Por Luca Mainoldi
Roma (Agencia Fides) – Con motivo de la presentación, el 25 de mayo, de la primera encíclica del papa León XIV dedicada a la inteligencia artificial (IA), se ofrece una reflexión sobre su impacto en el consumo de recursos naturales.
La inteligencia artificial no es un simple algoritmo, sino un sistema complejo de centros de datos, cables de fibra óptica, sistemas de alimentación eléctrica y de refrigeración, entre otros componentes. En definitiva, la IA no está hecha solo de datos y algoritmos, sino también de infraestructuras físicas de gran envergadura: no solo de bits, sino también de átomos.
En Estados Unidos, las comunidades locales ya están percibiendo el impacto de la proliferación de los centros de datos utilizados para la IA. En enero de 2026 se habían contabilizado en el país más de 3.900 centros de datos, lo que representa el 37% del total mundial. Este dato ilustra claramente la brecha entre quienes controlan la infraestructura física y quienes simplemente la utilizan. Además, las principales empresas estadounidenses del sector poseen y gestionan centros de datos en distintas partes del mundo.
La otra cara de la moneda se refleja, en primer lugar, en el elevado consumo eléctrico y su impacto en las comunidades locales. “Un único centro de datos moderno dedicado a la inteligencia artificial puede consumir tanta energía como 100.000 viviendas; los más grandes actualmente en construcción consumirán hasta 20 veces más” (fuente: Carla Walker e Ian Goldsmith, From Energy Use to Air Quality, the Many Ways Data Centers Affect US Communities, World Resources Institute, 17 de febrero de 2026).
Para refrigerar los circuitos de estos centros de datos se requieren además enormes cantidades de agua. “Las instalaciones de tamaño medio pueden utilizar hasta 1.135.623 litros de agua al día, mientras que las de gran tamaño pueden consumir hasta 18.927.000 litros diarios, una cantidad comparable a la de una pequeña ciudad. Las estimaciones recientes prevén que, para 2028, los centros de datos de IA en Estados Unidos podrían requerir más de 121.000 millones de litros de agua al año. Esta cantidad bastaría para cubrir las necesidades domésticas de unas 360.000 familias” (ibíd.).
Para construir las infraestructuras dedicadas a la IA también se necesitan grandes cantidades de minerales críticos: desde las llamadas tierras raras hasta cobre, aluminio, cobalto, grafito, entre otros. Las grandes potencias y las principales empresas del sector compiten ya por asegurarse estos recursos, esenciales no solo para la IA, sino también para las energías renovables y la fabricación de armamento.
En cuanto a la IA, según la Agencia Internacional de la Energía (AIE), el crecimiento de los centros de datos podría incrementar la demanda global para 2030 en alrededor de un 2% en cobre, un 3% en tierras raras y hasta un 11% en galio. Por ejemplo, para 2030 serán necesarias 512 toneladas adicionales de cobre para centros de datos, mientras que la AIE prevé un déficit global de este metal hacia 2035.
A parte de China, que domina los procesos de extracción y refinado de tierras raras, África se ha convertido en un terreno estratégico para las principales potencias y empresas vinculadas a la IA. El continente posee el 30% de las reservas mundiales de minerales críticos, esenciales para la electrónica y el hardware de la inteligencia artificial, pero solo obtiene el 10% de los ingresos globales generados por estos recursos.
África es rica en minerales como cobalto, litio y grafito, todos fundamentales para el desarrollo de la inteligencia artificial. Uno de los actores clave es la República Democrática del Congo, que cuenta con las mayores reservas mundiales de cobalto, además de otros minerales estratégicos (véase Fides 1/2/2023). Lo mismo ocurre con Zimbabue, que posee importantes yacimientos de litio, indispensable para las baterías de iones de litio utilizadas no solo en vehículos eléctricos, sino también en los sistemas de respaldo de los centros de datos (sobre el litio africano, véase Fides 19/8/2023).
Otro material crucial es el grafito, del que países como Madagascar y Mozambique disponen de importantes reservas. En el marco de la diversificación del suministro de tierras raras para reducir la dependencia de China, varios países occidentales buscan nuevos yacimientos en África. Sudáfrica, ya clave en los metales del grupo del platino (PGM), es considerada una fuente alternativa importante de elementos de tierras raras (REE). El país cuenta con varios yacimientos conocidos, principalmente de monacita y otros minerales como apatita y euxenita, concentrados en las regiones del Cabo Occidental y Septentrional, así como en Limpopo.
Otros productores africanos de REE son Madagascar y Burundi (véase Fides 25/9/2015), mientras que se encuentran en fase de desarrollo proyectos en Angola, Malawi, Namibia, Tanzania y Uganda. También otros países como Kenia y Zambia presentan potenciales yacimientos.
La extracción de estos minerales conlleva graves daños medioambientales: generación masiva de residuos tóxicos y radiactivos; contaminación del agua y del suelo debido al uso de sustancias tóxicas en los procesos de extracción, así como por el vertido de residuos; contaminación atmosférica por polvo radiactivo y emisiones industriales; deforestación, erosión del suelo y pérdida de biodiversidad.
Como señaló en una entrevista a la Agencia Fides el entonces presidente de la CENCO (Conferencia Episcopal Nacional del Congo), monseñor Marcel Utembi Tapa, arzobispo de Kisangani, “las consecuencias medioambientales de la explotación de los recursos minerales congoleños son amplias y graves porque se llevan a cabo sin respetar las normas” (véase Fides 10/11/2023).
(Agencia Fides 23/5/2026)