VATICANO - LAS PALABRAS DE LA DOCTRINA de don Nicola Bux y don Salvador Vitiello - El acontecimiento de la educación

jueves, 23 noviembre 2006

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - Como toda realidad que concierne a lo humano, también la educación es una cuestión de relaciones, de relaciones interpersonales entre un "yo" consciente y adulto, educante y un "yo" en formación, el cual, por su misma condición, pide ser educado. Presupuesto indispensable para que comience el proceso educativo es que exista el yo adulto. Un mundo de adultos despistados, incapaces de mirar la realidad según la totalidad de sus factores, de hecho relativistas y a veces incluso teóricamente incapaces de afirmar una verdad o de distinguir con claridad entre el bien y el mal, es de hecho, un mundo incapaz de educar.
La educación consiste ante todo en tener clara una meta, un horizonte, unas convicciones, creerlo personalmente e indicarlo a las jóvenes generaciones. La descomposición social y humana de la que somos espectadores y que emerge en toda su violenta carga explosiva, en estratos cada vez más jóvenes de la población, no es sino el resultado de la completa quiebra educativa de una generación que ha pretendido e incluso teorizado que no se debía, ni se podía enseñar nada, que era necesario cortar las propias raíces en nombre de un falso y utópico concepto de libertad.
Así como toda instancia filosófica relativista implosiona en si mismo la criba crítica de la realidad, ya que si fuera coherente debería llegar a autorelativizarse, así una teoría educativa que pretendiera no comunicar nada, porque es consciente de no creer en nada, no sirve en la práctica, al impacto con la realidad.
Ni la multiplicación de reglamentos ni un formalística "pollitically correct" educación cívica son suficientes para contener la deriva violenta del yo, el cual, empujado por el propio deseo natural que es infinito, cuando no consigue reconocer en si un sentido, orientando sus energías, se abandona casi necesariamente a un caótico instinto, eco desesperado de una pregunta que no encuentra respuestas. El nihilismo alegre, proféticamente indicado por Augusto Del Noce como la cifra hermenéutica de la cultura contemporánea que, no reconociendo nada como valor se abandona a un superficial y desesperante "contento", se está transformando en nihilismo violento. Efectivamente, también en el actuar concreto el día al día, cuando falta un gran ideal, es imposible la alegría; el "contento", máscara de la alegría, se transforma así en violencia.
Toda una cultura materialista y anticristiana ha gastado sus mejores energías, sin ahorrar el empleo de los mass-media, particularmente la televisión, para combatir durante los diez años pasados, un sistema educativo que era considerado arcaico, patriarcal, sofocante, irrespetuoso del sujeto. No pocos católicos "adultos", quizá animados por buenas intenciones y ciertamente víctimas de la propia miopía cultural, han creído, y continua a veces creyendo (en el atávico retraso que los caracteriza) que la crítica tuviera y tenga razones y fundamentos.
La necesaria superación de inaceptables métodos educativos fundados en la imposición o incluso en la violencia se ha transformado en el derribo de las certezas más elementales sobre las que debe basarse todo proceso educativo.
Para nosotros no es así. La educación tiene origen en el acontecimiento del encuentro entre un yo adulto y consciente, contento y cierto de aquello en lo que cree y otro yo, impresionado por la belleza y la verdad de dicho encuentro. Todo joven tiene experiencia y es capaz de distinguir inmediatamente entre un adulto fascinador, capaz de dar razones de lo que afirma y que no será nunca cómplice y un adulto humanamente inconsistente, frágil, desorientado, que ha entrado casi por casualidad en la vida. Este último, falto de certezas y apóstol de la duda, no sabrá transmitir sino la propia nada, el propio despiste y, parafraseando la admonición evangélica sobre los malos maestros, no entrará en la vida e impedirá con pasión a otros que entren en la misma.
La educación no es ausencia de perspectivas sino introducción, ciertamente de manera progresiva, a la realidad total: cuanto más el adulto viva la relación con la realidad en todas sus dimensiones sin excluir la religiosa, tanto más las nuevas generaciones tendrán una respiración amplia y serán capaces de reconocer en las propias concretas necesidades el eco de algo más grande.
En definitiva, la eficacia de una auténtica acción educativa no está separada del sentimiento de pertenencia que ella engendra: educar significa también introducir en una historia, hacer sentir la pertenencia a un pueblo, a una sociedad, a una nación. Sólo quién tiene conciencia de ser parte vital de un cuerpo, no atacará dicho cuerpo ni lo destruirá, sino que intentará que viva, que crezca y se desarrolle sabiendo que no hay antagonismo entre el propio bien personal y el bien común, sino por el contrario, relación de recíproca y directa interdependencia.
Como indicó aquel gran pedagogo que era don Luigi Giussani, el acontecimiento de un encuentro, la introducción a la realidad total y a la generación de la pertenencia son las tres dimensiones irrenunciables de la educación; estas se deben necesaria e indispensablemente repartir con valentía, para reconstruir el yo protagonista de obras e historia. (Agencia Fides 23/11/2006; Líneas: 61 palabras: 853)


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