Roma (Agencia Fides) – «La vitalidad del compromiso misionero de la Iglesia depende en gran medida de la formación de los corazones y las mentes». Así lo subraya la hermana Mary T. Barron, presidenta designada de las Obras Misionales Pontificias, en su mensaje a los participantes en el congreso internacional organizado con motivo del 110.º aniversario de la Pontificia Unión Misional (PUM).
El encuentro, que se celebra del 29 al 31 de octubre en el Pontificio Colegio Urbano, está dedicado al tema «La misión universal de la Iglesia y el servicio de la Unión Misional desde su fundación hasta el pontificado de León XIV». La formación y la actualidad de las intuiciones del beato Paolo Manna ocupan un lugar central tanto en el mensaje de la hermana Barron como en las intervenciones de la hermana Monika Juszka y del padre Vito del Prete.
En su saludo, la hermana Barron invita a no limitarse a conmemorar el pasado. «Este aniversario no es solo una ocasión para dar gracias por una extraordinaria historia de servicio a la misión de la Iglesia, sino también una invitación a mirar al futuro con renovada esperanza, valentía y celo misionero». La vocación específica de la Unión, recuerda, consiste en suscitar y formar el espíritu misionero de los sacerdotes, las personas consagradas y los fieles laicos, promoviendo la unidad de las actividades evangelizadoras. El lema «Toda la Iglesia para todo el mundo» conserva así toda su fuerza: cada bautizado está llamado a participar en la misión según su vocación y condición de vida. «Mientras me preparo para asumir el servicio de presidenta de las Obras Misionales Pontificias, deseo expresar mi gratitud por la inestimable contribución de la Pontificia Unión Misional», afirma la hermana Barron, recordando que san Pablo VI la definió como «el alma» de las Obras. Antes de concluir, insiste: «La vitalidad del compromiso misionero de la Iglesia depende en gran medida de la formación de los corazones y las mentes, para que estén abiertos a la misión universal de Cristo y comprometidos con la construcción de una cultura del discipulado misionero».
La hermana Monika Juszka y los «sufrimientos apostólicos» del beato Paolo Manna
Tras la lectura del mensaje, la hermana Monika Juszka, religiosa de la Congregación de las Religiosas de María Inmaculada (RMI), ha repasado los orígenes de las Obras Misionales Pontificias a través de cuatro «hitos» de la experiencia de Paolo Manna: su persona y personalidad, el sufrimiento, la misión en Birmania y la situación de la Iglesia que encontró a su regreso a Italia.
Obligado por motivos de salud a abandonar definitivamente Birmania en 1907, Manna atravesó un periodo marcado por el sentimiento de fracaso y la incomprensión. Precisamente de aquella experiencia nació un nuevo compromiso: despertar en los sacerdotes la conciencia de su responsabilidad misionera y, a través de ellos, implicar a las comunidades cristianas. Como ha recordado la hermana Juszka, citando al fundador, el proyecto de la Unión nació «del deseo de resolver radicalmente el problema de la cooperación de los católicos en el apostolado de la Iglesia».
La religiosa ha repasado después las etapas que condujeron a la aprobación de la Unión Misional del Clero, comunicada el 31 de octubre de 1916, y ha aclarado los distintos papeles desempeñados por Paolo Manna y Guido Maria Conforti, obispo de Parma y fundador de los Misioneros Javerianos. El ideador y fundador de la Unión fue Manna; Conforti respaldó el proyecto y lo presentó al Papa y a la Congregación de Propaganda Fide.
El propio Conforti quiso dejar clara esta distinción cuando, al comunicar la aprobación, la iniciativa le fue atribuida a él en lugar de a Manna. En una carta dirigida a este último el 4 de noviembre de 1916, precisaba: «Solo lamento que en el venerado rescripto se me atribuya a mí esta iniciativa, cuando declaré abiertamente que no era más que un procurador. En cualquier caso, será fácil aclarar el equívoco». Con el término «procurador», Conforti se refería, por tanto, a su papel como portavoz y promotor del proyecto ante la Santa Sede, no como fundador.
La Unión, además, no nació para añadir una nueva obra misionera a las ya existentes, sino para reavivar el espíritu misionero del clero, de modo que los sacerdotes dieran a conocer las Obras y promovieran su apoyo en sus propias comunidades.
De esta historia, la hermana Juszka ha extraido algunos desafíos para el presente: una formación personal alimentada por la oración y el conocimiento de la enseñanza misionera de la Iglesia; la participación de los enfermos y los ancianos en la cooperación espiritual; y la capacidad de vivir la misión en las circunstancias concretas de la propia existencia, manteniendo una apertura al mundo entero.
«Vivimos esta vocación dando testimonio de Cristo allí donde estamos, en lo que hacemos, pero sobre todo a través de lo que somos y de cómo somos», ha afirmado la religiosa. Una tarea que exige «sensibilizar, animar, despertar, recordar y formar continuamente», para que todos reconozcan y vivan la llamada a la evangelización.
Padre Vito Del Prete: volver la vista a los primeros tiempos del cristianismo
La relación entre el legado de Manna y el camino de las Iglesias locales ha centrado la intervención del padre Vito Del Prete, del Pontificio Instituto de Misiones Extranjeras (PIME), antiguo secretario internacional de la PUM y ex director de la Agencia Fides.
El misionero ha advertido del peligro de identificar la cooperación misionera con la mera recaudación de fondos, «como si el avance del Evangelio dependiera de que las cuentas bancarias tengan más o menos dinero». Por el contrario, ha insistido en la necesidad de pasar «de la ayuda a la comunión entre las Iglesias para anunciar el Evangelio». Las Iglesias particulares no deben limitarse a recibir apoyo: también están llamadas a asumir su responsabilidad en la misión universal, compartiendo sus dones, sus personas y sus experiencias.
A la luz del Concilio Vaticano II, el padre Del Prete ha destacado la contribución de la Unión Misional a esta toma de conciencia. «No se trata de atribuir una nueva función a la PUM, sino de convertirla en un referente para la actividad misionera de toda la Iglesia y de las Iglesias particulares», ha afirmado.
La formación de los pastores y de las personas consagradas resulta fundamental para que la misión no quede reducida a iniciativas puntuales, sino que impregne toda la vida de las comunidades cristianas. «Si las Iglesias locales, el clero y los religiosos no asumen esta nueva visión de la misión, el anuncio del Evangelio difícilmente podrá avanzar. Tenemos que replantearnos qué significa ser misioneros ante los nuevos horizontes de la evangelización y los cambios en la manera de entender la Iglesia. En este contexto se sitúa también la misión de la Unión Misional: formar y animar a pastores y religiosos para que ejerzan un liderazgo verdaderamente misionero. Sin esta formación, tampoco los laicos podrán desarrollar plenamente su vocación misionera y la renovación de la Iglesia quedará incompleta. Porque la missio ad gentes es el modelo que debe inspirar toda la actividad de la Iglesia».
Para recuperar su identidad y su capacidad de animación, ha proseguido el padre Del Prete, la PUM debe reforzar su presencia sobre el terreno. Esto exige itinerarios de formación permanentes, instrumentos adecuados y una colaboración más estrecha con los demás organismos misioneros. «Hace falta paciencia, continuidad y un trabajo sistemático», ha señalado. Pero también se necesita «un nuevo impulso, casi como si hubiera que empezar de nuevo».
El objetivo es formar a sacerdotes, consagrados y seminaristas con una auténtica pasión misionera, «una pasión real, no meramente académica o libresca, por el Reino de Dios y por la humanidad». La PUM debe asumir esta tarea de renovación junto con las demás fuerzas de la Iglesia. Para ello, ha dicho para concluir, necesita «un grupo, un núcleo sólido que haga renacer el entusiasmo de las primeras comunidades cristianas».
(MLK) (Agencia Fides 30/10/2026)