ASIA/MYANMAR - La Acción Católica en el estado Shan, golpeado por la guerra: una presencia que da esperanza en tiempos de crisis

miércoles, 28 octubre 2026

Archdiocese of Taunggyi

Por Paolo Affatato

Taunggyi (Agencia Fides) – «Recemos, recemos, recemos». Philip Aung Moe, responsable de la Acción Católica (AC) en la archidiócesis de Taunggyi, en el estado Shan, en Myanmar, repite varias veces estas palabras al hablar de la situación en la región y de la esperanza de la población ante el prolongado conflicto civil que vive el país. El laico, con quien la Agencia Fides se reunió en Roma durante la reciente asamblea del Foro Internacional de Acción Católica (FIAC), habla de una comunidad que sigue reuniéndose, celebrando la Eucaristía, apoyando a las familias y buscando en la fe la fuerza para seguir adelante: «La fe en Taunggyi es fuerte. Es una fuerza cotidiana que no elimina el miedo, pero ayuda a atravesarlo. Y, junto a la oración -subraya-, está la acción, el compromiso de tantos cristianos que se entregan sin reservas al prójimo, se ponen al servicio de los más pobres, de los desplazados y de las personas vulnerables».
En la ciudad de Taunggyi, capital del estado Shan y sede de la archidiócesis católica, la situación es relativamente menos violenta que en otras localidades: «No se oyen bombardeos ni disparos porque el ejército birmano mantiene el control militar del territorio», cuenta a Fides. «Pero la guerra no está lejos: entra en la vida de las familias a través del miedo al reclutamiento obligatorio, la incertidumbre sobre el futuro y la marcha de muchos jóvenes que intentan evitar la posibilidad de ser alistados», observa. «Los jóvenes tienen miedo de quedarse. Por eso huyen, se marchan, incluso a países vecinos. Y así hemos perdido a muchos jóvenes», explica Philip. El reclutamiento en las filas del ejército birmano, que afecta tanto a hombres como a mujeres, es una fuente de angustia para la población.
En su testimonio, Philip Aung Moe explica que la violencia no se manifiesta únicamente a través de los enfrentamientos armados, «sino también en la dificultad de proyectar la propia vida». «Para los jóvenes, quedarse significa convivir con el temor a verse obligados a combatir; marcharse significa dejar atrás a la familia, el trabajo, los estudios y la propia comunidad. Así, la guerra niega el futuro a nuestros jóvenes», afirma.
La situación del estado Shan, en el este del país, se enmarca en la crisis más amplia de Myanmar, sumido en una guerra civil desde el golpe de Estado militar de febrero de 2021. El territorio del estado Shan está dividido entre la influencia del ejército, el control de las milicias étnicas y la enorme presión económica de China, que comparte frontera con la región birmana.
La situación se ve complicada por la presencia de numerosas organizaciones armadas étnicas, cuyas alianzas y rivalidades cambian según el territorio. No existe una división sencilla entre «el ejército» y «los grupos de resistencia»: la población civil se encuentra a menudo atrapada en un escenario fragmentado, en el que puede haber relativa ausencia de combates en un distrito o una ciudad, mientras que en otras zonas se registran enfrentamientos y emboscadas que provocan desplazamientos masivos. En todo Myanmar, según las Naciones Unidas, más de cuatro millones de personas se encuentran desplazadas a causa del conflicto y alrededor de 16,2 millones necesitan asistencia humanitaria.

Una Iglesia que se hace cercana

En este contexto, Philip Aung Moe describe el compromiso de la Acción Católica en Taunggyi: «Estamos presentes y nos reunimos en el complejo de la catedral de San José, donde ejerce su ministerio el arzobispo Basilio Athai, que desea que esta realidad laical se convierta cada vez más en un punto de referencia para la comunidad. Los miembros de la asociación no se limitan a organizar las actividades parroquiales: mantenemos viva la vida pastoral, intentamos apoyar a quienes sufren y hacemos sentir a las personas que no están solas».
Los grupos de Acción Católica animan la liturgia, colaboran con los sacerdotes y acompañan a las comunidades en sus necesidades. Junto con los miembros de otros grupos eclesiales, como la Legión de María, «visitan a los enfermos en los hospitales, llevan la oración a los hogares de las familias pobres y cuidan de quienes atraviesan momentos difíciles». Por su parte, la asociación de madres dedicada a santa Ana «ofrece a nuestras mujeres otro espacio de oración, formación y apoyo». Hay, además, un servicio especialmente sentido: «La ayuda a las familias durante el duelo, que en estos años de guerra se ha vuelto mucho más frecuente. Lo hacemos mediante el acompañamiento espiritual, las visitas de consuelo y la solidaridad, pero también con apoyo concreto para los funerales y los entierros».
Son gestos que, en tiempos ordinarios, podrían parecer actividades habituales de la vida eclesial, pero que en un país marcado por la guerra adquieren un significado más profundo: visitar a un enfermo, rezar con una familia o acompañar a quien ha perdido a un ser querido significa «reconstruir los vínculos en una sociedad sometida a la presión de la violencia y la incertidumbre». La Acción Católica se convierte así en «una red de cercanía, capaz de llegar a las personas allí donde viven y sufren, sin esperar a que cambien las grandes circunstancias políticas», señala.
En este sentido, Philip subraya: «Cuando se habla de paz y diálogo, muchos fieles sienten que, sobre todo, pueden hacer una cosa: rezar. Creemos en la fuerza de la oración. Todos los días rezamos juntos con el párroco durante la Misa y en los encuentros de oración, invocando a Dios para que conceda la paz. En cuanto a una solución política –añade-, solo podemos esperar que los líderes tomen decisiones y escuchen el clamor de un pueblo cansado de la guerra».
Esta conciencia no equivale a resignarse, sino que significa «no permitir que la guerra destruya también la vida comunitaria». Así, «la oración compartida es un espacio en el que podemos confiar nuestros miedos al Señor y mantener viva la esperanza, impidiendo que el conflicto se convierta en el único horizonte posible».

La misión de los laicos

Como recuerda Philip Aung Moe, la Acción Católica en Myanmar hunde sus raíces en la labor de los misioneros del Pontificio Instituto de Misiones Extranjeras (PIME), que contribuyeron a promover una Iglesia capaz de confiar responsabilidades crecientes a los laicos locales. Philip recuerda con gratitud aquellos orígenes: «Nuestros misioneros de Italia, los sacerdotes del PIME, trajeron toda esta idea a nuestra diócesis. Quisieron fomentar la conciencia y la espiritualidad de los laicos y fueron los fundadores de esta experiencia eclesial». Entre las figuras vinculadas a la historia de la misión en Myanmar, Philip recuerda al hermano Felice Tantardini, misionero del PIME, por quien la comunidad de Taunggyi siente una especial devoción.
La intuición que impulsó el desarrollo de la Acción Católica –prosigue- «era ayudar a los cristianos locales a reconocer su propia responsabilidad en la vida de la Iglesia y en la misión. Como nos enseñaron los misioneros, los laicos no son simples “destinatarios” o “colaboradores”, sino protagonistas del anuncio, de la formación, de la solidaridad y de la presencia cristiana en la sociedad».
Esta opción resulta especialmente importante en el Myanmar actual, donde las comunidades están dispersas por territorios de difícil acceso, atravesados por divisiones étnicas y lingüísticas, mientras que la guerra hace peligrosos los desplazamientos. La experiencia de la Acción Católica de Taunggyi, integrada en una historia de amplia participación de los laicos en la misión, «contribuye a que la Iglesia local pueda sostenerse y seguir actuando en las situaciones más difíciles». Además de la vida parroquial, la asociación desarrolla iniciativas de servicio y formación, especialmente a través de los jóvenes, llamados a llegar también a las comunidades más aisladas. «Aunque somos muy pocos católicos -reconoce Philip-, el servicio y la presencia de los laicos pueden contribuir a dar a conocer la fe y hacerla visible a través de las obras».

Más allá de las fronteras de la comunidad

En el estado Shan, donde, como en el resto de Myanmar, el budismo es la religión predominante y conviven diversas identidades étnicas y confesionales, los católicos son una minoría. En la archidiócesis de Taunggyi hay unos 8.000 fieles sobre una población de 1,9 millones de habitantes, en su gran mayoría budistas. Por ello, Philip destaca la importancia del diálogo interreligioso y de la colaboración con otras confesiones cristianas y comunidades religiosas: «La fraternidad también se construye fuera de los espacios eclesiales, mediante relaciones de confianza e iniciativas solidarias», señala.
En una región donde los grupos armados pueden encontrarse en bandos enfrentados y las pertenencias étnicas se convierten a veces en motivo de división, el diálogo adquiere un valor aún mayor. «Significa reconocer que el sufrimiento no distingue entre creyentes y no creyentes, entre católicos y budistas, entre una comunidad étnica y otra. Las familias que temen el reclutamiento, los jóvenes obligados a marcharse, los enfermos y las personas empobrecidas por la crisis comparten necesidades que ninguna pertenencia puede borrar». La Acción Católica, afirma, contribuye a mantener abiertos estos espacios de encuentro «mediante la disposición a servir y la colaboración con cualquiera que esté dispuesto a trabajar por el bien común». No se trata de una misión que busque visibilidad, sino, como señala el responsable de la AC, de «una presencia reconocible por su cercanía, a través de la cual nuestra comunidad da testimonio de su fe respetando la libertad y la dignidad de los demás».

La esperanza en el futuro

Cuando se le pregunta qué espera del futuro, Philip no oculta los límites de la situación: «La población puede rezar y mantener viva la solidaridad, pero la paz sigue dependiendo de la responsabilidad de los líderes políticos».
En un contexto de guerra, «no tenemos soluciones inmediatas ni poder para influir en quienes combaten o en los grupos armados, pero podemos tender la mano a quienes sufren y padecen las consecuencias de la violencia. Podemos custodiar la fe y la esperanza y mantener abierta la posibilidad de convivir, siendo fieles a lo que podemos hacer hoy, gracias a la Providencia y a la ayuda de Dios, que no nos abandona».
(Agencia Fides 28/10/2026)


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