(Wikipedia)
Por Marie-Lucile Kubacki
Roma (Agencia Fides) – La misión como un pozo del que hacer brotar el agua, no como un recipiente que hay que llenar. Esta es una de las imágenes más sugerentes propuestas durante las intervenciones del Congreso Internacional de la Pontificia Unión Misional, celebrado en la Pontificia Universidad Urbaniana y en el Pontificio Colegio Urbano del 29 al 31 de octubre. Junto a ella, una larga serie de imágenes evocadoras ha salpicado las intervenciones del Congreso. Todas ellas buscaban transmitir, mediante sugerencias, el dinamismo propio de la labor apostólica y sus rasgos singulares. Las raíces y las alas, las semillas, el fuego y la gota que horada la roca dibujan un itinerario: desde la fuente del anuncio hasta el encuentro con los demás, desde la pasión que se transmite hasta la paciencia necesaria para mantenerla viva a lo largo del tiempo.
Durante el Congreso han surgido imágenes concretas, con sabor a parábola, para describir una misión que toma forma en el encuentro con las personas y en las situaciones de la vida: una misión encarnada, que no se reduce a un eslogan.
El pozo: liberar la fuente
«La formación misionera es como un pozo», afirma la misionera comboniana, hermana Maria Rosa Venturelli. La imagen invierte la idea de la formación como acumulación de conocimientos: «No hay que llenar el pozo de muchas cosas, porque se acaba obstruyendo la salida del agua». Es un trabajo de carácter mayéutico: se trata de hacer aflorar lo que habita en lo más profundo de la persona, esa experiencia de Dios que puede convertirse en agua para compartir y saciar la sed de hermanos y hermanas, «incluso de pueblos enteros». Un trabajo que pasa también por las propias fragilidades, que deben salir a la luz «para poder cuidarlas y sanar las heridas».
El pozo puede convertirse así en «sinónimo de encuentro y relación entre las personas y los pueblos», observa Venturelli, que evoca las escenas bíblicas de Moisés en Madián y de Jesús en Samaría. También en la vida consagrada es necesario «beber del pozo de la vida, que es el Señor Jesús resucitado, y ayudar a cavar pozos para saciar la sed de la humanidad».
Ante el pozo, sacar agua y compartirla forman parte de un mismo movimiento. Pero también quien ha cavado pozos para los demás puede perder el contacto con su propia fuente. Al contar el encuentro con misioneras mayores que sienten que ya no hacen nada, Venturelli se pregunta: «Hemos cavado el pozo para nuestros hermanos y hermanas, pero ¿he obstruido el pozo de mi vida consagrada con las cenizas del tiempo?». La pregunta remite a una vocación que no puede reducirse a las obras realizadas: cuando las fuerzas disminuyen, sigue siendo posible ofrecer a los demás una presencia y un testimonio alimentados por la vida interior.
Las raíces y las alas: partir sin perder los cimientos
El misionero javeriano Paolo Tovo elige una doble imagen para describir el sacerdocio misionero: las «raíces bíblicas y magisteriales» y las «alas pastorales y espirituales». Las primeras representan el fundamento de la vocación; las segundas, su despliegue en la vida. Desde esta perspectiva, la acción pastoral y la experiencia espiritual son las dos alas de un mismo movimiento, mientras que el encuentro misionero se convierte en un lugar donde la fe también crece.
Al abrirse al otro, afirma Tovo, el presbítero encuentra y contempla a Cristo, «que siempre le precede». También cambia su manera de estar en la comunidad. Tovo propone pasar de la figura del «prêtre-pivot» a la del «prêtre-passeur»: no el eje en torno al cual debe girar todo, sino quien acompaña, ayuda a dar un paso y a proseguir el camino. Una imagen que encuentra su correspondencia en la intervención de Armando Nugnes, rector del Pontificio Colegio Urbano: el presbítero es un discípulo-pastor que sabe estar «delante, en medio o detrás del rebaño», pero «no fuera ni por encima».
De las semillas a las gavillas: reconocer una presencia que nos precede
Si el pozo invita a buscar en profundidad, las semillas piden mirar la vida de los demás con otros ojos. Tovo retoma una reflexión del cardenal Jean-Marc Aveline sobre las «semillas del Verbo»: no tanto valores abstractos como «las huellas de la presencia activa del Espíritu Santo en cada ser humano». Son huellas que hay que reconocer en las vidas y en las historias concretas, cuando las personas afrontan las preguntas y los momentos decisivos de su existencia recurriendo a los recursos espirituales de los que disponen. Esta imagen excluye la idea de que el misionero llegue a una tierra en la que Dios está ausente. Quien tiene delante no es un destinatario pasivo, sino un «interlocutor». Tovo describe la misión como el camino de una Iglesia que, al salir de la sacristía, va al encuentro de la humanidad «llevando a Cristo, pero descubriéndolo al mismo tiempo ya presente en el Espíritu». El anuncio y el descubrimiento avanzan juntos.
La imagen de las semillas encuentra un desarrollo ulterior, en el plano del intercambio entre las Iglesias, en la «Iglesia de las Gavillas», propuesta de nuevo por el arzobispo Fortunatus Nwachukwu, secretario del Dicasterio para la Evangelización. Las gavillas evocan los frutos de la siembra misionera, que han madurado en las Iglesias locales de todo el mundo. Estas comunidades ya no son solo destinatarias del anuncio, sino que también están llamadas a compartir los dones recibidos, en un intercambio en el que cada Iglesia tiene algo que ofrecer y algo que acoger.
El fuego: una pasión que se propaga
Otra imagen recorre la memoria de los protagonistas de la obra misionera: el fuego. En su intervención, dedicada a la sintonía entre Paolo Manna y Giuseppe Allamano, Ashenafi Yonas Abebe recuerda que el primer biógrafo de Manna, el padre Giuseppe Tragella, lo definió como «un alma de fuego». La misma imagen expresa lo que unía a ambos: una visión compartida y aquel «fuego por la misión» que animó sus vidas y sus obras.
No se trata, sin embargo, de celebrar el ardor de personalidades excepcionales, como si fueran superhéroes. Ese fuego nace de una fe que se hace amor y puede propagarse a través de pequeños gestos y compromisos cotidianos. La hermana Monika Juszka lo sugiere al concluir su reflexión sobre el nacimiento de la Unión: «Si cada uno de nosotros despierta el espíritu misionero al menos en una persona y la enciende para la acción», ese impulso podrá seguir extendiéndose. La pasión misionera vive también de esta transmisión personal, de una vida a otra, como una llama que el soplo aviva y propaga.
La gota y la respiración: perseverar y abrirse
El fuego del anuncio no resta importancia a la paciencia, que en las distintas intervenciones ha aparecido como una de las cualidades más valiosas del misionero. «La gota horada la roca no por su fuerza, sino por caer una y otra vez», afirma la hermana Monika Juszka. Significa «sensibilizar, animar, despertar, recordar, formar continuamente». Y saber esperar, reconociendo que los tiempos de Dios no coinciden con los de los hombres.
La intensidad de un momento puede ser fruto de un compromiso mantenido durante mucho tiempo, y no siempre los misioneros llegan a ver los frutos de su presencia a lo largo de su vida. También el padre Vito del Prete, del Pontificio Instituto de Misiones Extranjeras (PIME), insiste en lo que requiere una auténtica labor formativa: «paciencia, procesos largos y una acción sistemática». A la paciencia se suma un horizonte abierto: el de quien sabe que el esfuerzo humano no se basta a sí mismo, sino que necesita la gracia de Dios. Del Prete lo expresa mediante la imagen de la respiración: «Una Iglesia local encerrada en sí misma, preocupada únicamente por su propia vida, se entristece y se vuelve estéril. Tiene que respirar con la respiración infinita de Dios». La misión es entonces como un pulmón que lleva oxígeno a la comunidad y la mantiene viva, no una carga que haya que soportar a fuerza de esfuerzos. Como el agua del pozo, es un don que no se puede retener.
El sueño de Dios: toda la Iglesia para todo el mundo
A las imágenes de la misión se suma la del sueño de Dios para el mundo, evocada por la hermana Mary Barron, presidenta designada de las Obras Misionales Pontificias, en su saludo al Congreso.
La hermana Barron ve en el camino de las Obras Misionales Pontificias y, en particular, de la Unión Misional, un progresivo despertar a la visión de Paolo Manna y del Concilio Vaticano II: «toda la Iglesia para todo el mundo». Un horizonte que requiere la aportación de cada uno: «Ahora más que nunca, el mundo necesita discípulos misioneros de Cristo capaces de sembrar paz y amor de una manera muy sencilla y concreta», afirma. El sueño de Dios se entrelaza así con el testimonio cotidiano de los cristianos y con esos gestos mediante los cuales cada uno puede contribuir a cambiar el mundo. Para la nueva presidenta de las OMP, ser misioneros juntos significa ayudarse mutuamente a despertar este espíritu, aprendiendo unos de otros y poniendo en común los propios dones.
(Agencia Fides 31/10/2026)