BEATIFICACIÓN DE FULTON SHEEN/III - Un estadounidense en el Vaticano II. La contribución del arzobispo Sheen al decreto “Ad gentes” sobre la actividad misionera de la Iglesia

martes, 15 septiembre 2026 concilio vaticano ii   beatificación   misión   missio ad gentes  

Por Marie-Lucile Kubacki

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – Es un episodio poco conocido del Concilio Vaticano II, pero el decreto sobre las misiones debe también mucho a un obispo estadounidense: Fulton J. Sheen.
De los casi 2.500 obispos que participaron en las cuatro sesiones del Concilio, entre octubre de 1962 y diciembre de 1965, Sheen tomó parte activa en los debates y dejó una huella significativa con sus intervenciones. Juan XXIII lo nombró primero miembro de la Comisión preparatoria para el Apostolado de los Laicos y posteriormente de la Comisión para las Misiones. Fue el único miembro estadounidense de esta última durante todo el Concilio y cruzó el Atlántico tres o cuatro veces al año para participar en unas sesiones que, como todo el Concilio, se desarrollaban íntegramente en latín. El propio Papa Benedicto XVI recordó esta presencia durante una visita, en 2012, a la casa «Ad Gentes» de los Misioneros del Verbo Divino en Nemi, donde se reunía la comisión encargada de preparar el decreto: «Estaba acompañado por muchos grandes teólogos, con la noble e importante tarea de redactar un decreto sobre la misión». Después de mencionar al padre Schütte, superior general de los Misioneros del Verbo Divino, que había vivido en China, «lleno de dinamismo misionero, de la necesidad de dar un nuevo impulso al espíritu misionero» y que lo había invitado a participar, recordó también a Fulton Sheen, «que por las tardes nos tenía pegados a sus conferencias», al padre Yves Congar y a los grandes misionólogos de Lovaina. «Para mí -dijo Benedicto XVI- fue un enriquecimiento espiritual, un gran regalo. El decreto no encontró grandes oposiciones. Sin embargo, hubo una controversia que nunca llegué a comprender del todo entre la escuela de Lovaina y la de Münster: ¿el objetivo principal de la misión es la implantatio Ecclesiae o el anuncio del Evangelio (Evangelii)? Pero todo convergía en un único impulso: la necesidad de llevar al mundo la luz de la Palabra de Dios, la luz del amor de Dios y, a través de este anuncio, ofrecer una nueva alegría».

Las confidencias del Papa Roncalli

Mucho antes de que comenzara el Concilio, Sheen ya había percibido que se acercaba un cambio en la Iglesia católica. En el verano de 1959, mientras rezaba en Lourdes, apenas unos meses después de que Juan XXIII anunciara su intención de convocar un Concilio, al obispo estadounidense le impresionó especialmente la multitud de peregrinos sencillos que llenaba el santuario. «Esta es la Iglesia de los pobres», dijo a uno de sus acompañantes, refiriéndose sobre todo a los pobres de espíritu, en una expresión que anticipaba el lugar que esta idea ocuparía posteriormente en sus intervenciones durante el Concilio.
Esta sensibilidad se debía en parte a la relación personal y cercana que había establecido con el Papa que había puesto en marcha el proyecto conciliar. Como director nacional de la Pontificia Obra de la Propagación de la Fe, Sheen se reunía cada año con Juan XXIII y llegó a convertirse en uno de sus hombres de confianza. El Papa le confió, antes de hacerlo público, su decisión de convocar el Concilio. En otra ocasión, durante una visita privada por la tarde a sus aposentos, le entregó un anillo episcopal y una cruz pectoral y le dijo: «Ahora mételos en el bolsillo y escóndelos por el momento. No quiero despertar la envidia de los demás obispos».

Una misión de la Iglesia «herida por la pobreza»

Las intuiciones de Sheen quedaron confirmadas también por sus viajes de predicación a América Latina y África, antes y durante el Concilio: campañas de predicación en Argentina y Brasil, estaciones misioneras en Kenia y un barrio segregado de Johannesburgo, en plena época del apartheid. «Empecé a pensar menos en el problema de la pobreza y más en los pobres», escribió posteriormente. Y añadió: «Viajar no hace sino confirmar la enseñanza teológica de que la humanidad es una sola».
Su aportación más significativa a un texto conciliar concreto llegó durante el debate sobre el esquema misionero que acabaría convirtiéndose en el decreto Ad gentes.
El 9 de noviembre de 1964, después de que muchos padres conciliares hubieran criticado un primer borrador, Sheen intervino en último lugar entre los veintiocho oradores y reformuló la cuestión. En lugar de plantear la pregunta conceptual «¿Qué son las misiones?», propuso una pregunta práctica: «¿Dónde están las misiones?». Sostuvo que no se encontraban únicamente en los territorios «no cristianos», sino también en diócesis pobres y con escasez de sacerdotes que nunca habían sido clasificadas oficialmente como territorios de misión y cuyos obispos acudían a él en busca de ayuda. Procedían de zonas donde había apenas «entre siete y diez sacerdotes para 50.000 millas cuadradas». Y a propósito de ellas se preguntó: «¿Es cristiano? ¿Es católico? ¿Es digno de la caridad de Cristo decirles: “Vosotros no pertenecéis a un territorio de misión”?».
Sheen observó asimismo que la encíclica de Pablo VI, ‘Ecclesiam Suam’, utilizaba el término «misión» solo en contadas ocasiones y privilegiaba, en cambio, el concepto de «diálogo». También advirtió del peligro de las divisiones jurisdiccionales: «En el Cuerpo de Cristo no hay “Iglesias nuevas” ni “Iglesias antiguas”, porque todos somos células vivas de ese Cuerpo, dependientes unas de otras». Como respuesta, defendió una propuesta que ya figuraba en el borrador: crear un nuevo organismo de coordinación, el «Consejo central para la difusión del Evangelio», que definió como «la verdadera solución católica a este problema de la diversidad de las misiones». Uno de los padres había pedido que se eliminara del texto toda referencia a la pobreza. Sheen defendió precisamente la posición contraria e invitó a los padres conciliares a «poner el dedo sobre el paralelo 30; deslizarlo por un globo terráqueo, levantándolo ligeramente por encima de China», porque «prácticamente toda la prosperidad se encuentra por encima del paralelo 30, mientras que la mayor parte de la pobreza del mundo está por debajo del paralelo 30, es decir, en África, Asia y América Latina». Concluyó con una de las frases más recordadas del Concilio: «Así como la castidad fue el fruto del Concilio de Trento y la obediencia el fruto del Concilio Vaticano I, que el espíritu de pobreza sea el fruto de este Concilio Vaticano II». Y añadió que «solo una Iglesia herida por la pobreza puede convertir a un mundo escéptico».
El decreto definitivo, el primero que un Concilio había dedicado a la actividad misionera, fue aprobado por una amplia mayoría y recogió buena parte de las ideas defendidas también por Fulton Sheen: una firme afirmación del deber de la Iglesia hacia los pobres, la coordinación a través de la Propagación de la Fe y la declaración de que cada obispo es «consagrado no solo para una diócesis particular, sino para la salvación del mundo entero».
Sheen siguió la misma lógica al colaborar en la redacción de ‘Optatam Totius’, el decreto sobre la formación sacerdotal. Propuso que cada seminarista «visitara y ayudara a los enfermos, a los pobres, a los no católicos, a los católicos alejados de la fe..., a los presos, a los trabajadores» y que pasara los veranos en misiones con escasez de personal para «soportar “el peso de la jornada y el calor”». El texto final suavizó la propuesta. Junto con el cardenal Francis Joseph Spellman, Sheen expresó asimismo un firme apoyo a ‘Apostolicam Actuositatem’, el decreto sobre el apostolado de los laicos, aprobado por 2.340 votos contra 2.
En dos ocasiones, Sheen insistió también en la necesidad de una declaración más completa sobre las mujeres. Primero, intentó, sin éxito, promover un pronunciamiento específico sobre ellas, porque «el principio femenino en la religión había sido descuidado... estábamos entrando en una época en la que las mujeres estaban adquiriendo su propia identidad». Más tarde, durante los trabajos de elaboración de la Constitución conciliar Gaudium et Spes, promovió una defensa de las cualidades que, a su juicio, solo las mujeres aportaban a la civilización: «La pureza, la protección de los débiles, el sacrificio, la procreación, el apoyo y el cuidado de la vida humana». De la Constitución definitiva, Sheen elogió sobre todo «la verdad de que la dignidad y la libertad de la persona humana son inseparables de la salvación». Al mismo tiempo, insistió en que la Iglesia debía evitar dos trampas para alcanzar esa salvación: «La respuesta no debía buscarse ni en un aislamiento del mundo... ni podía la Iglesia responder al mismo desafío que el mundo lanzó a su Cabeza en la Cruz: “Baja y creeremos”».

Los «tumultos» posconciliares y la historia de la Iglesia

Sheen volvió sobre aquel equilibrio en algunas de sus conferencias posteriores al Concilio, convencido de que el tumulto se debía a la confusión en torno a una sola palabra: «Toda la confusión que hemos vivido en la Iglesia desde el Concilio Vaticano II ha girado en torno a nuestra incomprensión de la palabra “mundo”». Distinguía así entre el mundo como buena creación de Dios y el «mundo» en el sentido que aparece en otros pasajes de la Escritura, es decir, como una realidad organizada al margen de Dios. Si se desdibuja esta distinción, advertía, todo puede acabar convirtiéndose en su contrario: «Hace unos cincuenta años, la gente decía: “Soy más santo que tú”; hoy dice: “Soy más mundano que tú”».
Sheen situó el tumulto posconciliar en un contexto más amplio de la historia de la Iglesia. En su autobiografía escribió: «Las tensiones que se han desarrollado después del Concilio no sorprenden a quien conoce toda la historia de la Iglesia. Es un hecho histórico que, cada vez que se produce una efusión del Espíritu Santo, como ocurre en un concilio general de la Iglesia, se da siempre una manifestación más fuerte del anti-Espíritu o de lo demoníaco. Ya desde el principio, inmediatamente después de Pentecostés y del descenso del Espíritu sobre los apóstoles, comenzaron la persecución y el martirio de Esteban. Si un concilio general no provocara el espíritu de turbulencia, casi podríamos dudar de la acción de la tercera Persona de la Trinidad sobre la asamblea».
Volvió sobre ese mismo peligro en un retiro titulado «El poder del diablo en el mundo de hoy». A partir de las tentaciones que Satanás presentó a Cristo en el desierto, señaló la última de ellas -el dominio sobre el mundo a cambio de adoración- como la prueba que la propia Iglesia tendría que afrontar, parafraseando la lógica del tentador: «La teología es política: olvida a tu Dios, olvida el pecado, olvida la culpa, olvida la santidad; ocúpate de la política».
Para Sheen, la apertura del Concilio al mundo no era ni una traición ni una capitulación. Él mismo había cultivado durante mucho tiempo ese compromiso, recurriendo en su predicación y en sus escritos a una gama poco habitual de referencias intelectuales, religiosas y profanas. Se trataba de un enfoque cercano a la antigua teología de los semina Verbi, las semillas del Verbo esparcidas en todas las culturas y en todos los contextos. Siempre, eso sí, con el necesario discernimiento para distinguir el trigo de la paja en cada situación y ayudar al primero a echar raíces.
(Agencia Fides 15/9/2026


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