Por Marie-Lucile Kubacki
Madrid (Agencia Fides) – En uno de los discursos más importantes de su viaje a España, el dirigido a los parlamentarios españoles, el papa León XIV ha citado al padre de la literatura española, Miguel de Cervantes. «Desde las páginas universales de Don Quijote, donde Cervantes proclamó que “la libertad [...] es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos” (Don Quijote de la Mancha, II, 58), hasta la profundidad espiritual de santa Teresa de Ávila, y desde la gran tradición jurídica española hasta la inquietud metafísica de Unamuno, que recordaba que el hombre “no se resigna a morir del todo” (Del sentimiento trágico de la vida, I), España ha sabido contemplar al ser humano como algo más que una simple pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como una criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal puede apagar; en una palabra, como alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y al servicio de la cual debe estar la acción legislativa», ha afirmado
La referencia literaria resulta particularmente significativa, porque el personaje de Don Quijote concentra varias de las ideas que el Pontífice ha desarrollado durante su viaje sobre la misión en un país de antigua tradición cristiana como es España.
Batallas imaginarias y realismo cristiano
¿Quién es Don Quijote? Un nostálgico de una época y de un mundo que nunca conoció y que, probablemente, solo existió en las novelas de caballería que devoraba con pasión. Un personaje fascinante y, a veces, algo ridículo, enfrentado a la realidad: por eso decide luchar contra molinos de viento que confunde con gigantes. Decepcionado por la realidad tal como es, Don Quijote elige ver únicamente aquello que quisiera que fuera. Recuperará la lucidez poco antes de morir, tras una crisis de melancolía provocada por una nueva derrota. En este sentido, Don Quijote es una figura profundamente moderna e interpelante para los cristianos de los países secularizados, a menudo tentados por la nostalgia de tiempos pasados.
Nostalgia, memoria, patrimonio y visión: en varias ocasiones León XIV ha reflexionado sobre la relación con el pasado. Durante la misa del Corpus Christi en la plaza de Cibeles de Madrid, ha ofrecido una interesante reflexión sobre la tradición de las procesiones. «Jesús camina por nuestras calles», ha afirmado, y por eso «la memoria histórica de las procesiones del Corpus Christi no puede quedar atrapada en un recuerdo nostálgico; debe convertirse en una invitación para el presente, para nuestra vida personal, nuestras relaciones, la sociedad y la construcción del futuro». Así, el recuerdo solo es fecundo si nos ayuda a «no olvidar quién es el Señor» y a «no caer en la tentación de confiar en otros ídolos y alimentarnos de un pan que no sacia». También ha expresado su deseo de que «la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que se visita, sino una escuela de fe de la que podamos seguir aprendiendo hoy». En otras palabras, para no quedar reducida al folclore, la religiosidad popular debe arraigarse siempre en su fuente: el Dios vivo, que se revela en las Escrituras, se entrega en los sacramentos y se deja servir en el hermano.
El “viaje” de la misión
Dirigiéndose a los obispos, el Papa ha comparado la misión con un viaje «cuya meta es Dios, hacia quien elevamos la mirada». Como todo viaje, también este corre el riesgo de quedarse anclado en lo que se deja atrás o de cargar las maletas con objetos innecesarios. Nuestra respuesta al desafío de este camino, ha explicado León XIV, «debe conjugar prudentemente libertad y valentía para abandonar aquellas estructuras que no ayudan, que ya no responden a las necesidades o incluso nos alejan de nuestra meta, conservando al mismo tiempo como un tesoro todo aquello que la favorece». La gestión del patrimonio religioso, cuya belleza puede conmover «incluso a quienes no creen», constituye una «tarea desafiante» que debe afrontarse con «coraje» para que pueda «dar fruto».
Además, en este camino hecho de relaciones y encuentros, todo misionero necesita llevar consigo su «viático»: «el Pan de la Palabra y de la Eucaristía», «aún más necesario que el alimento material, porque nos abre el camino de la salvación».
El consuelo de los santos, brotes nuevos en tierras devastadas
Sin embargo, a veces los encuentros escasean y el paisaje parece desierto, imagen de comunidades eclesiales que en ocasiones cuentan con poca participación. «No es la primera vez que España afronta una situación semejante. En el pasado, cuando la Iglesia tuvo que reconstruir su presencia en tierras devastadas, surgieron modelos de evangelización que más tarde fueron llevados a América y que hoy pueden ayudarnos en nuestra misión», ha observado el Papa.
«Como entonces», ha añadido, «estamos llamados a construir una nueva realidad mediante el diálogo respetuoso y el uso de nuevos lenguajes, tal como hizo el célebre santo alfaquí de Granada, fray Hernando de Talavera, y como repetiría más tarde en América san Toribio de Mogrovejo, cuyo tercer centenario de canonización estamos celebrando, presentándolo precisamente como modelo de obispo “en salida” en tiempos de misión y reorganización eclesial».
En otras palabras, para encontrar su lugar en la sociedad, los cristianos deben mirar el mundo tal como es. Esto no significa aceptarlo todo, pero tampoco lanzarse a una guerra cultural.
El Evangelio describe la actitud cristiana mediante diversas imágenes: el grano de mostaza, la levadura en la masa o la sal de la tierra. Ante las autoridades, el Papa ha encomendado a España, un país con «una gran historia a sus espaldas», la tarea de «valorar la complejidad, estudiarla, aprender a no negarla y a habitarla como una bendición, evitando esos enfoques identitarios que parecen aclararlo todo, pero que llenan el mundo de fantasmas y enemigos». «La propia historia de España demuestra que no es la cultura de la confrontación, sino la del encuentro, la que genera estabilidad y prosperidad», ha subrayado. «Es el regalo que el Viejo Continente puede ofrecer al mundo si quiere seguir siendo joven, porque joven es quien siente que todavía tiene un futuro y una misión que cumplir».
Poco después, ha invitado a los parlamentarios a levantar la vista hacia los cuadros que representan la recepción del Evangelio y del Decálogo, no para alejarse de la realidad, sino para recordar «que cada decisión de las autoridades públicas afecta a personas concretas, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse escuchar».
«Sin confundir el ámbito político con el religioso, estos símbolos nos recuerdan que la libertad moderna también fue preparada por una larga educación de la conciencia profundamente marcada por la tradición cristiana. En esa escuela interior, los pueblos aprendieron que el derecho debe estar al servicio del bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres forman plenamente parte de la comunidad, que el extranjero debe ser acogido con dignidad y que la vida humana jamás puede tratarse como una mercancía», ha afirmado. Añadiendo: «Una ley no alcanza su verdadera grandeza únicamente porque haya sido aprobada formalmente; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede presentarse ante la dignidad de la persona y superar esa prueba sin avergonzarse».
Por eso, «la fe no pretende imponerse mediante privilegios o coerciones», pero tampoco puede «ser relegada al silencio como si fuera irrelevante para la vida pública».
Cuerpos heridos, corazones destrozados
Durante su encuentro con migrantes en el puerto de Arguineguín, en las Islas Canarias, tras escuchar testimonios conmovedores, el Papa ha ofrecido un ejemplo concreto de la misión cristiana ante una de las mayores tragedias de nuestro tiempo. Invitando a los países de origen a realizar un «examen de conciencia», ha señalado que «también la Iglesia debe dejarse interpelar». «La acogida del migrante no puede considerarse algo secundario ni delegarse únicamente en algunos voluntarios», ha insistido. «Nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de donde recibimos la fuerza y la motivación para vivir la caridad; por eso no podemos luego “pasar de largo” ante las cayucos y pateras, porque de la oración brota todo servicio y a ella regresa todo compromiso (cfr. Lc 10,31-32)».
También se ha referido al Anillo del Pescador, símbolo del ministerio petrino: «Su nombre nos lleva al lago de Galilea, donde Cristo llamó a Pedro y le dijo: “Desde ahora serás pescador de hombres” (Lc 5,10)», ha explicado. «La Iglesia ha interpretado ese pasaje como imagen de su misión. Pero aquí, y en lugares como El Hierro, esas palabras adquieren una fuerza literal y dolorosa».
Y ha planteado una pregunta contundente: «Que la historia no tenga que acusarnos de haber convertido el sufrimiento de quienes padecen en un paisaje habitual de nuestras costas. Porque hoy, aquí, junto al mar, cada vida que llega nos pregunta qué queda de nuestra humanidad. Tarde o temprano se sabrá si hemos sabido custodiarla o si dejamos que la indiferencia hablara por nosotros».
Una “locura” que abraza la realidad
En este sentido, si hay algo de Don Quijote que conecta con el corazón cristiano, es su obstinación en creer en una dignidad superior, negándose a medir el valor de la persona según criterios de eficacia económica o social, aunque ello lo haga parecer ingenuo, ridículo o anticuado.
Sin embargo, quien sigue a Cristo está llamado a otra forma de «locura», distinta de la del caballero de la Mancha: no luchar contra molinos de viento en nombre de un pasado idealizado, sino dejar que el Evangelio purifique la nostalgia para mirar la realidad con lucidez, salir a su encuentro y abrazarla con valentía. Movido por una fuerza interior, el cristiano realiza gestos que no considera heroicos, sino simplemente humanos.
«La misión que les encomiendo es precisamente esta: ser humanos. Sí, sean humanos. Hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros dignos de confianza», ha pedido el Papa a los jóvenes durante la vigilia de oración celebrada en Madrid.
Es ahí donde hoy se juega la misión: no en la huida del mundo, sino en ser hombres y mujeres capaces, como Don Quijote, de recuperar la cordura y la sanación, tal como le ocurrió tras su crisis de melancolía.
Y si Cervantes decidió hacer morir a su héroe justamente en ese momento del relato, como si no pudiera existir vida más allá de un idealismo nostálgico, el cristiano puede comenzar precisamente desde esa curación -y desde la gracia que sana también los corazones heridos- su misión o, como dice León XIV, su viaje.
(Agencia Fides 13/6/2026)