VATICANO - HACIA EL SACERDOCIO de Mons. Máximo Camisasca - "El sacerdote: ante todo hijo, luego padre de muchos"

viernes, 15 diciembre 2006

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - Desde hace veintidós años me ocupo de la formación de jóvenes hacia el sacerdocio y he podido conocer con detalle el itinerario de más de cien vocaciones sacerdotales, auténticas o sólo supuestas, y realizar muchos descubrimientos sobre el origen y el progreso de una vocación en el corazón y en la mente de un chico y un joven.
La primera cosa que he descubierto es que, a pesar de que casi todos mis chicos hayan entrado en seminario después de la licenciatura o cuando ya estaban trabajando, sin embargo los primeros síntomas de vocación se manifestaron muy pronto: entre los 10 y 15 años. Pero sucedía que toda una serie de otros intereses, pasiones y encuentros típicos de la adolescencia acababan por ahogar esa intuición inicial. En todo caso ni siquiera lo que parecía contradecir bastaba para apagar una semilla puesta por Dios. Todos conocemos esos arroyos que, después de recorrer algunos kilómetros después del manantial, se esconden entre las rocas y parece que desaparecen para siempre. En realidad es precisamente en este itinerario subterráneo donde las aguas se enriquecen de preciosas sales minerales. Esos cursos de agua reaparecen a menudo entre las rocas de alta montaña y bajan por fin al valle para continuar su recorrido como ríos maduros y solemnes. Así una vocación que parecía sepultada, reaparece por la gracia de un nuevo encuentro. En la infancia, adolescencia y juventud con frecuencia el encuentro decisivo se produce con un sacerdote.
Normalmente Dios no suscita en un joven la idea de sacerdocio, suscita por el contrario, el encuentro con un sacerdote. En otras palabras, la hipótesis del sacerdocio le nace a un joven por el atractivo de totalidad que ve en un sacerdote. Se queda impresionado no tanto de lo que hace el sacerdote sino de lo que el sacerdote es. Y ¿quién es el sacerdote para un joven? Es un padre. En el sacerdote el joven ve a un hombre que por medio de lo que hace, muestra un interés especial hacia las personas con las que se encuentra, un interés que no se limita a aspectos particulares o sectoriales de su vida, sino que es interés desinteresado por la persona por su suerte personal. De esto se sirve Dios para hacer que nazca en él la hipótesis de la vocación sacerdotal.
Vivimos en una sociedad en que está desapareciendo la figura del padre, la figura del que con autoridad acompaña al hijo para enfrentarse a la batalla de la existencia con espíritu positivo, constructivo. Y los frutos de esta ausencia de la figura paterna se ven por desgracia, en la creciente inseguridad de los jóvenes, en su continúo retardar la salida de la adolescencia. El joven se siente fascinado por la madurez del sacerdote, por la autoridad de su propuesta, por el hecho de que él afronta la vida. Aún viviendo junto a él, el sacerdote tiene algo que él, el joven, no tiene y querría tener, no es y querría ser. La mayor parte de los chicos de mi seminario han recibido la influencia de sacerdotes que no los abstraían de su vida normal, sino que los acompañaban, enseñándoles como el estudio, los afectos, las dificultades, los proyectos de futuro, como todo es verdad, más bonito y verdadero, más grande siguiendo a Cristo.
Es del interior de una vida normal desde donde se comprende la singularidad de Jesús. Precisamente esto impresiona a un joven: ver en el sacerdote no un especialista de la oración, de la liturgia, y ni siquiera sólo a un organizador de juegos o excursiones sino a un hombre verdadero que ha encontrado el desarrollo más auténtico de su inteligencia y la plenitud de su vida afectiva en Cristo. Queda luego en toda su verdad el atractivo de la celebración de los sacramentos, vistos al principio como algo absolutamente misterioso y extraño y sin embargo atractivo.
¿Por qué viendo una nueva figura de padre un joven reconoce su propia vocación? Porque intuye que la virginidad es ser padre de muchas personas, es una posibilidad real para su vida, una posibilidad de belleza, de utilidad, de regocijo. Para un joven es muy importante ver al sacerdote trabajar en la comunidad de la que él mismo forma parte. Su paternidad se revela en efecto en la labor de guía que el sacerdote vive, en la caridad con la que acompaña día tras día a las personas hacia el cumplimiento de su existencia. Observando este padre, esta guía mientras desarrolla su misión, el joven prepara el terreno a la semilla de vocación que el Espíritu puede deponer en su corazón, al deseo de ser padre, guía y testigo como lo es ese sacerdote. (Agencia Fides 15/12/2006; Líneas: 51 Palabras: 801)


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