VATICANO - Curso para nuevos obispos: el obispo García Macías: la inculturación puede convertirse en una de las formas más bellas de la evangelización, “cuando permite a un pueblo reconocer que Cristo no le es extraño”

sábado, 5 septiembre 2026 liturgia   inculturación   misión   iglesias locales   dicasterio para la evangelización   obispos  

foto. Vicariato apostolico di Méndez

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – En el marco del Curso de formación para nuevos obispos organizado por el Dicasterio para la Evangelización (Sección para la Primera Evangelización y las Nuevas Iglesias Particulares), dedicado este año al tema «Servidores de la comunión en la Iglesia», Aurelio García Macías, obispo de Rotdon y subsecretario del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, ha pronunciado el 4 de septiembre una ponencia titulada «La liturgia en el ministerio episcopal. Continuidad y novedad en la liturgia en el contexto de la primera evangelización», dirigida a los 49 obispos de reciente nombramiento reunidos en el Pontificio Colegio Misionero «San Pedro Apóstol».
Al recordar las palabras iniciales de la constitución conciliar Sacrosanctum Concilium, según las cuales «Este sacrosanto Concilio se propone acrecentar de día en día entre los fieles la vida cristiana, adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las instituciones que están sujetas a cambio» (SC 1), el obispo ha recordado que «la Liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza» (SC 10). La liturgia, ha explicado, «no pertenece al sacerdote que celebra, al grupo que la prepara o a la comunidad particular que participa en ella», sino que «pertenece a Cristo y a la Iglesia», y llega hasta nosotros hoy, como enseña el Concilio, «per ritus et preces».
La inculturación litúrgica ha ocupado un lugar central en su intervención, una cuestión que para muchas de las Iglesias confiadas a los nuevos obispos «no es un problema teórico, sino una cuestión pastoral cotidiana».

Para la inculturación «no basta introducir una danza»

El subsecretario del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos ha precisado que inculturar «no significa simplemente introducir en la liturgia elementos de la cultura local»: no basta «añadir un canto tradicional, introducir una danza, utilizar un instrumento musical local o traducir un texto». La inculturación, ha señalado, tiene lugar casi «por ósmosis», cuando el misterio celebrado encuentra realmente una cultura. El Evangelio asume lo que en una cultura es «auténticamente humano, verdadero, bueno y bello», pero al mismo tiempo la purifica y la transforma, porque «ninguna cultura es el Evangelio». «Esto vale para las culturas africanas, asiáticas, latinoamericanas u oceánicas, pero también para la cultura europea», ha añadido, recordando que «Toda cultura necesita ser evangelizada. Toda cultura contiene ‘semina Verbi’, pero toda cultura lleva también las heridas del pecado. Por eso el Evangelio acoge y purifica, asume y transforma, confirma y corrige, eleva y, cuando es necesario, pide una ruptura».

Tres riesgos que hay que evitar

El prelado ha señalado tres riesgos que deben evitarse: la innovación innecesaria, recordando que, según Sacrosanctum Concilium, no deben introducirse innovaciones «si no lo exige una utilidad verdadera y cierta de la Iglesia» (cf. SC 23); el sincretismo, «particularmente delicado en los territorios donde las religiones tradicionales siguen estando culturalmente muy presentes»; y el folclore, ya que «la liturgia no es una representación cultural» y «un elemento cultural entra en la liturgia no porque sea pintoresco, sino porque puede estar al servicio del misterio celebrado». Citando la instrucción Varietates legitimae (1994), ha reiterado que «la primera y más notable medida de inculturación es la traducción de los textos litúrgicos a la lengua del pueblo» (VL 53), subrayando, no obstante, que toda traducción «debe ser fiel al texto».
El subsecretario ha recordado que la inculturación «no puede improvisarse, no puede decidirse a partir de una sola celebración que haya resultado bien y no puede depender del entusiasmo de un sacerdote (Obispo o presbítero) o de un grupo. Requiere reflexión, oración, experiencia, evaluación y maduración en la fe».
El obispo español ha subrayado que es necesario tener siempre presente que «Cuando celebramos la Eucaristía en el pueblo más pequeño de una diócesis misionera, esa celebración es acción de la Iglesia universal. Esa pequeña comunidad no está aislada: está en comunión con su propio Obispo y, a través del Obispo, con el colegio episcopal y con el Sucesor de Pedro, como se pone de manifiesto en la plegaria eucarística al mencionar al Papa y al Obispo. La liturgia hace visible esta comunión».

El obispo no es el «policía de la liturgia»

En relación con la liturgia y los procesos de inculturación, la tarea del obispo, ha explicado García Macías, no consiste en ejercer de «policía de la liturgia», sino en ser él mismo el primer «liturgo» de su Iglesia particular, en «tener el valor tanto de promover lo que es auténticamente útil como de frenar lo que todavía no está maduro», porque «no toda prudencia es miedo, ni toda innovación es valentía».
La inculturación puede convertirse en una de las formas más bellas de la evangelización «cuando permite a un pueblo reconocer que Cristo no le es extraño», ha añadido. «El Evangelio no destruye lo que es auténticamente humano, sino que lo lleva a su plenitud». Por ello, la inculturación requiere «Pastores capaces de discernir». «No podemos tener miedo de las culturas, pero tampoco podemos idealizarlas. No podemos tener miedo de la diversidad, pero no podemos sacrificar la comunión. No podemos sofocar la auténtica creatividad del Espíritu, pero no podemos confundirla con la arbitrariedad. No podemos transformar la liturgia en un museo de formas inmutables, pero tampoco podemos transformarla en un laboratorio permanente». Entre estos «extremos», ha concluido el obispo García Macías, se sitúa «la difícil y bellísima tarea del Obispo». Y para ello hacen falta «prudencia», «competencia» y «comunión», pero, sobre todo, «fe». Porque «al final, la liturgia no es obra nuestra. Es Cristo quien sigue actuando en su Iglesia».
(MLK) (Agencia Fides 5/9/2026)


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