ASIA/MYANMAR - En Loikaw, la Iglesia renace entre los desplazados: aumentan las dificultades, pero también crece la fe, afirma el vicario general

sábado, 24 octubre 2026

La catedral de Cristo Rey en Loikaw

Por Paolo Affatato

Loikaw (Agencia Fides) – Durante los primeros días, apenas unas pocas personas acudían a la catedral. Después, poco a poco, la noticia se difundió por los pueblos y entre las familias dispersadas por la guerra: el sacerdote había regresado, la actividad pastoral se reanudaba y la comunidad podía volver a reunirse. Hoy, cuenta el padre Marko Phe Bya, vicario general de la diócesis de Loikaw y párroco de la catedral de Cristo Rey, unos 500 fieles participan en la Misa cada domingo. «Cuando comprendieron que la vida pastoral de la Iglesia volvía a latir en aquel lugar, el centro de la diócesis, regresaron. Es extraordinario: la gente tiene una fe inquebrantable», explica el vicario, entrevistado por la Agencia Fides durante el Foro Internacional de Acción Católica (FIAC), celebrado en Roma en los últimos días.

La historia de esta recuperación se entrelaza con la de la guerra civil que sacude Myanmar desde el golpe de Estado militar de febrero de 2021. En el estado oriental de Kayah, también conocido como estado karenni, los combates y los bombardeos han obligado a comunidades enteras a abandonar sus hogares. La Iglesia de Loikaw ha sufrido directamente las consecuencias del conflicto: en noviembre de 2023, los militares ocuparon el complejo de la catedral de Cristo Rey y el Centro Pastoral Diocesano, obligando al obispo Celso Ba Shwe, a los sacerdotes, a las religiosas y a los fieles a abandonar el lugar. La catedral fue utilizada como base militar.

El padre Marko Phe Bya recuerda aquel periodo como una dolorosa interrupción de la vida eclesial. «En 2023 nos vimos obligados a abandonar todos nuestro Centro Pastoral porque los soldados nos desalojaron. Todos los sacerdotes, los obispos, las religiosas: tuvimos que marcharnos». Durante mucho tiempo, la catedral permaneció sin párroco y el centro pastoral estuvo ocupado. El padre Marko regresó en septiembre de 2025. «La iglesia estaba algo deteriorada y tenía algunos daños, pero no eran graves. Nos habíamos llevado los registros parroquiales, los libros de bautismos y los demás documentos a otro lugar para salvarlos».

El regreso, sin embargo, no significaba que la guerra hubiera terminado. La ciudad seguía prácticamente vacía y la mayoría de los católicos estaba dispersa por el territorio, tras haber huido de los combates. «Cuando regresé, habían vuelto como mucho un centenar de personas», cuenta. En los meses siguientes, la comunidad comenzó a reunirse de nuevo. Hoy, según el sacerdote, unas 500 personas acuden cada domingo a la catedral. En las grandes celebraciones, como la fiesta de Cristo Rey, patrono de la iglesia y solemnidad que cierra el año litúrgico, la asistencia puede alcanzar las 1.000 o incluso las 2.000 personas.

En el contexto de Loikaw, estas cifras reflejan la recuperación de las actividades y de la vida eclesial. Muestran el deseo de recuperar un lugar común, de volver a «ser comunidad», rezar juntos y evitar que la dispersión provocada por la guerra rompa los vínculos entre los fieles. «La gente viene a la iglesia a llorar, a rezar, a buscar consuelo -confirma el padre Marko-. En una situación así hay muchas dificultades: no hay suficiente comida, no hay seguridad y se producen bombardeos. Nosotros predicamos la importancia de mantener firme la fe, porque Dios es nuestra esperanza. Vienen a la iglesia para alimentarse del alimento espiritual, que es tan importante como el sustento material».

La diócesis de Loikaw se extiende por el estado de Kayah, una región predominantemente montañosa del este de Myanmar y considerada uno de los principales bastiones del catolicismo en el país. Fue erigida por Juan Pablo II en 1989, en un territorio evangelizado desde el siglo XIX por los misioneros del Pontificio Instituto para las Misiones Extranjeras (PIME). Los datos eclesiásticos disponibles indican que cuenta con unos 90.000 católicos y una red de alrededor de 40 parroquias, distribuidas entre la ciudad y los pueblos. Es una Iglesia profundamente arraigada en el territorio, pero que hoy debe hacer frente al desplazamiento masivo de la población y a las dificultades para mantener unidas a comunidades alejadas de sus lugares de origen.

Según confirma el vicario general, el número total de desplazados en la diócesis supera las 300.000 personas, distribuidas en cientos de campamentos. Entre ellas hay unos 40.000 católicos, que siguen viviendo en asentamientos provisionales, pueblos remotos o zonas boscosas. Numerosas parroquias han quedado vacías o han tenido que cerrar debido a la huida de sus habitantes. La crisis humanitaria afecta, por tanto, a un territorio mucho más amplio que la propia ciudad de Loikaw. Entre los desplazados, la Iglesia intenta mantener viva su presencia. Los sacerdotes no se limitan a esperar que los fieles regresen a las iglesias, sino que van a buscarlos a los campamentos y a los pueblos. «Con los demás sacerdotes cuidamos de ellos: vamos a visitarlos y celebramos la Misa en los campamentos, fuera de la ciudad de Loikaw, donde hay muchas pequeñas comunidades parroquiales. Los sacerdotes acompañan a los desplazados y permanecen con ellos. Construyen pequeñas tiendas, una choza que sirve de iglesia o capilla. Que los sacerdotes estén con ellos es un signo de esperanza. Cada vez que nuestra gente tiene que huir, nosotros la acompañamos».

La misión pastoral está así estrechamente vinculada a la asistencia humanitaria. La Iglesia busca donantes para ayudar a las familias con alimentos, alojamiento, educación y atención sanitaria. Para quienes han perdido su casa, su trabajo y la posibilidad de cultivar sus tierras, incluso la supervivencia cotidiana se ha vuelto incierta. «La gente está regresando a la ciudad, pero no hay trabajo. Intenta encontrar un empleo, cualquier trabajo que pueda conseguir», explica el padre Marko. En los pueblos, muchos tratan de cultivar arroz, pero los combates pueden interrumpir de repente la vida cotidiana: «Cuando empiezan los enfrentamientos y caen las bombas, hay que huir».

A la precariedad material se suma el miedo. El sacerdote cuenta que desplazarse por el territorio exige prudencia y que los agentes pastorales también corren el riesgo de ser detenidos o considerados sospechosos. El padre Marko Phe Bya refiere que dos sacerdotes fueron arrestados en los últimos meses y posteriormente puestos en libertad, una muestra de la fragilidad del espacio en el que la Iglesia intenta mantener su labor educativa y pastoral.

También recuerda el caso de la hermana Benedetta, religiosa de la congregación de María Bambina, comprometida con la educación de los niños en un pueblo situado en una zona de conflicto. Fue detenida hace cinco meses, acusada de mantener contactos con el Gobierno de Unidad Nacional (NUG), el ejecutivo de la oposición, y continúa encarcelada. La situación de la religiosa se ha convertido en motivo de oración y solidaridad para la comunidad. El padre Marko cuenta que en la cárcel hay otros católicos con los que la hermana Benedetta reza. Cuando tiene ocasión de visitarla por motivos médicos, intenta animarla y, en algunas ocasiones, consigue llevarle también la Eucaristía. «La fe de la gente sigue siendo fuerte, también a causa de las dificultades. Cuantas más dificultades encontramos, más debemos animarnos unos a otros y más estamos llamados a rezar. Esta es nuestra fe».

La capacidad de resistencia de los católicos de Loikaw, después de años de guerra y desplazamientos, nace precisamente de la fe compartida y de la ayuda mutua. «Las personas resisten gracias a nuestra fe y también porque se ayudan unas a otras», afirma el sacerdote. La comunidad eclesial procura que las familias no se sientan solas: los sacerdotes visitan los asentamientos, los obispos animan a los fieles y la oración sostiene a quienes están cansados, hambrientos y asustados.

Esta experiencia permite comprender también el significado de las palabras pronunciadas por el obispo Celso Ba Shwe durante los años de exilio, que el padre Marko recuerda y repite: «La Iglesia no es un edificio, sino el pueblo que se reúne en nombre de Cristo. Nuestra comunidad está formada por personas, no por edificios. Las personas son las “piedras vivas”». «Aunque las iglesias estén vacías o sean inaccesibles, la comunidad sigue existiendo allí donde los fieles rezan juntos, celebran la Eucaristía y se cuidan unos a otros», observa.

La esperanza de una paz duradera sigue siendo, sin embargo, frágil. El sacerdote cuenta que la población está cansada de una guerra que golpea sobre todo a los inocentes, las mujeres y los niños. «Si una parte quiere vencer a la otra y nadie habla de diálogo, ¿cómo se puede empezar a dialogar? Para detener el conflicto, ambas partes tendrían que convencerse de que ninguna puede vencer aniquilando a la otra». Después de años de violencia, según el sacerdote, crece el deseo de una solución negociada. La Iglesia católica también llama al diálogo y a la reconciliación mediante la predicación y la oración.

«La gente desea ardientemente la paz, el diálogo y la reconciliación. Esperamos que algo pueda cambiar en un futuro próximo, aunque no parece que vaya a suceder muy pronto», señala. «Nosotros no podemos tomar decisiones, pero rezamos cada día por la paz, para que el Señor ilumine la mente y el corazón de quienes deciden y los guíe hacia la reconciliación. El futuro está en manos de Dios».
(Agencia Fides 24/10/2026)

RVA


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