Por padre Stefano Camerlengo*
Dianra (Agencia Fides) - Conocí personalmente a Osorio en el seminario teológico de los Misioneros de la Consolata en Kinshasa, adonde llegó desde nuestro noviciado de Mozambique. La primera impresión fue la de un joven lleno de vida y de alegría, deseoso de hacer el bien y de hacerlo bien. Tenía una gran capacidad para entablar relaciones, característica que lo acompañó durante toda su vida. Dondequiera que estuvo, tendió puentes, creó comunión, abrió caminos.
Recuerdo cuando se vio obligado a permanecer varios años en Italia para recibir tratamiento médico, después de un grave accidente de tráfico que había sufrido con otros misioneros en el Congo y que lo dejó paralizado, postrado en cama y obligado a soportar unos tratamientos intensivos muy dolorosos. Vivió todo esto con alegría y gratitud hacia quienes se entregaban por él. Conociendo y apreciando su carácter bondadoso y acogedor, me duele aún más pensar en la manera en que murió. Él, el hombre del diálogo, del encuentro, de la alegría de estar juntos, fue asesinado en su propia casa.
Su muerte triste y dolorosa es una semilla, un amor que abraza a todos y a todo y derriba toda barrera. Un amor que nos anima a entregar la vida por fidelidad al Evangelio y que hoy me impulsa a compartir algunas reflexiones con quienes me leerán.
La lucha contra el mal
Lo que le sucedió a Monseñor Osorio no tiene explicación ni justificación; es la fuerza del mal que se impone y hace sus víctimas. Ante ello se revela la impotencia del ser humano y la condición trágica de su existencia. Es trágico no poder hacer el bien que quisiéramos y no lograr impedir el mal.
El apóstol Pablo describió con fuerza la condición trágica del ser humano enfrentado al mal en el capítulo 7 de la Carta a los Romanos: es la condición del “yo”, impotente ante el bien que no hace y el mal que hace. Para Pablo, esta impotencia es la que el Hijo de Dios asumió, por la fuerza de un amor sin medida, gracias al cual lo trágico es acogido en los abismos mismos de la divinidad. Es la revelación conmovedora según la cual Dios «no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros» (Rm 8, 32), construida sobre el modelo del sacrificio que Abraham se disponía a hacer de su hijo amado, Isaac (Gn 22). Proyectado en las profundidades de Dios, lo trágico está habitado por su Espíritu, cuyos gemidos, descritos en la Carta a los Romanos, señalan la distancia entre el mal presente y el bien prometido, entre la experiencia y la espera. Lo trágico en Dios se convierte así en la verdadera revelación de lo que somos: sólo gracias a esta revelación es posible percibir en toda su dimensión trágica la contingencia del mundo. De este modo, la redención se hace posible: si Dios habita la impotencia, esa impotencia queda redimida. Sólo la compasión infinita rescata el escenario de este mundo que pasa, sin debilitar su contingencia, sino exaltándola en su dignidad, porque ha sido asumida por el Redentor.
Una lectura atenta de la Carta a los Romanos muestra que el mensaje cristiano está muy lejos de ser la eliminación de lo trágico mediante un moralismo fácil; es más bien la transformación de lo trágico en la misma condición de quienes experimentan la debilidad y el sufrimiento, aun habiendo sido justificados por su adhesión a Cristo. Lo trágico cristiano implica no sólo al Hijo, sino también a Dios, que no lo perdonó por nosotros, y al Espíritu, que comparte nuestro gemido y el de toda la creación.
Sólo un Dios que habita la tragedia puede llevar a ella la Buena Noticia de la gracia: sólo el Dios hecho hombre, que carga con el peso del mal que devasta la tierra, puede liberarnos y liberar al mundo. El mal ha sido asumido en Dios, el único que podía vencerlo de este modo. Esto es lo que dice la Carta a los Romanos, de tan ardiente actualidad ante nuestro presente y su condición de naufragio, que no busca salvadores fáciles, sino una proximidad distinta y profunda, capaz de devolver sentido al camino común. Es Pablo quien nos dice que, en Cristo, Dios se ha hecho compañero del dolor humano y fundamento de una esperanza posible: en esta «locura» reside su mensaje.
En la paradoja de este «Evangelio trágico» se encuentra toda su provocadora actualidad: es ahí donde la esperanza cristiana se muestra por lo que es, no evasión consoladora, sino anticipación militante del futuro que ha entrado en este mundo en el Hijo, que ha habitado nuestro dolor, el mal que nos hiere y la muerte. La experiencia y el reconocimiento de este «mal radical» nos llaman a un bien mayor, que no puede ser fruto sólo de la carne y de la sangre, sino que viene de otra parte. Del mal, sólo Dios puede salvarnos: no un dios cualquiera, sino aquel que ha habitado nuestra condición trágica y la ha hecho suya para vencerla en nuestro lugar y por nosotros. El Dios de la caridad infinita: el Dios de Jesucristo. Y el don de Osorio se convierte en una semilla para vencer el mal con el bien.
Osorio, mártir de la justicia
Los tristísimos acontecimientos que han llevado al brutal asesinato de nuestro Osorio hacen pensar en un testimonio pleno y auténtico, en un martirio por la justicia. Para un cristiano, Jesucristo es el testigo fiel y verdadero, y sus discípulos son sus testigos. Los mártires son, según la etimología del término, testigos, los testigos por excelencia, hasta el punto de que en ellos el testimonio encuentra su pleno cumplimiento.
Los mártires son amonestadores incómodos; manifiestan rasgos de una firmeza desconcertante que, en la sociedad actual, provoca en muchos un extraño malestar. Osorio decía que no se puede guardar silencio ante las injusticias, ante el mal. Para los primeros cristianos, los mártires tenían una unión muy estrecha con Cristo; eran la plenitud no sólo de su amor perfecto, sino también de su muerte sangrienta en la cruz.
Algunas consideraciones:
La confesión de la fe y el compromiso por la realización del Reino de Dios no pueden considerarse como dos realidades separadas. Para las primeras comunidades cristianas, el testimonio no era un asunto exclusivamente privado, sino que exigía una confesión pública, con repercusiones evidentes también de orden político en la vida pública de los fieles, en claro contraste con la concepción totalitaria del culto imperial romano. Frente a este culto, los cristianos reivindicaban que Dios, y sólo Dios, tiene derecho a la obediencia de los hombres. Todo esto se entrelazaba con el anuncio del Reino de Dios y de su justicia (Mt 6, 33) y con el Sermón de la Montaña, con sus llamadas al compromiso por la justicia, un compromiso que podía conducir hasta el martirio, la persecución y la muerte, como el mismo Jesús había anunciado y encarnado.
El compromiso por la realización del Reino de Dios, después de la confesión de la fe en la creación, debe considerarse como la segunda motivación fundamental de la concepción teológica del martirio. Los perseguidos a causa de la justicia pueden ser llamados legítimamente mártires en sentido propio y «testigos cualificados de Cristo». Hay que tener en la más alta consideración el vínculo entre el amor de Dios y el amor al prójimo, tal como aparece en todos los textos del Nuevo Testamento, sin excepción: para Cristo, no sufre por él sólo quien es probado por la fe en él, sino también quien, por amor a Cristo, sufre por cualquier obra de justicia, como nuestro querido Osorio.
El dolor de la madre
Al pensar en el final trágico de Osorio, ¿cómo no pensar en su madre, que, después de la inmensa alegría de verlo obispo, lo encuentra asesinado por malhechores? Como la madre de Jesús, con su Hijo clavado en la cruz… ¿Cómo no imaginar -como nos lo recuerda la tradición popular- el caminar de la Virgen María junto a su Hijo camino del Calvario? Lo extraño es que los Evangelios no dicen nada de ese camino; no se recoge ni un suspiro, ni un llanto, ni un grito. Sin embargo, la encontramos al pie de la cruz. María no abre la boca, no pronuncia palabra. Podemos imaginar sus palabras: habrán sido palabras cargadas de amor, como sólo las madres saben pronunciar, como el Hijo le había enseñado.
En esta perspectiva se sitúa el sentido de la muerte en la vida del misionero: donde por muerte se entienden también el dolor y la cruz, la tribulación y la prueba, la inmolación y el sacrificio. Sí, se trata de una de las ideas fundamentales y, diría, constitutivas del apostolado en general y del apostolado misionero en particular. El misionero regala y compromete toda su vida, poniéndola totalmente a disposición de los más necesitados, o no es misionero.
El apóstol es, por su naturaleza, una persona inmolada y sacrificada del modo más radical y total. San Pablo, que se presenta como el apóstol ideal, utiliza un lenguaje impresionante y muy eficaz. Según él, el apóstol es un hombre destinado a la muerte, como una oveja llevada al matadero: perseguido y abandonado por todos, debe afrontar fatigas y tribulaciones de toda clase.
Pablo sufre por sus hijos como una madre y, como una madre, los engendra en el dolor, los protege y los calienta en su seno; como una madre, está siempre en angustia y se consume; como una madre, tiene el honor y la alegría supremos de comunicar la vida con su muerte.
Esta imagen espléndida es utilizada también por Jesús, que dijo: «La mujer, cuando va a dar a luz, siente dolor porque ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda de la angustia, por la alegría de que un hombre haya venido al mundo».
La imagen de la madre que sufre evoca otra, fundamental e importante: la de Abraham, nuestro padre en la fe, que lleva a su hijo Isaac, «su hijo único, a quien amaba», al monte Moria para ofrecerlo a Dios. También la madre del misionero sacrifica, inmola a su hijo a Cristo y a sus hermanos más necesitados. También la madre imita y repite el gesto heroico de Abraham que, llevando a su hijo al monte, llora y sufre, pero obedece valientemente a la palabra de Dios que pone a prueba su fe.
Se trata de una segunda generación, de otra fecundidad, que necesariamente han de costar lágrimas y sangre, según la ley sagrada de toda generación: «darás a luz con dolor». Y si grande es el dolor de la madre que engendra según la carne, mucho mayor ha de ser el dolor de la madre que regenera a su hijo para el apostolado. Pero también será mayor su alegría. Dolor, alegría y apostolado forman un trinomio sacramental indiscutible.
Es la ley pensada por Dios y sellada por la vida y la enseñanza de Jesús, que murió en la cruz por nosotros y nos dijo: «Si el grano de trigo, al caer en tierra, no muere, queda él solo». Sin la muerte del grano, la espiga y el pan que nos alimenta son imposibles. Rechazar esta ley sagrada de la muerte y del dolor, del sacrificio y de la inmolación, es elegir el castigo terrible de la esterilidad.
Como la madre, también el misionero debe hacerse buen pan partido y buen vino derramado, exactamente como Cristo en la Eucaristía, que renueva el gesto supremo de su muerte para nuestra vida. Como la madre, también el apóstol debe vivir lo que acontece en el altar: hacerse cada día buen pan partido y buen vino derramado. En esta inmolación sacramental cotidiana encontrará toda su alegría y el fruto de su apostolado misionero.
No podemos dejar de pensar en las célebres palabras que la madre de san Juan Bosco le dijo el día de su ordenación sacerdotal: «Acuérdate, hijo mío, que ser sacerdote significa sufrir».
Concluyendo estas reflexiones, podemos decir que nuestro Osorio ha luchado y ha dado su vida por esto. La diferencia la marcan quienes luchan, quienes enseñan a luchar, quienes se ofrecen y quienes sufren. La diferencia la marcan quienes perseveran; quienes no huyen del dolor y siguen soñando; quienes no aspiran a vivir para siempre, sino a vivir plenamente; quienes no esconden la alegría y abrazan con más fuerza todavía. La diferencia pertenece a quienes prefieren los hechos a las palabras; por eso son pocos los que la marcan. Porque, como siempre, la diferencia la hacen los que arriesgan, los que permanecen, los que aman.
Y él, al dar su vida por la causa de la justicia y de Cristo, ha amado permaneciendo como una semilla que produce frutos abundantes.
(Agencia Fides 18/6/2026)
*Misionero de la Consolata