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Por Marie-Lucile Kubacki
Roma (Agencia Fides) – «Que vuestro libro habitual de oración y meditación sean los Hechos de los Apóstoles. Acudid allí para encontrar inspiración. Y el protagonista de este libro es el Espíritu Santo». Estas fueron las palabras del Papa Francisco a los directores de las Obras Misionales Pontificias durante la audiencia que les concedió en el Palacio Apostólico en 2018.
Los primeros tiempos del cristianismo han constituido un punto de referencia constante en cada época de profunda reflexión dentro de la Iglesia. Así ocurrió también durante el Concilio Vaticano II, el Concilio del «retorno a las fuentes», en el que obispos y teólogos volvieron a las raíces antiguas -la Sagrada Escritura, la liturgia de los primeros siglos y los Padres de la Iglesia- para encontrar los caminos más adecuados para la misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo.
Heredero de esta tradición, León XIV, que ha iniciado una serie de catequesis sobre el Vaticano II, alimenta su mirada sobre la misión en la fuente de los Hechos de los Apóstoles, como libro de los orígenes: el relato de una Iglesia vivificada por el Espíritu, configurada por el ministerio de Pedro, marcada por el martirio de Esteban y siempre «naciente». De ahí surge su enfoque misionero, modelado por Pentecostés, por la cercanía a quienes sufren, por el camino desarmado de los mártires y por la convicción de que todavía hoy «el cristianismo no ha hecho más que comenzar», como afirmaba el sacerdote ortodoxo ruso Alexandr Men’, asesinado en 1990.
Pentecostés: el Espíritu que abre las puertas
Un mes después de su elección, el 8 de junio de 2025, en la homilía pronunciada con motivo de la solemnidad de Pentecostés, León XIV releía el segundo capítulo de los Hechos de los Apóstoles como la escena fundacional en la que el Espíritu «abre» las puertas del Cenáculo, mientras los apóstoles permanecen encerrados por miedo. Esta dinámica de la «apertura de las puertas» estructura su visión misionera.
El Espíritu «abre las fronteras, ante todo, dentro de nosotros», liberándonos de nuestras rigideces, cerrazones, egoísmos, miedos que nos paralizan y narcisismos. «Abre también las fronteras en nuestras relaciones», ayudándonos a superar el temor a la alteridad, desenmascarando «los peligros más ocultos que contaminan las relaciones, como los malentendidos, los prejuicios y las instrumentalizaciones», y haciendo «madurar en nosotros los frutos que nos ayudan a vivir relaciones verdaderas y buenas», es decir, «amor, alegría, paz, magnanimidad, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí» (cf. Gal 5,22).
Más allá del individuo, el Espíritu «abre también las fronteras entre los pueblos», sustituyendo el caos conflictivo de Babel por la posibilidad de una comprensión recíproca. Este episodio enseña que una Iglesia es verdaderamente apostólica cuando permite al Espíritu liberar sus bloqueos, superar sus repliegues internos y salir al encuentro del otro.
En 2026, nuevamente con motivo de Pentecostés, el Papa Prevost profundiza esta perspectiva presentando al Espíritu como Espíritu de paz, de misión y de verdad. Afirma que el perdón confiado a la Iglesia es una obra divina ofrecida «porque no excluye a nadie» y que el anuncio del Evangelio no se fundamenta «ciertamente en nuestros méritos ni en un privilegio, sino en la palabra del Señor, que santifica al pecador, cura al leproso y convierte en apóstol a quien lo había negado».
Remitiéndose a san Agustín (Sermón 269), relee el don de las lenguas como signo de una unidad en la «única fe» y denuncia explícitamente las «divisiones», las «hipocresías» y las «modas» que oscurecen el Evangelio, subrayando al mismo tiempo que la verdad de Dios es una palabra liberadora que «transforma desde dentro cada cultura».
De esta perspectiva deriva también su crítica a la categoría de «guerra justa» en la encíclica Magnifica humanitas (192): el recurso a este concepto aparece hoy superado y peligroso, en la medida en que la humanidad vive en un universo de redes y algoritmos capaces de alterar profundamente las condiciones de la comprensión mutua.
Pedro y el ministerio de la cercanía
La misión nacida de Pentecostés toma forma de manera particular en la figura de Pedro. En un discurso pronunciado en la Sala Clementina en junio de 2025, León XIV propone una lectura personal de Hechos 3,1-10, aplicada al ministerio petrino y a la diplomacia pontificia.
El episodio narra el encuentro entre un hombre paralítico, sentado junto a la «Puerta Hermosa», reducido a pedir limosna, antes de ser levantado por Pedro, que le ofrece la curación en el nombre de Cristo y no una ayuda basada en el dinero. Trasladando este relato al papel del Sucesor de Pedro, al servicio de una «humanidad resignada», representada por el enfermo del texto bíblico, el Papa sitúa en el centro del ministerio pontificio y de la labor de los representantes pontificios la capacidad de tender puentes, escuchar el clamor de los heridos de hoy y ofrecerles una palabra de salvación que sane.
La respuesta de Pedro al paralítico -«Míranos»- manifiesta la necesidad de vivir el anuncio del Evangelio a través de la relación. La confianza no puesta en «plata y oro», sino únicamente en el «nombre de Jesús», constituye además uno de los rasgos característicos de las primeras comunidades cristianas descritas en los Hechos de los Apóstoles, marcadas por la comunión de bienes, la oración y los carismas puestos al servicio de la misión. Al invitar a los representantes pontificios a ser la «mirada de Pedro» en las periferias del mundo, el Papa convierte la diplomacia pontificia en un programa misionero al servicio del encuentro, de la dignidad humana y de la sanación, alejado de toda lógica de poder.
Esteban, el martirio cristiano y el camino desarmado
A través de la figura de Esteban, León XIV profundiza en el vínculo entre los Hechos de los Apóstoles y su perspectiva misionera, proponiendo una reflexión sobre el significado cristiano del martirio.
En el Ángelus del 26 de diciembre de 2025, retoma el lenguaje de las primeras generaciones cristianas, que hablaban de la «Navidad de san Esteban», «convencidas de que no se nace una sola vez». León XIV subraya el asombro de quienes contemplaron cómo Esteban afrontaba el martirio ante «la luz de su rostro y de sus palabras». Ese rostro «como el de un ángel» es el del testigo de la fe, «de quien no se marcha indiferente de la historia, sino que la afronta con amor».
«La vida de Jesús y de quienes viven como Él es también una belleza rechazada: precisamente su fuerza atrayente suscitó, desde el principio, la reacción de quienes temen perder su poder, de quienes quedan desenmascarados en su injusticia por una bondad que revela los pensamientos de los corazones», observa el Papa, repitiendo también él -como ya habían hecho Benedicto XVI y el Papa Francisco- que la misión avanza «por atracción». Además, señala que Esteban muere perdonando, eligiendo así responder a la violencia sin violencia y confiar en la fuerza paradójica del amor. «Quien hoy cree en la paz y ha elegido el camino desarmado de Jesús y de los mártires es a menudo ridiculizado, excluido del debate público y no pocas veces acusado de favorecer a adversarios y enemigos. Pero el cristiano no tiene enemigos, sino hermanos y hermanas, que siguen siéndolo incluso cuando no logramos comprendernos», afirma el Pontífice.
Nace así el camino desarmado, esa «paz desarmada y desarmante», según la expresión retomada de los mártires de Argelia, Pierre Claverie y Christian de Chergé. En ellos, como en el primer mártir Esteban, la fuerza del testimonio no reside en una demostración espectacular, sino en la sencillez y en la alegría de una vida escondida en Dios y entregada hasta el final.
En la homilía del 29 de junio de 2026, con motivo de la solemnidad de los santos Pedro y Pablo, el Papa presenta a Pablo como «anunciador incansable de la Buena Noticia», representado con sus dos símbolos: el libro y la espada. Dos imágenes que evocan «lo que Dios realizó en el corazón del joven Saulo conquistándolo (cf. Flp 3,12) y conduciéndolo, en primer lugar, a convertirse al Evangelio asumiendo un nombre nuevo; después, a anunciarlo por todo el mundo y, finalmente, a dar testimonio de él, como Pedro, en esta misma ciudad, hasta entregar la vida».
«El Apóstol de las gentes se dejó transformar por la fuerza de la Palabra de Dios, que lo arrancó de la violencia para conducirlo por el camino del amor», concluía el Papa. Este es el sentido más profundo del martirio: un testimonio de amor, ofrecido con sencillez, que revela la verdadera fuerza del Evangelio, expresada en las célebres palabras del apóstol: «cuando soy débil, entonces soy fuerte».
Una Iglesia «siempre naciente»
Para León XIV, la «Iglesia siempre naciente» de los Hechos de los Apóstoles constituye la referencia principal para vivir la misión en el mundo contemporáneo. Una síntesis particularmente desarrollada de esta perspectiva fue ofrecida durante su viaje a África, en la basílica de San Agustín de Annaba, el 14 de abril de 2026.
Meditando sobre la conversión de san Agustín, en aquella ocasión insistió en que «los cristianos nacen de lo alto, regenerados por Dios como hermanos y hermanas de Jesús», reconociendo en los Hechos de los Apóstoles «el estilo que distingue a la humanidad renovada por el Espíritu Santo», marcada por la fe, el amor, la justicia, la fraternidad y la comunión.
«Animada por esta ley, que Dios escribe en los corazones, la Iglesia es siempre naciente, porque donde hay desesperación enciende esperanza; donde hay miseria lleva dignidad; donde hay conflicto lleva reconciliación». Antes de abandonar Annaba, el Papa invitó al pequeño número de cristianos de Argelia a ser como un «grano de incienso»: una presencia humilde que difunde su perfume porque arde con la fe en Cristo, continuando así el testimonio de acogida y apertura en medio del tiempo y de las pruebas.
Ser «siempre naciente» significa, por tanto, aceptar dejarse interpelar y transformar, como ocurrió con la Iglesia de los Hechos de los Apóstoles en el contexto en el que vivía y en el debate sobre la acogida de los paganos, que culminó en el Concilio de Jerusalén, sin dejarse paralizar por la conciencia de ser un pequeño número.
Fidelidad al origen, no por nostalgia, sino porque los orígenes pueden convertirse para cada generación en una fuente de agua viva. Cada generación es, en cierto modo, una generación de primeros cristianos, llamada a vivir la experiencia ardiente de la conversión, es decir, de una vida nueva.
(Agencia Fides 10/7/2026)