“Hacer el bien gratis” es “el oficio de Dios”: la Operación Mato Grosso en Perú

martes, 16 junio 2026 misión   misioneros   infancia   jóvenes   acogida  



Por Domitia Caramazza

Lima (Agencia Fides) – «Chacas parece más cerca del cielo que del resto del mundo…». La frase del escritor Mario Vargas Llosa vuelve inevitablemente a la mente al atravesar este pueblo enclavado en la Cordillera Blanca, donde desde hace casi sesenta años se desarrolla una experiencia singular de la aventura misionera latinoamericana. Es aquí donde el sacerdote salesiano Ugo De Censi dio forma a la intuición de la Operación Mato Grosso: implicar a los jóvenes en el servicio a los pobres a través del trabajo, la convivencia y una fe encarnada.
«Todo tuvo su origen frente al antiguo retablo de lo que hoy es el santuario de Nuestra Señora de la Asunción», cuenta Mattia, un joven italiano de Lombardía que vive de manera permanente en Perú en la histórica casa del “Don Bosco de los Andes”. La acogida está marcada por la gratuidad: «Aquí es un puerto de mar. Quien llega puede pedir un plato de sopa, un café, escucha… el padre Ugo siempre quiso esta casa abierta a todos, las 24 horas del día», explica.
El padre Ugo llegó a estas montañas en los años setenta, después de haber fundado en 1967 la Operación Mato Grosso junto a grupos de jóvenes italianos deseosos de ayudar a las poblaciones andinas. No quería asistir a los pobres, sino vivir con ellos, compartiendo sus fatigas y esperanzas. Así nacen talleres y cooperativas donde decenas de jóvenes peruanos trabajan en la realización de mosaicos, vitrales, esculturas y obras religiosas encargadas desde todo el mundo. Algunas han llegado incluso al Vaticano. Entre ellas, el mosaico mariano de Lenin Álvarez y la estatua de santa Rosa de Lima del escultor Edwin Morales, inaugurados y bendecidos por el papa León XIV en los Jardines Vaticanos, como donación del Perú a la Santa Sede.
A sus muchachos, el padre Ugo repetía: «Cuando pierden a Dios, lo pierden todo». Y también: «A Él se llega con el trabajo, con el esfuerzo, con las manos y con los pies». De Chacas a Lima, este es el exigente camino que los jóvenes de las zonas rurales más pobres deciden recorrer con el deseo de una vida mejor.

“Casa Argentina”: respuesta a las preguntas del corazón de los jóvenes peruanos

Convirtiéndose en familia de los jóvenes de las zonas rurales más pobres están Claudia y Lorenzo, junto a sus ocho hijos. Una familia misionera que desde hace once años vive en el internado masculino de la Operación Mato Grosso en Lima, siendo «padres» para treinta jóvenes llegados de la Sierra. «Somos una familia absolutamente normal, con el simple deseo de estar abiertos a los demás y a la vida». En el corazón de la capital peruana, esta casa no es un colegio ni un centro asistencial: es una familia donde todo se comparte, desde la oración hasta las comidas, del estudio al trabajo cotidiano.
Claudia y Lorenzo, originarios de Tívoli, en Italia, conocieron la Operación Mato Grosso en la adolescencia. «Desde el tiempo del liceo empezamos a conocer esta realidad», cuenta Claudia. «La conocimos y nos enamoramos de ella». Una elección nacida de una pregunta que todavía hoy los acompaña. Lorenzo lo expresa con una sinceridad desarmante: «Uno tiene que pensar como un chico de dieciocho años que no logra entender qué sentido darle a su vida. Hay quien rompe escaparates, quien se toma un año sabático, y hay quien encuentra sentido en dedicar todas sus energías a ayudar a los demás». Para él, la idea de una vida “ya escrita” era sofocante: «Me hacía muy mal pensar que la vida fuera ya así: graduarse, estabilizarse, casarse… solo faltaba morir».
Hoy esa búsqueda se traduce en una casa llena de vida. Los jóvenes acogidos provienen de las provincias más pobres del Perú, a menudo de familias campesinas analfabetas que «firman con una X». Muchos llegan a Lima sin haber visto nunca una escalera mecánica o sin saber usar un frigorífico. Pero, sobre todo, hay que acompañarlos en el descubrimiento de un mundo nuevo sin hacerles perder sus raíces. Allí encuentran alojamiento, comida y estudios gratuitos hasta seis años, pero lo esencial es la vida compartida.
Las jornadas comienzan muy temprano. «A las seis paso por las habitaciones y los despierto uno por uno», relata Lorenzo. «Luego vamos a la capilla, hacemos meditación, desayuno con cantos y oración, y de ahí empieza el caos». Algunos salen a la universidad, otros se quedan para los turnos de la tarde. Mientras tanto, hay quien cuida el jardín, quien los animales, quien va al puericultorio a jugar con niños huérfanos. Por la noche vuelven a reunirse: cena, oración y la “buenas noches”, el momento en que se deja a los chicos un pensamiento sobre el día o sobre lo que ocurre en el mundo. «Algo que los acompañe a dormir con una reflexión».
La educación pasa sobre todo a través de la concreción de la caridad. Los fines de semana los jóvenes preparan espectáculos en los semáforos de Lima: malabares, música, flash mobs improvisados ante los coches detenidos en el tráfico. «Chicos que aparecen en el semáforo durante ciento veinte segundos de espectáculo», cuenta Lorenzo, sonriendo. Lo recaudado se destina a las misiones más pobres. Con esos fondos se construyen escuelas, se sostienen guarderías, se ayuda a parroquias. El 24 de abril pasado se inauguró en Chimbote una nueva escuela construida precisamente gracias al sacrificio de jóvenes como ellos: cinco guarderías, una primaria y una secundaria que acogen a más de mil quinientos estudiantes.
En los últimos dos años Claudia y Lorenzo también han abierto una pequeña clase de apoyo en una barriada cercana a la casa. «Por ahora logramos ir solo una vez por semana», dice Claudia, «pero allí habría que estar día y noche, por las situaciones que hay». Un compromiso nacido respondiendo a las necesidades que se encuentran.
También sus hijos crecen dentro de esta experiencia de compartir. Y los más pequeños se mezclan con los jóvenes acogidos «de manera natural, sencilla», viviendo esa comunidad como parte integrante de su vida.
Para Claudia y Lorenzo, todo esto no es un proyecto concluido, sino un camino abierto. Abierto a la pregunta de una vida intensa y compartida, que hace florecer de nuevo.

“Casa Santa Bernardita”: respuesta a la pregunta de las chicas peruanas

En Lima, en la casa “Santa Bernardita” -el internado femenino gemelo del masculino- la Operación Mato Grosso toma forma en una vida cotidiana hecha de rostros, historias y relaciones.
«Aquí he encontrado una familia». Las palabras de Sofía, llegada desde un pueblo de la Sierra para estudiar en Lima, definen esta casa a la luz de una experiencia de vida entregada y compartida. Treinta y una chicas procedentes de las zonas rurales más pobres del Perú conviven allí: estudio, trabajo, amistad y fe, aprendiendo a dar sentido a su vida.
Acompañándolas, desde hace dieciséis años, está Suelí, misionera laica que describe su papel con sencillez: «Hago de madre para todas ellas…». Su historia nace de una vida aparentemente plena en Italia, estudios universitarios, trabajo, experiencias eclesiales, pero atravesada por una profunda inquietud: «Lo tenía todo, pero era infeliz». El encuentro con los jóvenes del Mato Grosso cambia su mirada: «Me fascinaba ver a chicos que trabajaban, se esforzaban y lo daban todo por los pobres». Dejó su trabajo y partió en misión. Llegó a Lima y ya no se fue.
Las jóvenes afrontan estudios universitarios partiendo muchas veces de una preparación frágil y de situaciones familiares marcadas por la pobreza. «Estudian hasta medianoche… con muchísimo esfuerzo», relata Suelí, que cuida la formación integral de su personalidad. La vida comunitaria está hecha de normas y responsabilidad mutua. Muchas llegan desde pueblos andinos donde todo comenzó en oratorios o grupos de la Operación Mato Grosso.
«Mis padres me transmitieron este camino… es una hermosa manera de vivir», cuenta Catalina. Fabiola estudia enfermería «para poder ayudar a quienes lo necesitan», mientras Carla sueña con «ayudar a los niños en África». Sin embargo, la llegada a Lima suele ser un corte difícil. «Al principio fue complicado», admite Eidy. La gran ciudad puede desorientar, pero dentro de la casa nace algo que las mantiene unidas. «Se crea una especie de hermandad», añade Nicole. E Isabel lo resume en pocas palabras: «El Mato Grosso es amor».
Las jóvenes afrontan estudios universitarios partiendo muchas veces de una preparación frágil y de situaciones familiares marcadas por la pobreza. «Estudian hasta medianoche… con muchísimo esfuerzo», relata Suelí, que cuida la formación integral de su personalidad. La vida comunitaria está hecha de normas y responsabilidad mutua. Muchas llegan desde pueblos andinos donde todo comenzó en oratorios o grupos de la Operación Mato Grosso.
«Mis padres me transmitieron este camino… es una hermosa manera de vivir», cuenta Catalina. Fabiola estudia enfermería «para poder ayudar a quienes lo necesitan», mientras Carla sueña con «ayudar a los niños en África». Sin embargo, la llegada a Lima suele ser un cambio difícil. «Al principio fue complicado», admite Eidy. La gran ciudad puede desorientar, pero dentro de la casa nace algo que las mantiene unidas. «Se crea una especie de hermandad», añade Nicole. E Isabel lo resume en pocas palabras: «El Mato Grosso es amor».
Las historias que llegan a la casa suelen traer heridas profundas: familias rotas, ausencias paternas, violencias nunca contadas. «Al menos treinta de cada cien han sufrido abusos», confiesa Suelí. Y, sin embargo, precisamente en esa fragilidad emerge una riqueza humana que la sorprende: «Tienen una delicadeza increíble». Así, la vida cotidiana se convierte en lugar de sanación y crecimiento.
Dentro de esta experiencia también cambia la forma de mirar el futuro. Yorli, de veinte años, llegada de Chacas para estudiar Ciencias de la Educación, cuenta que al inicio «trabajaba por inercia», participando en las actividades para estar con sus amigos. Después algo cambia: el paso de la simple participación a la responsabilidad. Para Yorli, el sentido de la vida pasa cada vez más por la entrega de sí misma. Y si tuviera que resumir su experiencia en la Operación Mato Grosso en tres palabras, elegiría: «Dios, don y gratuidad».
Para algunas chicas este camino se convierte en una opción aún más radical. Úrsula, licenciada en Turismo y Patrimonio Cultural, después de sus estudios decidió quedarse un año dedicado por completo a la misión: «Un año al servicio de los demás». Una decisión que su familia no comprende: «Piensan que es un año perdido». Pero tras la muerte de su padre, siente que ya no puede vivir ignorándose a sí misma: «Me pregunté cómo emplear mi vida». Así, se encuentra trabajando en las obras del Mato Grosso, pintando muros, construyendo escuelas y organizando actividades para niños y jóvenes de los barrios periféricos. «Tratamos de invitar a los jóvenes para que no pierdan el tiempo en cosas inútiles».
El hilo rojo que une sus vidas en una trama misteriosa y colorida parece ser la gratuidad. Suelí cita una frase del padre Ugo convertida en regla de vida: «Hacer gratis es el oficio de Dios…».
Al final del encuentro, antes de ir a servir al “Puericultorio Pérez Araníbar”, las chicas se reúnen sonriendo frente a la cámara, con un deseo: saludar al Papa León, el “Papa peruano”, a quien esperan poder encontrar en la próxima visita apostólica al Perú.

La Operación Mato Grosso en el “Puericultorio Pérez Araníbar” de Lima

En el distrito de San Miguel, dentro de una de las mayores instituciones dedicadas a la infancia vulnerable del Perú, gestionada por la Beneficencia de Lima, la Operación Mato Grosso ha impulsado en los últimos años una profunda transformación. El puericultorio de la capital es un complejo de más de 14 hectáreas que acoge a menores en situación de abandono o de extrema vulnerabilidad, procedentes de entornos familiares y sociales marcados por graves dificultades. Antes de la llegada de los voluntarios de la OMG, en 2016, era una estructura marcada por años de problemas educativos, sufrimiento y un progresivo deterioro.
El padre Lorenzo, sacerdote italiano de Verona formado en la experiencia de la Operación Mato Grosso, recuerda su primer contacto con aquel lugar como el encuentro con una realidad profundamente herida y compleja, donde pabellones enteros permanecían vacíos y cientos de niños vivían en dormitorios impersonales. Cuando el padre Ugo le pidió que se trasladara a Lima para «observar y comprender», el padre Lorenzo todavía era seminarista. En medio de aquella situación tan delicada, vio la posibilidad de comenzar de nuevo, precisamente a partir de los niños.
La transformación comenzó por los espacios, pero sobre todo por una nueva mirada educativa. Los grandes dormitorios colectivos fueron sustituidos progresivamente por pequeñas casas-familia. «Cada niño es un alma», repite el padre Lorenzo. «Debemos hacer todo lo posible para que se sienta amado». Hoy, dentro del complejo han surgido escuelas, talleres, huertos, espacios de juego y casas-familia con habitaciones acogedoras y coloridas, además de un horno para la pizza semanal y una piscina.
Los misioneros son jóvenes laicos y laicas llegados de Italia que viven con los menores día y noche, compartiendo su vida cotidiana. Miriam, originaria de Trento, vive en la casa «El amor todo lo puede», donde residen catorce niñas de entre ocho y doce años. «No es justo que estas niñas no tengan padres», reflexiona. «Deseo que mi vida contribuya, aunque sea un poco, a hacer justicia a quienes nadie se la hace». Elisa, de veintiocho años y responsable de la casa de los más pequeños, explica así su decisión de vivir allí: «Existía el deseo de vivir una vida diferente, una vida entregada, en medio de los niños».
La suya es una entrega total. «Vivimos aquí las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. Los niños nunca se van. Somos una gran familia», cuentan. Las jornadas transcurren entre la escuela, los talleres, las tareas, los cumpleaños, las duchas, las meriendas y pequeños rituales cotidianos: una pizza preparada juntos, una película en el sofá mientras comen palomitas o una fiesta en el patio. Gestos sencillos, pero decisivos para niños que nunca han experimentado un verdadero hogar.
Hoy, el puericultorio de Lima es un signo de renacimiento en una realidad que durante años representó una de las heridas más dolorosas de la infancia peruana. Y quizá sea precisamente aquí donde una visita del Papa podría adquirir un significado especial: no como una denuncia, sino como un gesto de cercanía hacia niños, niñas, jóvenes y adolescentes que esperan a «su Papa».

“Casa Virgen de Guadalupe”, respuesta a la emergencia sanitaria en Perú

Para los más pobres de las zonas rurales, enfermar y afrontar tratamientos complejos significa tener que elegir entre la salud y la supervivencia. Faltan recursos para los medicamentos, para la hospitalización e incluso para llegar a los hospitales. Lima sigue siendo la única posibilidad. Y para muchos, la enfermedad también significa desarraigo, soledad y miedo.
Fue precisamente para responder a esta emergencia que el padre Ugo De Censi creó la ‘Casa Virgen de Guadalupe’, un hogar que desde hace más de treinta años acoge gratuitamente a los enfermos procedentes de las misiones, ofreciéndoles alojamiento, alimentación, acompañamiento humano y apoyo durante consultas, exámenes, intervenciones y hospitalizaciones.
La casa no es simplemente un albergue para enfermos pobres. Está concebida como una familia. Las voluntarias acompañan a los pacientes a los hospitales, les ayudan a orientarse en la burocracia sanitaria, gestionan citas médicas y traducen diagnósticos para quienes solo hablan quechua. «Muchos no entienden ni la terminología médica ni el español», explican María y Elena. «Por eso hay que estar con ellos en todo momento».
La casa recibe principalmente a pacientes oncológicos, pero también a niños con enfermedades raras, personas que necesitan diálisis o pacientes que requieren diagnósticos imposibles de obtener en los pequeños hospitales de montaña. «Los gastos del viaje, la comida y el alojamiento corren por nuestra cuenta», explica María, enfermera italiana de Vicenza que vive en la casa. «Nuestro compromiso es acompañarlos de verdad, como si fuéramos sus familiares». Algunos permanecen unos pocos días; otros, varios meses; y algunos hasta el final de su vida. Comparten las comidas, colaboran en las pequeñas tareas cotidianas y cada noche se reúnen para rezar juntos el Rosario. «A pesar del río de sufrimiento que pasa por esta casa, el ambiente es muy sereno», cuenta Elena, misionera de Brescia que lleva más de treinta años en Perú. «A veces da la impresión de que por aquí pasan ángeles».
Esa misma sensación tuve al conocer a Marcellina, una mujer de cincuenta años llegada desde Apurímac tras una dramática operación cerebral por un meningioma. Pasó doce horas en el quirófano y después sufrió complicaciones, edema cerebral y una traqueotomía. Cuando fue dada de alta, ni siquiera podía mantenerse sentada en una silla de ruedas y había perdido la capacidad de hablar. Su hija recuerda la angustia de aquellos días: no tenían dónde ir, no sabían cómo afrontar los cuidados ni cómo realizar las curas necesarias. En la Casa Virgen de Guadalupe encontraron asistencia permanente, instrumentos médicos y personas que les enseñaron cada procedimiento indispensable. «Si no hubiéramos llegado aquí, ¿qué habría sido de nosotros?», se pregunta la familia. Fue allí donde, poco a poco, Marcellina volvió a hablar. Su rostro no parece marcado por el sufrimiento; más bien, parece transfigurado por una extraordinaria ternura. Para ellos, aquella casa se convirtió en «una familia», gracias a la cual la recuperación comenzó de la mano de la esperanza.
Otra presencia luminosa de la casa es Carol, una adolescente de dieciséis años llegada desde la Sierra con un tumor de ovario. Mientras recibe quimioterapia, continúa estudiando gracias al apoyo de las voluntarias, que le consiguieron una escuela en Lima. «Aquí me dan mucho amor», afirma. Y recuerda cómo toda su parroquia rezaba por ella cada domingo: «No había una sola misa en la que no se acordaran de mí». Hoy sueña con convertirse en maestra o pediatra.
El corazón de la Casa Virgen de Guadalupe es su capilla. En el altar se conservan tres piedras marcadas por la sangre del padre Daniele Badiali, misionero asesinado a los treinta y cinco años tras ofrecerse en lugar de Rosa María, catequista, durante un secuestro con fines de extorsión. En las casas de la Operación Mato Grosso, el padre Daniele es recordado como un «mártir de la caridad» y actualmente la Iglesia lo reconoce como Siervo de Dios. Rosa María afirma haber comprendido gracias a él qué significa verdaderamente entregar la vida: «Aquel “voy yo” no fue un gesto heroico improvisado. Fue la culminación de muchos pequeños sí pronunciados cada día».
Recuerda el secuestro ocurrido el 16 de marzo de 1997, en los Andes peruanos, cuando regresaban en vehículo de una celebración religiosa. En la oscuridad del camino se produjo la emboscada. «Me hicieron bajar de la camioneta», relata aún visiblemente emocionada. «Daniele bajó inmediatamente detrás de mí y me dijo: “Tú te quedas, voy yo”». Tres días después, su cuerpo fue encontrado entre las rocas de la montaña, con el rosario en el bolsillo y un crucifijo colgado al cuello. En el altar, junto a aquellas piedras, están tallados en madera el símbolo del pelícano y el grano de trigo, memoria del Evangelio que el padre Daniele meditaba poco antes de morir.
Una vida entregada, como la del padre Ugo De Censi, su «padre espiritual», y como la de tantos hijos e hijas misioneros que han seguido su ejemplo, herederos de un amor capaz de regenerar la vida y abrir caminos de esperanza.
(Agencia Fides 16/6/2026)


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