BEATIFICACIÓN DE FULTON SHEEN/II - Lejos de los clichés. La lección del “comunicador” Fulton Sheen

lunes, 7 septiembre 2026 misión   medios de comunicación   comunicaciones sociales   testimonios   beatificación  

Foundation Archbishop Fulton Sheen

Por Marie-Lucile Kubacki

El futuro beato no conquistó Estados Unidos únicamente gracias al auge de la televisión. Su popularidad fue fruto del encuentro entre una sólida formación teológica, un lenguaje capaz de conectar con la vida cotidiana y una atención constante a las preguntas que se hacía un público extraordinariamente amplio.

Roma (Agencia Fides) – Cuando Fulton J. Sheen apareció por primera vez en televisión, el 12 de febrero de 1952, el nuevo medio empezaba a entrar en los hogares estadounidenses y a cambiar los hábitos y los ritmos de las familias. Su programa, significativamente titulado ‘Life Is Worth Living’ (La vida merece ser vivida), competía en una franja horaria especialmente disputada con programas de entretenimiento protagonizados por Milton Berle y Frank Sinatra.
A primera vista, la competencia parecía desigual: ni un programa de variedades, ni una escenografía espectacular, ni una sucesión de invitados. Solo un obispo, un escritorio, algunos libros, una estatua de la Virgen con el Niño y, en ocasiones, una pizarra. Una austeridad casi provocadora.
Y, sin embargo, en pocas semanas el programa se convirtió en un fenómeno nacional. La cadena DuMont recibía miles de cartas cada semana; las peticiones para asistir a las grabaciones superaban con creces el aforo disponible y el programa se incorporó rápidamente a la programación de nuevas emisoras. En 1952, Sheen recibió el Emmy como personalidad televisiva del año, por delante de figuras ya consagradas del espectáculo estadounidense. En su discurso de agradecimiento, lo dejó caer con humor: «Quisiera dar las gracias a mis cuatro autores: Mateo, Marcos, Lucas y Juan», en referencia a los cuatro evangelistas.
Sin embargo, el «caso Fulton Sheen», no se explica únicamente por el atractivo de una figura con un talento natural para la televisión, una voz inconfundible, una mirada directa a la cámara y una capacidad escénica forjada durante décadas de predicación. La televisión le brindó una oportunidad extraordinaria; lo que hizo que su éxito perdurara fue la sustancia de lo que decía.

La sencillez no es simplismo, sino fruto de un intenso trabajo.

Sheen no veía la televisión como un atajo para hacer que el cristianismo pareciera más «moderno». La entendía, más bien, como un espacio en el que la fe podía afrontar con inteligencia y sin miedo las inquietudes de la modernidad.
Si cada una de sus intervenciones parecía fluir con la naturalidad del agua de un río, era porque detrás había un trabajo constante. Para sus programas de radio de los años treinta calculaba que necesitaba entre cuarenta y sesenta horas de preparación; para cada programa de televisión llegaba a dedicar unas treinta. «Ser un buen orador», explicaba, «consiste en un diez por ciento de exposición y un noventa por ciento de pensamiento, estudio, esfuerzo y trabajo duro».
No leía un texto ante las cámaras ni utilizaba apuntadores. Preparaba numerosos esquemas, los revisaba y los descartaba hasta que la estructura de lo que quería decir había quedado perfectamente asimilada. De ahí nacía aquella naturalidad que muchos espectadores confundían con improvisación.
Antes de llegar a la pequeña pantalla había estado la radio. Sheen debutó en ella ya en 1928 y, a partir de 1930, se convirtió en una voz habitual de ‘The Catholic Hour’, el programa nacional promovido en Estados Unidos para dar a conocer la doctrina católica y favorecer unas relaciones más cordiales entre las distintas comunidades religiosas.
Sus intervenciones, sometidas previamente al examen de las autoridades eclesiásticas, eran breves, pero muy densas. En 1933, el programa se emitía ya por 54 emisoras de la NBC; llegaban unas tres mil cartas al mes y se habían distribuido más de 1,3 millones de ejemplares impresos de sus intervenciones. En 1940, las emisoras habían aumentado a 106 y las recopilaciones de los discursos de toda la serie habían alcanzado millones de ejemplares.
La radio de Sheen no ofrecía una vía de escape ni un entretenimiento fácil. Abordaba la crisis económica, la libertad, la dignidad del trabajo, la guerra, la paz, el sufrimiento, la relación entre fe y razón y las ideologías de su tiempo. Al analizar, por ejemplo, el fascismo y el comunismo, señalaba un rasgo que ambos compartían: la tendencia a absorber a la persona dentro del Estado y a privarla gradualmente de su libertad y de su responsabilidad.
Sus formulaciones podían ser contundentes y estaban marcadas por las polémicas propias de aquella época, pero el hilo conductor era la defensa del ser humano como criatura llamada a Dios, no como engranaje de un poder político o económico.

El verdadero protagonista de la evangelización no es un presentador estrella, sino el Espíritu Santo.

Esta manera de entender la comunicación marcó también su paso por la televisión. ‘Life Is Worth Living’ no estaba concebido como una catequesis dirigida a un público ya convencido. Antes de cada intervención, Sheen se planteaba dos preguntas: cuál era el objetivo del programa y qué impresión se llevarían de él los no católicos.
A la primera respondía con las palabras de san Pablo: anunciar a «Cristo, y Cristo crucificado». En cuanto a la segunda, apelaba a una responsabilidad cultural concreta: no responder a las caricaturas del catolicismo poniéndose a la defensiva, sino mostrar desde dentro su realidad y la solidez de sus razones.
Sheen describió así su método: «Partiendo de lo que era común al público y a mí, avanzaba gradualmente de lo conocido a lo desconocido, o hacia la filosofía moral y cristiana». Por eso no trataba de forzar a nadie a aceptar su propuesta. «Nunca hubo un intento de lo que podría llamarse proselitismo», observaba. Correspondía al espectador reconocer si aquello que escuchaba respondía a una carencia, a una pregunta o a una necesidad presente en su propia vida. La luz que podía alcanzar a una persona, añadía, era obra del Espíritu Santo, no de Sheen.
El punto de partida solía ser sorprendentemente concreto. Hablaba del cansancio y de cómo afrontarlo; del aburrimiento en el trabajo; de la educación de los adolescentes; de la soledad; del carácter; de la libertad; de la angustia provocada por la guerra y la amenaza atómica. A menudo comenzaba con una anécdota o una broma, a veces deliberadamente sencilla, para acortar la distancia entre el obispo y quien lo escuchaba desde su casa. Después, el discurso cambiaba de tono: de la ironía pasaba al diagnóstico moral; de la experiencia cotidiana, a la pregunta por el destino del ser humano; y de ahí, a la propuesta cristiana.
Era una manera de reconocer que el anuncio del Evangelio se dirige a personas con historias y preguntas propias. Ante ellas, Sheen no reducía el horizonte de la fe a un repertorio de consejos psicológicos improvisados. Se tomaba el tiempo necesario para escuchar y mostraba que los sacramentos, la oración, la vida moral y la gracia tienen que ver con la posibilidad de vivir una vida plena. Su fórmula de despedida, «God love you», después de haber hablado de conflictos, fracasos e inquietudes, dejaba al espectador ante la misericordia de Dios.

Se puede llegar a un público popular con referencias teológicas y culturales de alto nivel.

Fulton Sheen había recibido una formación muy completa. Profesor de filosofía en la Catholic University of America y formado también en Lovaina, poseía un sólido conocimiento de la tradición tomista. Su pensamiento estaba nutrido por la metafísica y la antropología cristiana, por la doctrina de la creación, por el reconocimiento de la realidad del pecado original, de la libertad personal y del destino trascendente del ser humano. En sus obras y programas, santo Tomás de Aquino era la clave para distinguir entre razón y reduccionismo, libertad y arbitrariedad, esperanza y utopía política.
Pero su cultura no se reducía al ámbito estrictamente teológico. Para llegar a un público plural, Sheen recurría a una amplia constelación de referencias literarias, históricas, filosóficas y científicas, sin rebajar por ello el nivel de su discurso. Su afinidad con G. K. Chesterton, que le valió en Inglaterra el sobrenombre de «Chesterton americano», es una de las más evidentes: el gusto por la paradoja, una apologética capaz de despertar asombro y la convicción de que el cristianismo no reduce la realidad, sino que la hace más inteligible. En sus intervenciones aparecían también Platón y Aristóteles, san Agustín y Dante Alighieri, Blaise Pascal y John Henry Newman, Shakespeare y Charles Dickens, además de figuras del pensamiento moderno como Søren Kierkegaard o Carl Gustav Jung. Cuando abordaba cuestiones relacionadas con la ciencia, la técnica y la guerra atómica, no dudaba en citar o evocar a Demócrito, Albert Einstein, Leo Szilard, el físico y astrónomo James Jeans, el genetista Hermann J. Muller, Winston Churchill e incluso Alejandro Magno…
Esta amplitud de referencias no tenía nada de exhibición erudita ni de simple name dropping. Sheen utilizaba la cultura como un puente. Hacía comprender a quienes lo escuchaban que la fe cristiana podía dialogar con la filosofía antigua, la literatura, la investigación científica y el drama político del siglo XX. Partía de la convicción de que un público popular podía acercarse a cuestiones complejas si el comunicador respetaba su inteligencia y encontraba las palabras, las imágenes y los argumentos adecuados para acompañarlo. Un planteamiento muy diferente del de una comunicación que se presenta como «moderna», pero que, moldeada por las redes sociales, apuesta por eslóganes y frases impactantes y mide el éxito de un artículo o de un programa únicamente por el número de clics. De hecho, a Sheen no le gustaban los eslóganes ni las frases hechas.

La comunicación de masas y el encuentro con cada persona.

El éxito de Sheen también se apoyaba en el diálogo y en el encuentro. Durante los años de The Catholic Hour, el programa reservaba un amplio espacio a las preguntas formuladas por los oyentes presentes en el estudio y a las respuestas improvisadas del propio Sheen. Las cartas llegaban con peticiones de aclaración, preguntas personales, interrogantes sobre la fe y solicitudes de ayuda. En los años cuarenta, el enorme volumen de correspondencia hizo necesario contar con secretarias y personal específico; Sheen dictaba cientos de respuestas cada día. A las personas que solicitaban formación religiosa les dedicaba tiempo personalmente, a menudo durante decenas de horas.
Para Sheen, la comunicación de masas no estaba reñida con el encuentro personal. Al contrario: todo partía de ese encuentro personal. Y era precisamente esa autenticidad en el trato con cada individuo la que acababa llegando a un público masivo a través de los medios.
Toda su obra y todas sus actividades tenían su fuente en una auténtica vida de oración y de intimidad con Dios. Antes de salir al aire, Sheen se detenía en silencio para rezar. Después entraba en escena con una disciplina casi teatral: tiempos controlados, gestos sobrios, pausas estudiadas, uso de la voz y una mirada dirigida directamente a la cámara. Para él, la cámara era el umbral de una casa y, por tanto, de una conciencia. Su capacidad para «hablar a todos» nacía de su decisión de no humillar a nadie con frases hechas ni plantear el mensaje cristiano desde la confrontación.
Con una profunda conciencia de su misión, consideraba que el comunicador cristiano no vende un producto ni trabaja para su propia gloria, sino que anuncia a Cristo. Y eso exige ser aún más exigente con uno mismo para no obstaculizar la fuerza de atracción del Resucitado. Los ingresos y la visibilidad de sus programas estuvieron vinculados al apoyo de las obras misioneras a través de la Pontificia Obra de la Propagación de la Fe (Society for the Propagation of the Faith).
El auge de la televisión permitió a Fulton Sheen entrar en millones de hogares. Pero no fue la tecnología, por sí sola, la que hizo que fuera escuchado. Su voz encontró eco porque no trataba al público como una audiencia que conquistar ni como una masa a la que bastara lanzar alguna fórmula fácil, sino como un conjunto de personas y rostros que merecían ser tomados en serio: dispuestos a dejarse interpelar, marcados por preguntas auténticas y abiertos a la verdad. Quizá sea precisamente en ese encuentro entre rigor intelectual, magnetismo personal, fe vivida y atención a las inquietudes del corazón humano donde se encuentre la razón más profunda de su singular éxito en los medios de comunicación.
(Agencia Fides (07/09/2026)


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