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Por Marie-Lucile Kubacki
Lourdes (Agencia Fides) – «Oh María, ten piedad…». La voz cristalina de Eva, de 13 años, se eleva casi a capela ante el Papa León XIV. Interpreta una de las canciones del espectáculo 'Bernadette de Lourdes'. A su alrededor, varias personas enfermas permanecen sentadas en sus sillas de ruedas, en el corazón del Santuario. La escena dura apenas unos instantes y está atravesada por la fragilidad. Y, sin embargo, expresa lo esencial de esta jornada: en Lourdes, los más vulnerables ocupan el corazón de la Iglesia.
El 27 de septiembre, con motivo de su visita al Santuario mariano, el Papa ha encontrado a una multitud de 200.000 peregrinos llegados de Francia y de todo el mundo. Durante la Misa, ha saludado «el rostro universal de la Iglesia», el de los peregrinos que han atravesado fronteras y han llevado hasta la Gruta sus alegrías y sus cargas. «¡Qué alegría estar juntos, con un solo corazón, como una sola familia!», ha exclamado.
Pobres y enfermos, el tesoro de la Iglesia
Si todos los caminos llevan a Roma, muchos conducen también a Lourdes. Aquí se viene a rezar, a pedir una curación y, a veces, simplemente a buscar una presencia. Enfermos, personas con discapacidad, familias golpeadas por las dificultades, migrantes y personas heridas por la vida encuentran una acogida en la que la vulnerabilidad no tiene que esconderse ni justificarse. Lo que en otros lugares a veces falta, con frecuencia, el Santuario intenta ofrecerlo: tiempo, atención y una humanidad que no aparta la mirada.
Ese ha sido también el sentido del encuentro del Papa con los enfermos y con los profesionales y voluntarios del Accueil Notre-Dame. «Aquí la fragilidad no se esconde, sino que se convierte en el lugar de un encuentro sagrado», ha afirmado. Y a las personas enfermas les ha dirigido unas palabras directas: «ustedes no son un peso, son el corazón palpitante de nuestra humanidad y un tesoro precioso para la Iglesia».
La palabra «tesoro» no es casual. Según la tradición, san Lorenzo señalaba a los pobres como el tesoro de la Iglesia. En Lourdes, ese tesoro se hace visible en los cuerpos heridos por la enfermedad, pero también en quienes se reconocen pobres, necesitados de gracia y, a veces, enfrentados a la enfermedad o a la injusticia. León XIV ha puesto de relieve esta presencia a lo largo de toda su visita. En la Gruta de Massabielle ha defendido la dignidad de la vida ante la enfermedad, el sufrimiento y la vejez. «Aquí no se rechaza ninguna fragilidad. Sus muletas, sus sillas de ruedas, sus lágrimas ocultas no son obstáculos: son el lugar, por excelencia, donde ustedes son respetados plenamente, acogidos y transformados por el amor infinito de Dios». Y Lourdes, ha recordado, es «el lugar bendito de una profesión de fe en la belleza y la sacralidad de la vida».
En el Accueil Notre-Dame, León XIV ha pedido a los profesionales sanitarios «hacerse cargo de una persona que sufre, y no eliminarla». También ha recordado: «Lo que es legal no es necesariamente moral», y ha invitado a seguir desarrollando las estructuras de cuidados paliativos y la investigación y a acompañar con ternura a los enfermos. Médicos, enfermeros, camilleros, capellanes y agentes de pastoral de la salud, ha señalado, cuidan los cuerpos y también las almas.
El debate sobre el final de la vida, ya abordado por el Papa ante los obispos de Francia, se inscribe así en una reflexión más amplia sobre la libertad, el sufrimiento y la responsabilidad colectiva. Pero en Lourdes las palabras han tomado forma concreta en los gestos de acogida y en la cercanía a los enfermos. La dignidad, ha recordado León XIV, no depende de la autonomía ni del estado de salud: pertenece a cada persona por el mero hecho de existir.
Reconocer las culpas, curar las heridas
A los obispos, el Papa les ha pedido que no se dejen desanimar por los errores y las caídas que han marcado la historia de la Iglesia. Les ha exhortado a reconocer las culpas «con amor de la Verdad», a curar las heridas con la caridad del Buen Pastor y a no cansarse nunca de anunciar el Evangelio.
La jornada ha estado marcada también por un encuentro a puerta cerrada con siete personas víctimas de abusos cometidos por miembros del clero y de la Iglesia en Francia. En la Casa Episcopal de Lourdes, León XIV ha escuchado individualmente sus relatos, su dolor y sus propuestas para evitar que hechos semejantes vuelvan a producirse, según ha informado la Sala de Prensa de la Santa Sede. El Papa ha rezado con algunas de ellas y después ha agradecido al grupo su doloroso testimonio. También ha reafirmado su compromiso para que otras personas no sufran las mismas violencias. Ha expresado su cercanía a las víctimas y, a través de ellas, a cuantos siguen llevando las heridas de los abusos, con el deseo de que la comunidad de los fieles sea cada vez más un lugar de consuelo y sanación.
La luz frágil
Por la noche, la procesión «aux flambeaux» ha reunido en un mismo camino a peregrinos y enfermos. La luz ha pasado de mano en mano, llevada tanto por quienes podían caminar como por quienes necesitaban ser acompañados. «Esa luz que nos guía y nos atrae es la de la esperanza que nunca nos abandona, incluso durante nuestra peregrinación por esta vida, a menudo marcada por las pruebas, pero ya plena de la alegría de sabernos hijos de Dios, amados y salvados por Jesús», ha dicho León XIV. Las personas enfermas, ha añadido, son «testigos privilegiados de esta transfiguración de la existencia a través de la fe y del amor a Dios y al prójimo». Y ha proseguido: «Necesitamos participar en esta procesión con ustedes, queridos enfermos, para comprender lo que significa realmente». Después ha retomado las palabras de Pío XII: «Nunca, en ningún lugar de la tierra, se ha visto semejante cortejo de sufrimientos, nunca semejante resplandor de paz, serenidad y alegría».
En Lourdes, también de noche, la fragilidad no desaparece. Avanza al ritmo de la oración, iluminada por la luz frágil de las velas.
(Agencia Fides 28/9/2026)
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