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Por Marie-Lucile Kubacki
Rochester (Agencia Fides) – «A nuestro alrededor hay personas que no dejan de odiar a alguien o algo y gritan: “¡Abajo el capitalismo! ¡Abajo los sindicatos! ¡Abajo la religión! ¡Abajo el Gobierno! ¡Abajo los dueños de la economía! ¡Abajo la propiedad privada! ¡Abajo esta clase! ¡Abajo aquella clase!”. Pero yo digo: “¡Fuera el odio de clase! ¡Fuera todo odio! ¡Dejemos de mirar las cosas desde arriba y empecemos a levantar la mirada, cada vez más alto, hacia Dios!”».
Fulton J. Sheen pronunció estas famosas palabras en Los Ángeles, durante la Segunda Guerra Mundial, en un llamamiento a la paz entre judíos, protestantes y católicos y frente al impulso hacia la hostilidad colectiva. También permiten acercarse a un aspecto menos estudiado de la presencia pública de este prelado estadounidense: su constante oposición a la discriminación racial, manifestada ya antes de la aprobación de las leyes de derechos civiles de la década de 1960.
Un hospital de maternidad para mujeres afroamericanas
En 1938, el sacerdote católico que escribía y presentaba programas de televisión recibió una herencia de la duquesa Brady, una benefactora a la que había conocido en Lourdes. Thomas C. Reeves explica en 'America’s Bishop: The Life and Times of Fulton J. Sheen' que Sheen destinó una parte considerable de aquella suma a la diócesis de Mobile, en Alabama, para ayudar a las Hermanas de la Misericordia a proporcionar atención en obstetricia a mujeres afroamericanas. En Mobile, donde imperaba la segregación, las mujeres afroamericanas no podían acceder a los hospitales reservados a pacientes blancos. El programa financiado con aquellos fondos quedó posteriormente vinculado al hospital Martin de Porres. La iniciativa fue ampliándose con el tiempo. En 1950 abrió sus puertas un hospital más grande, tras una amplia campaña de recaudación de fondos en la que Sheen siguió participando. Reeves señala también que el interés de Sheen por este proyecto estaba relacionado con Fanny Washington, su cocinera y empleada doméstica afroamericana.
En los años siguientes, Sheen donó los derechos de autor de sus libros y los honorarios que recibía por sus apariciones públicas a iniciativas e instituciones católicas de Alabama. Entre ellas se encuentran su apoyo a la Misión del Inmaculado Corazón de María, en Hillview, Alabama, así como sus aportaciones a capillas y proyectos misioneros itinerantes en Carolina del Norte y Texas.
En 1942, tras recibir la invitación de una mujer afroamericana, viajó a una pequeña localidad de Carolina del Norte, donde pronunció una predicación misionera desde las escaleras de la escuela pública. Un año después atravesó Alabama junto a un sacerdote en una caravana, hablando «en las esquinas de las calles y en los campos de maíz con todo aquel que quisiera escucharle», escribe Reeves.
Estos episodios tuvieron lugar en una época en la que los católicos afroamericanos vivían a menudo al margen de la vida eclesial y civil estadounidense. Mostraron la determinación de Sheen de poner su influencia, el dinero que recaudaba y su fama al servicio de comunidades que apenas tenían acceso a recursos de ese tipo.
De Mobile a Rochester
La ayuda concreta que Sheen prestó a las comunidades católicas afroamericanas estaba arraigada en una convicción moral y teológica más amplia. Los derechos humanos, como afirmó en 'A Declaration of Dependence' (1941), no procedían del Gobierno ni podían quedar subordinados a la voluntad de una mayoría. Su fundamento era la dignidad de la persona humana ante Dios. Las autoridades públicas podían reconocer y proteger esos derechos, pero, de acuerdo con cualquier principio elemental de justicia, no podían atribuir a un grupo de personas menos valor que a otro.
Arraigada en la tradición cristiana, esta visión llevó a Sheen a considerar el prejuicio racial como una negativa a reconocer al otro, ante todo, como hijo de Dios.
Cuando Sheen se convirtió en obispo de Rochester, en 1966, llegó a una ciudad marcada por las consecuencias de la desigualdad racial en el norte del país. Los disturbios de julio de 1964 habían puesto de manifiesto la indignación provocada por las prácticas policiales, las condiciones de vivienda, el empleo y la exclusión de los beneficios económicos de una ciudad industrial Las organizaciones católicas de Rochester ya habían comenzado a reaccionar: el Consejo Católico Interracial había sido creado en 1960 y diversas iniciativas diocesanas prestaban asistencia a niños afroamericanos y a familias puertorriqueñas. Durante su episcopado, Sheen apoyó públicamente muchas de estas causas. La prensa católica de Rochester informó de que, entre 1967 y 1968, el propio Sheen había fundado una organización de la que posteriormente surgiría la ‘Bishop Sheen Ecumenical Housing Foundation’, una agencia de vivienda social que sigue activa en la región y que trabaja para hacer frente a la falta de viviendas dignas para las personas con bajos ingresos.
La discriminación en materia de vivienda no era un problema exclusivo del sur. En las ciudades del norte podía mantenerse mediante un acceso desigual al alquiler, a la compra de viviendas, a las hipotecas y al crédito, así como mediante prácticas informales que limitaban los lugares en los que podían establecerse las familias.
En Rochester, Sheen intervino también en el debate público sobre el empleo y la discriminación racial en Eastman Kodak, la mayor empresa privada de la ciudad. Un artículo publicado en la revista ‘America’ lo sitúa entre quienes presionaban a Kodak para mejorar el acceso de los trabajadores negros a la formación y al empleo («Fulton Sheen, el amor de Dios y el movimiento por los derechos civiles», 26 de agosto de 2026).
Una mirada misionera que abraza a toda la humanidad
La dimensión internacional de la obra de Sheen reforzó esta perspectiva. Entre 1950 y 1966 fue director nacional de la Obra de la Propagación de la Fe en Estados Unidos. Este cargo le llevó a hablar a los católicos estadounidenses de una Iglesia que iba más allá de las culturas, las lenguas y las naciones.
Durante los viajes que realizó en 1960, visitó Argentina y Brasil, deteniéndose especialmente en Buenos Aires y Río de Janeiro. En Río descubrió la sorprendente proximidad entre una riqueza extrema y una pobreza también extrema: el contraste entre los prestigiosos barrios costeros de la ciudad y la miseria que reinaba a pocos pasos ponía en cuestión cualquier identificación simplista entre éxito económico y social y virtud moral. Después viajó a Kenia, donde visitó estaciones misioneras y comunidades afectadas por las enfermedades, el aislamiento y una profunda inseguridad. Celebró la misa en una iglesia misionera cuyo suelo era de tierra apisonada y estiércol y, más tarde, recordó el encuentro con una mujer, madre de diez hijos, que había sido abandonada por su marido. Su viaje le llevó también a Johannesburgo, donde fue testigo directo del ‘apartheid’. Los relatos de aquella visita describen su determinación de acudir, pese a la resistencia de las autoridades, a encontrarse con un catequista afroamericano en una zona sometida a la segregación.
En un congreso misionero celebrado en St. Louis en 1953, Sheen relacionó explícitamente el alcance universal de la misión católica con el rechazo de cualquier jerarquización basada en la raza. Según una crónica retrospectiva de aquel encuentro publicada por ‘National Catholic Register’, dijo a los misioneros: «No prestéis atención a la raza ni al color de la piel, porque no existen personas inferiores en el mundo cuando son hijos de la gracia por medio de los sacramentos» («Cuando el venerable Fulton Sheen habló ante 270.000 personas en St. Louis», 14 de abril de 2026). En aquel mismo discurso, Sheen se refirió a la fe de los musulmanes en un único Dios y a su veneración de Jesús y María. También habló de China como un país que seguía abierto a una renovación de la fe, pese a atravesar un periodo difícil.
La caridad hacia el “prójimo” que no elegimos como tal
Fulton Sheen no encaja del todo en las categorías políticas contemporáneas. No era ni un activista de los derechos civiles ni un teórico del racismo estructural, según la terminología que adoptaría posteriormente el movimiento. Su compromiso se plasmó en homilías, iniciativas filantrópicas, viajes pastorales y llamamientos a la conciencia. Y, sin embargo, estas formas de acción tuvieron consecuencias significativas en su contexto histórico: apoyo a la atención a la maternidad allí donde la segregación limitaba el acceso de las mujeres afroamericanas a la asistencia sanitaria; ayuda a comunidades misioneras desatendidas por las instituciones públicas; y compromiso con el acceso a la vivienda y al empleo en Rochester.
La trayectoria de Jerome Gary Cooper ilustra bien el enfoque de Sheen. Cooper creció en Mobile, Alabama, una ciudad marcada por la segregación, y llegó a la Universidad de Notre Dame en 1954 gracias a una beca. Cuatro años después se licenció en Finanzas. Posteriormente se alistó en el Cuerpo de Marines de Estados Unidos y, durante la guerra de Vietnam, se convirtió en el primer oficial afroamericano de los Marines en dirigir una compañía de infantería en combate. Más tarde alcanzó el grado de general de división y fue nombrado embajador de Estados Unidos en Jamaica, donde desempeñó su cargo entre 1994 y 1997. La revista ‘America’ y la base de datos biográfica ‘BlackPast’ señalan que una recomendación de Fulton Sheen ayudó a Cooper a conseguir la beca para estudiar en Notre Dame.
Para Sheen, esa era la medida: «el prójimo». No la persona que elegimos como «próxima» porque piensa como nosotros o se parece a nosotros -según la lógica de los algoritmos que crean comunidades falsas-, sino la persona que tenemos delante, a menudo de manera incómoda, a menudo al borde del camino. Es en esa persona, creía Sheen, donde los cristianos pueden encontrar la imagen de Dios y dar testimonio de la caridad de Cristo hacia todos.
(Agencia Fides 22/9/2026).