigue siendo “una imagen viva de aquella Iglesia siempre en reforma, no para seguir las modas del tiempo, sino para ser cada vez más fiel al mandato misionero de su Señor”.
La comunidad actual, multicultural y multirracial, ha sido descrita por el rector como el lugar donde “se puede tocar con mano que la esencia de la misión está en un rico intercambio de dones: la misión nunca es unilateral”. En la vida cotidiana del seminario, “el estilo de la misión no puede ser otro que el diálogo”, como enseña el Concilio Vaticano II y como afirmó explícitamente san Juan Pablo II en la Redemptoris missio.
A la luz de esta tradición, incluso las reformas que aguardan al Colegio Urbano en el futuro “no pueden prescindir del estilo sinodal”, ya que -como solía repetir el papa Francisco- “la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia de este tiempo”. Toda revisión de estructuras, formas jurídicas y económicas, ha subrayado, deberá poner “en el centro la comunidad real, con sus riquezas y sus necesidades”.
Crisis de espacio y traslado a la «colina del silencio»
Uno de los hilos conductores de la jornada ha sido la toma de conciencia, lenta pero inexorable, de que el palacio borrominiano de la plaza de España, en el siglo XX, ya no podía sostener por sí solo el peso acumulado de un dicasterio misionero y de un colegio en constante crecimiento.
El padre Belluomini ya ha mostrado cómo la convivencia integral entre la Congregación y el Colegio era constitutiva del proyecto original: ambas instituciones habían sido concebidas como “los dos brazos del Papa”, una para el gobierno central de las misiones y la otra para la formación del clero enviado ad gentes.
Retomando el dossier desde finales del siglo XIX, Luca Balducci, de la Biblioteca de la Universidad Urbaniana, ha reconstruido los repetidos intentos fallidos de ampliación -desde la pasarela hacia un inmueble en via dei Due Macelli hasta el proyecto de un túnel subterráneo entre el Palacio Mignanelli y Propaganda, pasando por la búsqueda de villas alternativas- y el juicio contundente de un informe de 1924 que describía dormitorios improvisados, espacios angostos para 126 seminaristas y un ambiente sonoro constante, marcado por el ruido de los tranvías y el tráfico.
En este contexto, la elección del Janículo -ya célebre por Marcial y por Giosuè Carducci como “colina del silencio” dominante de la ciudad- no se muestra como un capricho estético, sino como la respuesta a la necesidad de un entorno más adecuado para el estudio, la oración y la vida comunitaria, manteniendo al mismo tiempo un diálogo visual privilegiado con la cúpula de San Pedro.
Balducci ha recorrido en detalle las negociaciones para la compra de una parte del antiguo hospital de Santa Maria de la Piedad, los complejos arbitrajes con el North American College para la división del área de Villa Gabrielli, los vínculos arqueológicos y geotécnicos que afectaban al sector norte asignado a Propaganda Fide, y el esfuerzo financiero del episcopado estadounidense. En particular, ha recordado la figura del cardenal George B. Mundelein, arzobispo de Chicago, que obtuvo un préstamo bancario sustancial para financiar la nueva sede y la Mundelein Memorial Library, dejando una huella aún hoy visible en el complejo urbaniano.
Arquitectura: un lenguaje teológico desvelado
La sesión dedicada al arte y la arquitectura ha mostrado que la historia de Propaganda Fide puede leerse no solo en los documentos de archivo, sino también en la piedra y en la luz.
La profesora Marisa Tabarrini (Sapienza Universidad de Roma) ha ilustrado la estratificación del complejo de la plaza de España: el núcleo Ferratini del siglo XVI, las intervenciones de Gaspare De Vecchi y de Gian Lorenzo Bernini -con el ala del colegio, la sala de las congregaciones y la primera capilla de los Reyes Magos- y, finalmente, la gran recomposición borrominiana que cierra la manzana, crea corredores de doble nivel e introduce dispositivos de circulación e iluminación de notable refinamiento.
El profesor Joseph Connors (University of Notre Dame), en el texto leído por Silvia Calogero, ha propuesto una microhistoria ejemplar: el paso de la «pequeña capilla» de los Reyes Magos de Bernini (1634, pronto saturada por los monumentos funerarios de los grandes benefactores) a la «gran capilla» de Borromini (1660–1667), en el contexto de necesidades litúrgicas, financieras y de circulación interna.
Retomando los modelos de Giacomo della Porta en las Tres Fuentes, la transformación de la tipología oval y la bóveda en red de nervaduras en la que parece que el Espíritu Santo desciende a través del tejido de la luz, Connors ha explicado lo que denomina la «paradoja Borromini»: una arquitectura fundada en los grandes tratados y en los ejemplos antiguos y modernos, y sin embargo radicalmente original.
Al comparar la fachada de Propaganda Fide con la diseñada por Bernini para Sant’Andrea -su contemporáneo y rival-, Connors observa: “Bernini exhibe su renacimiento; saluda al espectador culto que piensa en el Palacio de los Tribunales de Bramante y en el Palacio Senatorio del Capitolio. Sostiene con fuerza la idea de jerarquía, situando lo más importante en un cuerpo más elevado, controlando al mismo tiempo el contexto con alas laterales bajas y poblando el espacio de estatuas como otros tantos actores en un escenario. La fachada de Propaganda de Borromini, por el contrario, es totalmente distinta. No la sitúa en lo alto, sino al nivel del transeúnte. Moldea el horizonte no con la estatua, sino con un marco curvado. No es necesario retroceder para contemplarla; es ella la que puede inclinarse hacia el interior y atraer al espectador que avanza por la calle. Bernini llenó su arquitectura de personajes como actores en un escenario. Borromini, en cambio, quiso una arquitectura pura, pero no por ello menos dramática.»
Un laboratorio misionero para el siglo XXI
En el sucederse de las intervenciones, el congreso ha delineado una imagen coherente: la de un conjunto -palacio, dicasterio y colegio- concebido desde el inicio como una «domus del Papa para la propagación de la fe», que nunca ha dejado de mantener unidos el gobierno central de las misiones y la formación descentralizada de un clero autóctono.
El anuncio de un proceso de investigación plurianual, articulado en una nueva jornada de estudio en diciembre sobre los orígenes de Propaganda Fide y en un congreso internacional en 2027 con motivo del cuarto centenario del Colegio Urbano, muestra cómo el Dicasterio para la Evangelización continúa bebiendo de la fuente de esta rica historia, asumida no como un patrimonio inmóvil, sino como un taller siempre abierto al servicio de la misión de la Iglesia.
(Agencia Fides 17/6/2026)