Edsa Archive
Manila (Agencia Fides) – «Los filipinos se enfrentan hoy a una nueva ‘fatiga moral’ y, a cuarenta años de la histórica Revolución del Poder Popular de 1986, están llamados a salvaguardar activamente la libertad y la verdad». Así lo ha afirmado el arzobispo Gilbert Garcera, presidente de la Conferencia Episcopal de Filipinas (CBCP), durante la misa celebrada con motivo del 40º aniversario de la llamada “Revolución de los Rosarios”, un acontecimiento decisivo en la historia nacional.
En febrero de 1986, cerca de dos millones de personas se congregaron en la Epifanio de los Santos Avenue (EDSA) para protestar de manera pacífica y no violenta contra la opresión y la corrupción del régimen de Ferdinand Marcos Sr., y para exigir la restauración de la democracia.
La ‘fatiga moral’ – ha subrayado monseñor Garcera en la Eucaristía celebrada en el Santuario Nacional de María Reina de la Paz, en Quezon City- surge cuando la libertad «se reduce a un recuerdo», la fe «se convierte en devoción sin valentía» y la paz «se busca sin justicia». De este modo, «el espíritu de EDSA muere lentamente», ha advertido. Por ello, ha exhortado a los filipinos a afrontar los desafíos actuales con el mismo coraje, sentido de responsabilidad y convicción moral que marcaron la People Power Revolution: «La libertad tiene un precio. La paz tiene un precio. La fe exige responsabilidad».
En este contexto, la Iglesia –ha añadido- debe seguir siendo «una voz profética: no cómoda, no silenciosa, sino fiel», porque «guardar silencio ante la injusticia es complicidad, no santidad».
Las palabras del arzobispo retoman el mensaje difundido por toda la Conferencia Episcopal con ocasión del 40º aniversario de EDSA, titulado “Recordad las maravillas que el Señor ha realizado”. «Del 22 al 25 de febrero de 1986 -se lee en el texto enviado a Fides- vimos cómo los filipinos, con valentía y de manera pacífica, expresaron en las calles su indignación y frustración. El largo tramo de EDSA se convirtió en una inmensa catedral al aire libre de fe y desafío pacífico. Millones de filipinos, llegados de todo el país, se reunieron bajo el manto protector de la Bienaventurada Virgen María y de su Hijo, Jesús. Con el rosario en las manos, rezando, celebrando misas y cantando himnos, nos mantuvimos hombro con hombro, frente a tanques y soldados, con nada más que una fe inquebrantable en el corazón».
«La dictadura -recuerda el documento- cayó no por la violencia, sino gracias a la perseverancia silenciosa y a la fuerza de la piedad y de una fe colectiva que clamaba justicia y un cambio verdadero». Y añade: «Este acontecimiento extraordinario no fue solo una hazaña humana; fue, más bien, un testimonio del favor de Dios hacia su pueblo, que lo buscó en el momento más oscuro. La fe y el amor a la patria nos unieron. Nuestras oraciones fueron escuchadas. El “milagro de EDSA: el Poder del Pueblo” se hizo realidad».
Al conmemorar el aniversario, los obispos expresan gratitud «por la gracia que lo hizo posible» y piden asumir tres deberes sagrados: recordar, arrepentirse y reaccionar, «para acoger de nuevo el espíritu de aquel milagro y caminar hacia un futuro mejor».
El primero es recordar a los héroes anónimos, que «mostraron el verdadero poder de la fe, capaz de transformar la sociedad sin derramamiento de sangre. Las oraciones se revelaron más fuertes que los tanques; la fe triunfó sobre el miedo».
En cuanto al arrepentimiento, los obispos invitan a reconocer que «hemos desperdiciado el don de EDSA» por habernos acostumbrado: «Hemos vuelto a viejos hábitos y olvidado a nuestros hermanos y hermanas en dificultad. No asumimos plenamente la responsabilidad de construir la nación», lo que se ha traducido en «pobreza persistente, corrupción arraigada, confianza erosionada y subdesarrollo».
El tercer punto, la reacción, debe caracterizarse «por el coraje y el amor, mediante un cambio que exige honestidad». «No nos cansemos de buscar y sostener la verdad, ni de rechazar la mentira. La deshonestidad cubre nuestras heridas y nuestra pobreza». El cambio, recalcan, «nace del amor. El amor es acción. Sin amor, seguimos sufriendo». Exige una conversión personal, entendida como «la integridad cotidiana de hacer el bien incluso cuando nadie nos ve», y también una conversión colectiva, porque «las instituciones y las comunidades deben abandonar las prácticas que perpetúan la corrupción».
Desde esta perspectiva, los obispos llaman a combatir juntos la impunidad, a permanecer vigilantes y a comprometerse apoyando a los «líderes honestos y competentes, atentos al bien común», así como a seguir promoviendo la educación para la buena ciudadanía y la gobernanza con vistas a las elecciones de 2028. «Todo esto -concluye el mensaje- requiere una revolución: una revolución del corazón».
(PA) (Agencia Fides 23/2/2026)