VATICANO - LAS PALABRAS DE LA DOCTRINA a cargo de don Nicola Bux y don Salvatore Vitiello -Elementos fundamentales de la liturgia romana (II): el culto cristiano

jueves, 8 febrero 2007

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - La Constitución Litúrgica del Concilio Vaticano II, tras haber descrito la presencia de Jesucristo en la Iglesia y en diversos modos en la liturgia, sobre todo en la Eucaristía, indica que tal presencia brota de una «obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados» (SC n.7). Obra de Cristo es la liturgia en cuanto se asocia siempre a la Iglesia que «invoca a su Señor y por El tributa culto al Padre Eterno ». La obra se muestra como «ejercicio del sacerdocio de Jesucristo» es decir, el hombre es santificado por medio de signos eficaces de la liturgia y así la Iglesia Cuerpo místico de Cristo, cabeza y miembros, ejercito «el culto público e integral».
La participación es aquí en su esencia, verdaderamente eficaz para la gloria de Dios y salvación del hombre. Además «en la Liturgia terrena preguntamos y tomamos parte en aquella Liturgia celestial, que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos» (n.8), unidos al canto de Cristo y de los santos. En tal modo se realiza el ingreso en la liturgia celeste, el cielo desciende a la tierra, como decía Dionisio y como describen los mensajeros de Vladimir en Constantinopla en la crónica de Néstor. El Apocalipsis, en efecto, se muestra como el libro típico para la liturgia de la Iglesia que no es ‘creativa’ sino imitativa (mimesi) de la del cielo.
Si la Presencia del Señor es la condición sin la cual no subsiste la liturgia, deriva que el primer “acto” de la participación es la conversión a Él, elevando en alto los corazones: “Están levantados hacia el Señor” es la respuesta en el dialogo que abre la Oración Eucarística. El segundo es el ofrecimiento de sí: “Ofreced vuestros cuerpos en sacrificio espiritual” (Rm 12,1). 1). Esta cita es decisiva para la noción de culto cristiano; ofreced (texto gr. parastêsai, lat. exhibeatis) indica el acto de poner delante de Dios el sacrificio de sí mismos (en latín devovere).
La devoción es el ofrecimiento, acto culminante del culto cristiano y expresión realizada del espíritu de la liturgia; el devocionismo indica en cambio la reducción de aquel acto, al solo aspecto formal y exterior. No es esta la enfermedad más difundida hoy entre los cristianos; es más bien la duda, la ausencia o la poca fe, el escepticismo, la inconciencia de la Presencia de Cristo y de Su acción en la Iglesia y en el mundo, en fuerza del Misterio Pascual: todas cosas que pueden ser dirigidas a la pregunta por el sentido que brota del hombre.
El tercer acto, si queremos la consecuencia de los dos primeros, está constituido por la piedad y la devoción. “Leiturghia” quiere decir acción del pueblo santo de Dios, caracterizado por pietas, por ello es popular. La pietas hacia Dios, el reconocimiento y la adoración, es el espíritu de la liturgia. Finalmente se da el acto culminante: la comunión al Cuerpo místico que precede aquella Eucarística, se este o no en las condiciones necesaria para recibir esta última. La comunión al cuerpo místico en la liturgia “nos hace filósofos”, haciendo confluir fe y razón en el culto visible, porque la liturgia romana, la liturgia cristiana tout-court, a diferencia de las otras religiones, es el culto conforme a la razón. Todo esto hace que la participación sea fructífera.
Hemos dado en cierto sentido los “criterios” para verificar hasta que punto en diversas iglesias y comunidades la liturgia romana es respetada o no. Por ejemplo, si el sacerdote quiere seguir el ars celebrandi, según el genio propio de la liturgia romana, debería tener como referencia la celebración monástica benedictina, ahí donde ha conservado algunos cánones: sobre todo recitar y cantar con voz que acompaña, sin alzar el tono o peor gritar; hacer la homilía y exhortaciones en modo sobrio y breve, evitando -como dice Jesús- la verbosidad de los paganos que creen ser escuchados forzando las palabras. Justamente la liturgia medieval ha enseñado a usar las campanas para su discreción en el llamar la atención en los momentos más importantes. Finalmente desarrollar los diversos ritos con simple solemnidad, sin ostentación alguna, de modo que expresen la verdad del corazón; se diría en griego con eusèbeia, en latín pietas, es decir devotio o piedad de los Padres.
Este es el culto de la verdadera religión, porque no somos nosotros los protagonistas de la liturgia mas el Señor: “es Él que bautiza” y nosotros somos pequeños delante a Él que debe crecer mientras nosotros disminuir. Ha sido confrontado por Gustave Bardy el culto humilde de los cristianos con aquello orgulloso de los paganos; en el respeto y amor por la divinidad, el culto cristiano no debe ser espectacular. La diferencia de ellos es que nosotros glorificamos Dios y no los hombres y sus gestas. (Agencia Fides 8/2/2007)


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