Yakarta (Agencia Fides) En un contexto de fragmentación e incertidumbre sin precedentes en el orden mundial, ¿cómo puede la Iglesia discernir los signos de los tiempos? El sacerdote y teólogo checo Tomáš Halík abordó esta cuestión en su discurso ante obispos y otros miembros de las Iglesias asiáticas reunidos en Yakarta para la Asamblea de la Federación de Conferencias Episcopales Asiáticas (FABC).
Mediante un lúcido análisis de la globalización y la crisis que afecta a las instituciones de la posguerra, invita a las comunidades eclesiales a renovar su misión a través de la contemplación promoviendo una cultura de relación y conexión, para responder a la crisis moral y espiritual de nuestro mundo contemporáneo.
Publicamos un extracto de su discurso con su amable autorización.
Quizás la lección más profunda de nuestro momento actual sea que la crisis de las instituciones internacionales no es principalmente una crisis institucional. Es una crisis de confianza. Una crisis de responsabilidad. Una crisis de solidaridad. En última instancia, se trata de una crisis del espíritu humano. La crisis que afrontan hoy las instituciones internacionales no es simplemente una cuestión de eficiencia organizativa, burocracia o falta de autoridad. El problema de fondo reside en la erosión de los fundamentos culturales, morales y antropológicos sobre los que se construyeron estas instituciones. Por lo tanto, no basta con reformar los procedimientos; debemos repensar los fundamentos espirituales y éticos mismos del orden internacional. La crisis de las instituciones internacionales revela, pues, una crisis espiritual más profunda de la civilización. La actual crisis geopolítica es, por consiguiente, también una crisis espiritual y antropológica: una crisis de la imagen de la humanidad, del sentido de la sociedad y de la capacidad de concebir a la humanidad como partícipe de un destino común. Y es precisamente aquí donde la Iglesia y la teología tienen algo único que ofrecer.
¿Cómo, entonces, deberían responder la Iglesia (y la teología) a esta transición histórica? Evidentemente no ofreciendo soluciones técnicas a problemas políticos. Esto no es ni su competencia ni su vocación. Tampoco retirándose de la vida pública a la supuesta seguridad de una espiritualidad privada. La Iglesia está llamada a ofrecer algo que ni la política, ni la economía, ni la tecnología pueden proporcionar: está llamada a cultivar la sabiduría. La sinodalidad no debe ser principalmente una reforma de las estructuras eclesiásticas. Su objetivo más profundo es la conversión, una transformación espiritual. Una transformación de la cultura de las relaciones, no solo en la Iglesia, sino en toda la humanidad. La renovación sinodal también puede representar una contribución significativa a la cultura política de la sociedad civil. Así como la democratización de la Iglesia durante la Reforma contribuyó, indirectamente y a menudo sin intención, al nacimiento de la democracia moderna, así también la renovación sinodal de la Iglesia puede convertirse en una fuente de inspiración para la convivencia en el mundo pluralista del siglo XXI. Esto no significa que la sinodalidad deba imitar los mecanismos políticos del gobierno de la mayoría, ni que deba simplemente reproducir las fortalezas y debilidades de los sistemas democráticos contemporáneos. Por el contrario, el principio de sinodalidad puede convertirse en una fuente de renovación para la democracia, abordando precisamente aquellas dimensiones de las que suelen carecer las democracias contemporáneas y que las hacen vulnerables al populismo y a las tentaciones autoritarias.
El populismo se nutre de percepciones superficiales de la realidad. La Iglesia está llamada a ofrecer una visión más profunda: una manera diferente de ver y de relacionarse. Las crisis de nuestro tiempo nos invitan a recuperar lo que nuestra civilización quizás necesita con mayor urgencia: la capacidad de detenernos y contemplar. Necesitamos una conversión en la forma misma en que percibimos la realidad y nos comprendemos a nosotros mismos. Debemos reconocer que tanto lo que sucede a nuestro alrededor como lo que sucede en nuestro interior pertenecen a una realidad infinitamente mayor que nosotros mismos, una realidad que nos abraza a la vez que nos trasciende infinitamente. La existencia humana es siempre un ser-con. Nos convertimos en quienes somos a través de la red de relaciones que nos une unos a otros, al mundo natural y al Misterio Inconmensurable que llamamos Dios. Nuestras iglesias deben convertirse en escuelas de una cultura de relaciones. Deben enseñar continuamente —y aprender continuamente— la más profunda de todas las relaciones: la unidad inseparable del amor a Dios y el amor al prójimo.
Durante muchos siglos, al menos en gran parte del mundo, el cristianismo desempeñó el papel de religión (religio) en el sentido del verbo latino re-ligare: volver a unir. La religión cristiana sirvió como fuerza de integración social. Allí donde el cristianismo ostentaba una posición cultural dominante, o incluso privilegiada, ofrecía a la sociedad un lenguaje común, una imaginación moral compartida, un sistema de valores ampliamente aceptado y un marco simbólico y ritual común. Sin embargo, a lo largo de la era moderna, el cristianismo fue perdiendo gradualmente esta función integradora. En el mundo actual, radicalmente pluralista e interconectado culturalmente, continúa perdiendo ese papel incluso dentro de sociedades que alguna vez se consideraron tradicionalmente cristianas. Nuestro mundo seguirá siendo irreversiblemente pluralista. En tal contexto, el cristianismo se percibe como una voz entre muchas. Sin embargo, esa voz debe seguir siendo clara, creíble e inequívocamente auténtica. Estoy convencido de que hoy el cristianismo puede ofrecer a nuestro mundo un papel diferente al de la religión, en el sentido del verbo re-legere: releer. Significa leer con más atención. Releer la realidad. El cristianismo puede ofrecer a la humanidad una nueva hermenéutica, una forma renovada de percibir e interpretar la voz de Dios en el entramado de la historia. En medio de todos los cambios históricos, la fuente más profunda de la identidad de la Iglesia es la presencia viva de Cristo resucitado. Esta presencia —en la fe y el testimonio de la Iglesia, pero también más allá de sus límites visibles— es dinámica. Continúa creciendo y revelándose a lo largo de la historia.
Este crecimiento no puede identificarse simplemente con un aumento en el número de miembros de la Iglesia, una expansión geográfica o una mayor influencia cultural o política. La presencia del Señor Resucitado se manifiesta a menudo de maneras paradójicas y kenóticas. Más importante que el crecimiento en extensión es el crecimiento en profundidad. Al reflexionar sobre la situación de la Iglesia en diferentes partes del mundo, no debemos conformarnos con indicadores estadísticos como el número de bautizados o el porcentaje de asistencia a misa. Debemos plantearnos una pregunta más profunda: ¿hasta qué punto el espíritu del Evangelio moldea la forma de pensar y vivir de las personas? La evangelización solo da fruto cuando se incultura. Aquí también se aplica el principio de sinodalidad. La misión misma debe convertirse en un camino compartido, un camino de diálogo. La evangelización dialógica crea un círculo hermenéutico entre las preguntas y experiencias de las mujeres y los hombres de hoy y la experiencia de la fe, las preguntas y respuestas que encontramos en la Escritura y en todo el depósito de la fe.
Por lo tanto, debemos plantearnos dos preguntas fundamentales. Primero, ¿ayuda nuestra manera de proclamar el Evangelio a las personas a comprender más profundamente sus propias vidas y la época en que viven? Segundo, ¿puede su cultura —sus preguntas, sus experiencias y su comprensión de la realidad— aportar algo auténticamente nuevo a nuestra propia comprensión del tesoro de la fe? El Concilio Vaticano II ofrece una comprensión más profunda y dinámica de la Tradición. En la Constitución Dogmática Dei Verbum, leemos: “Esta Tradición, que viene de los Apóstoles, avanza en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo, pues crece la comprensión tanto de las cosas como de las palabras transmitidas” (II, 8). La tarea evangelizadora —y, por consiguiente, también la inculturación del Evangelio— nunca se completa. Debe seguir desarrollándose, reflexionando críticamente sobre las nuevas experiencias históricas y las inspiraciones culturales. Esta es una de las razones por las que siempre he admirado tanto la creatividad teológica de las Iglesias de Asia.
El cristianismo asiático ha demostrado a la Iglesia universal que el diálogo con las antiguas tradiciones religiosas no tiene por qué debilitar la identidad cristiana. Por el contrario, cuando está firmemente arraigado en Cristo, este diálogo puede profundizar nuestra comprensión del misterio de Cristo mismo. Personalmente, estoy agradecido a los jesuitas japoneses que me enseñaron a abordar ciertos pasajes del Evangelio como se aborda un koan zen. No porque el cristianismo deba convertirse en zen, sino porque me ayudaron a descubrir que el Evangelio a menudo nos invita, incluso antes de ofrecer respuestas, a experimentar una transformación en nuestra propia percepción de la realidad. No se trata simplemente de enseñar a la gente a pensar de manera diferente, sino de ayudarles a ver de manera diferente. La primera responsabilidad de la Iglesia no es solo hablar, sino aprender a ver. Queridos hermanos y hermanas, el futuro del cristianismo dependerá de si nuestras comunidades se convierten en lugares donde las personas aprendan a ver de verdad, a verse más profundamente, a ver el mundo con mayor veracidad, a percibir los signos de los tiempos con mayor sabiduría y, a través de todo esto, a reconocer la presencia viva de Cristo resucitado, que continúa renovando todas las cosas. Entonces, las palabras de Jesús también se harán realidad para nosotros: “Veréis cosas mayores”.
(Agencia Fides, 24/7/2026)