ASIA/MYANMAR - La esperanza florece en el tiempo de la prueba: en la Iglesia birmana, nuevos sacerdotes, diáconos, religiosas y un obispo

miércoles, 26 agosto 2026

CBCM OSC

Yangón (Agenzia Fides).- La tribulación y la precariedad no apagan la esperanza en la comunidad católica birmana. Mientras el país atraviesa una etapa marcada por el conflicto, los desplazamientos, la pobreza y la incertidumbre, en la Iglesia católica continúan creciendo nuevas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. En las diócesis y en las comunidades religiosas, durante el mes de agosto, se han sucedido celebraciones que tienen sabor a promesa: tres nuevos sacerdotes, cuatro nuevos diáconos, dos jóvenes mujeres consagradas en la vida religiosa y un nuevo obispo coadjutor. “Son signos concretos de una Iglesia que, también en la precariedad y el sufrimiento, mira al futuro confiando en el Señor, y continúa anunciando y dando testimonio de la esperanza”, subraya a la Agencia Fides Bernardino Ne Ne, nuevo obispo coadjutor de Taungoo, anteriormente director nacional de las Obras Misionales Pontificias en Myanmar.

El 14 de agosto, en el Noviciado salesiano de Nazaret en Pyin Oo Lwin, en la archidiócesis de Mandalay, dos diáconos se convirtieron en sacerdotes. El padre John Phyo Thura Aung SDB y el padre Freymoe Win SDB recibieron la ordenación presbiteral de manos del cardenal Charles Maung Bo, arzobispo de Yangón, en una jornada de alegría, gratitud y esperanza para el futuro de la Iglesia en Myanmar. En la homilía, el cardenal Bo recordó a los dos nuevos sacerdotes que el sacerdocio es una llamada recibida de Dios, citando el pasaje evangélico en el que Cristo dice: “No sois vosotros los que me habéis elegido a mí, sino que yo os he elegido a vosotros”. El cardenal dio a los jóvenes sacerdotes una consigna que, en un país atravesado por divisiones y heridas, adquiere un significado particular: ser “puentes, no muros”, sobre todo. junto a los jóvenes.

Al día siguiente, 15 de agosto, la Iglesia de Yangón, archidiócesis metropolitana, acogió a otro sacerdote: el padre Stephen Aung Zay Zey Ya Moe, OSM, ordenado en la iglesia de San Francisco Javier de Thanlyin por el obispo auxiliar Raymond Wai Lin Htun. Su historia atraviesa Myanmar, India y Roma: ingreso entre los Siervos de María en 2012, formación en India, estudios teológicos y de mariología en Roma, la profesión perpetua y finalmente el sacerdocio. “El sacerdote no se pertenece a sí mismo, sino a la Iglesia universal. Está llamado a ser signo de unidad y de esperanza”, subrayó el obispo, recordando la misión de “salir al encuentro de las personas, consolar a quien sufre, animar a los desalentados y promover la paz y la unidad”.

La esperanza también toma forma en la diócesis de Hakha, en el extremo noroeste del país, donde, el 4 de agosto, fiesta de san Juan María Vianney, patrono de los sacerdotes diocesanos, cuatro candidatos fueron ordenados diáconos en la catedral de San José: dos diocesanos y dos Misioneros de la Pequeña Vía de Santa Teresa, familia religiosa que se inspira en santa Teresa de Lisieux. En la celebración, ante más de 500 fieles, el obispo Lucius Hre Kung recordó que la santidad no se mide por la excelencia académica, sino por el amor a Dios, la humildad y el celo por la salvación de las almas: “Puede que no destaquemos en los estudios —dijo—, pero lo que necesitamos es poseer las virtudes de san Juan María Vianney: amor por los fieles y celo por su salvación”. Para los nuevos diáconos, esto significa entrar en una comunidad formada por personas que esperan consuelo espiritual, ayuda y cercanía concreta. Para los misioneros de la Pequeña Vía de Santa Teresa, además, la ordenación es un paso más de una presencia misionera que continúa creciendo en la diócesis: es, de hecho, la segunda vez que miembros de la comunidad son ordenados diáconos en Hakha.

La vitalidad de la Iglesia birmana también se vislumbra en la vida consagrada femenina: la aportación pastoral y caritativa de las congregaciones religiosas femeninas resulta hoy decisiva en todas las comunidades diocesanas. El 11 de agosto, en la iglesia de los Santos Pedro y Pablo de Nanthagone, en Insein, en la archidiócesis de Yangón, dos jóvenes mujeres emitieron los primeros votos como Hermanas de San Vicente de Paúl: la hermana Maria Lydwine Hkawn Bu, de la diócesis de Myitkyina, y la hermana Maria Ephrem Eugenie, de la diócesis de Loikaw. Ante la comunidad pronunciaron los votos de castidad, pobreza y obediencia, eligiendo seguir a Cristo a través de la vida consagrada y el servicio. El obispo Raymond Wai Lin Htun les recordó que la vida religiosa es “un testimonio visible del Reino de Dios” y que, en un tiempo en el que también las relaciones familiares y sociales pueden estar marcadas por divisiones y dificultades, “la vida comunitaria está llamada a convertirse en lugar de amor, perdón y compartir”. Su misión está vinculada al carisma de san Vicente de Paúl y, por tanto, al servicio de los pobres, los enfermos, los débiles y los ancianos. En un Myanmar marcado hoy por dificultades económicas y sociales, la consagración de estas dos jóvenes mujeres expresa la disponibilidad concreta para estar junto a las personas más vulnerables.

Además, tuvo lugar otra celebración muy significativa para la Iglesia local: el 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración del Señor, en la catedral del Sagrado Corazón de Taungoo, ciudad situada en el centro del país, el padre Bernardino Ne Ne fue consagrado obispo coadjutor de la diócesis de Taungoo. La celebración estuvo presidida por el cardenal Charles Bo, con el arzobispo Basilio Athai y el obispo Celso Ba Shwe como co-consagrantes.

El episodio evangélico de la Transfiguración ofreció la clave para leer este momento de la Iglesia en Myanmar: el cardenal Bo recordó que la luz de la Transfiguración fue concedida a los discípulos antes de la Pasión, para prepararlos para afrontar el sufrimiento. Hoy, observó, “el pueblo de Myanmar atraviesa un verdadero valle de lágrimas”, entre pobreza, desplazamientos, conflicto e incertidumbre. Pero “la luz de Cristo continúa brillando en las tinieblas”, añadió. Al nuevo obispo se le pidió hacer visible esa luz mediante la cercanía a las personas, en la misión de consolar a los heridos, reconciliar comunidades divididas, animar a quienes viven con miedo, estar junto a los pobres y los migrantes. “El obispo da testimonio y lleva la luz de Cristo, no la suya propia”, recordó el cardenal Bo. También Andrea Ferrante, representante pontificio en Myanmar, invitó al nuevo pastor “a hacer visible el amor de Dios y a llevar su paz con valentía, alegría y humildad”.

El lema episcopal elegido por el obispo Bernardino, “Magnificat anima mea”, se sitúa en esta misma perspectiva: “He venido a esta diócesis para caminar con el pueblo de Dios tras las huellas de Cristo”, dijo, pidiendo oraciones, ánimo, paciencia y comprensión, e invitando a los fieles a “caminar juntos con fe, esperanza y caridad”.
(PA) (Agencia Fides, 26/8/2026)


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