RVA
Por Paolo Affatato
Llevar la luz del Evangelio allí donde reinan las tinieblas del conflicto y sembrar brotes de esperanza entre una población agotada por la violencia y los desplazamientos: esta es la misión de los catequistas en Myanmar. En un país desgarrado por una devastadora guerra civil, donde pueblos enteros son destruidos y las comunidades cristianas, como el resto de la población, viven en condiciones de precariedad e inestabilidad, los catequistas son hoy auténticos «faros de esperanza» y pilares del acompañamiento psicológico y espiritual de las personas más vulnerables.
Un reciente retiro de formación para los catequistas de la archidiócesis de Yangon, concluido el 20 de octubre de 2026 en la iglesia de San Pedro y San Pablo, ha vuelto a poner el foco en este servicio de anuncio y catequesis, tan extraordinario como a menudo oculto. El encuentro reunió a unos ochenta agentes pastorales que, bajo la guía del cardenal Charles Bo, renovaron su compromiso: regresar a las parroquias, las capillas más remotas y los campos de desplazados para «curar los corazones destrozados, llevar consuelo a los marginados, sostener a los necesitados y aliviar el sufrimiento de quienes padecen».
Los catequistas contaron que a menudo tienen que viajar por territorios inseguros, afrontando graves dificultades económicas y la escasez de recursos básicos. Además, recorren vías de comunicación cortadas o sometidas al control constante de milicias armadas, con el consiguiente peligro para su integridad. «A menudo -explicaron los participantes- visitamos comunidades aterrorizadas por los bombardeos aéreos y obligadas a desplazarse continuamente, familias que no encuentran paz y que van de un lugar a otro en busca de seguridad».
Como se recordó durante el encuentro, en esta trágica situación «los catequistas están llamados a enseñar a niños, jóvenes y adultos a rechazar el odio, la discriminación y la violencia, educándolos, en cambio, en el perdón, la compasión y la reconciliación mutua».
La resiliencia de la Iglesia birmana se manifiesta hoy en una entrega que atraviesa generaciones. En la archidiócesis de Yangon hay unos cien catequistas que «desempeñan su servicio de anuncio con una fidelidad inquebrantable», recordó el cardenal Bo, citando el ejemplo de David U Htun Nho, catequista que lleva más de 66 años ejerciendo su ministerio de manera ininterrumpida.
«Muchos de ellos proceden del Centro de Formación para Catequistas “San Pedro y San Pablo” de la archidiócesis de Yangon, una de las principales instituciones dedicadas a su preparación», cuenta a Fides Jerome Win Shwe Kyi, rector de la escuela de formación bíblica de Insein, en Yangon. El Centro, que también recibe apoyo de las Obras Misionales Pontificias, ofrece programas bienales de formación bíblica y pastoral, centrados en cuatro ámbitos fundamentales: humano, intelectual, espiritual y pastoral. «Al terminar los dos años de formación, los catequistas regresan a sus respectivas parroquias para comenzar su servicio pastoral. En la difícil situación actual, promueven la paz y la justicia, anuncian el amor y el perdón y llevan consuelo y ayuda a quienes lo necesitan», explica el padre Jerome.
La presencia de los catequistas es significativa en todas las diócesis birmanas. En la diócesis de Kalay, en la región de Sagaing -una de las zonas más afectadas por los violentos enfrentamientos entre el ejército regular y los grupos rebeldes-, más de cincuenta catequistas se reunieron en las últimas semanas para participar en una iniciativa similar de fraternidad y formación permanente, celebrada en la iglesia del Sagrado Corazón. También en este contexto, los pastores locales agradecieron su labor y los definieron como «una luz para una comunidad atemorizada, herida, desorientada y, a veces, desesperada».
Mientras las escuelas públicas cierran y el sistema educativo nacional se derrumba a causa de la guerra, los catequistas, junto con las congregaciones religiosas, asumen en muchas regiones la acogida y la educación básica de los niños, alejándolos de la calle y de los traumas de la guerra. Su labor «es silenciosa y valiosa, y se realiza con la certeza evangélica de que, incluso en plena noche birmana, veréis cosas más grandes que estas», ha dicho a Fides el padre Stephen Sut Awng, párroco de la zona de Sagaing.
La entrega de los catequistas birmanos de hoy encuentra su raíz espiritual e ideal más profunda en la figura del beato Isidoro Ngei Ko Lat (1918-1950), el primer catequista laico de Myanmar elevado a los altares. Martirizado en 1950 junto con el misionero del PIME, el padre Mario Vergara, Isidoro encarna de manera ejemplar un servicio que se entrega sin reservas hasta el final. En una época desgarrada por las tensiones políticas y los odios internos, eligió permanecer junto a sus comunidades, dispersas por los pueblos más remotos, y dar testimonio de su fe con la palabra y el cuidado de los enfermos, hasta derramar su sangre. Hoy, la inspiración y el valor de Isidoro siguen vivos en los pasos de los catequistas que recorren los bosques y los campos de desplazados de Myanmar. Su ejemplo, señala el padre Stephen Sut Awng, «nos dice que la misión de la catequesis no es una profesión, sino una llamada, un acto de amor total y gratuito para llevar el Evangelio a toda criatura, capaz de vencer el terror y abrir de par en par las puertas de la esperanza».
(Agenzia Fides 26/10/2026)