Arequipa (Agencia Fides) – El “Cottolengo” de Arequipa -Hogarcito de Niños Especiales San José Benito Cottolengo- acoge a los “invisibles” llegados de todo el Perú: niñas y niños, jóvenes y mujeres “especiales”, con graves discapacidades físicas y psíquicas, en situación de abandono y pobreza.
Lo que llama inmediatamente la atención es un cartel colorido con un mensaje para el “Papa peruano”: «Te queremos mucho Papa León XIV. Te saludan las niñas del hogar Benito de Cottolengo»…
Fundada el 1 de agosto de 2002 gracias a la iniciativa de las Hermanas de San José Benito Cottolengo, la Casa es una expresión viva y actual del carisma original del santo italiano de Turín que en el siglo XIX dio origen a la Pequeña Casa de la Divina Providencia, en Italia.
En 2007 el proyecto encontró una sede estable en el distrito de Tiabaya, en Arequipa, consolidando su presencia en el territorio gracias al “relevo” y a la actual misión de las Siervas del Señor y de la Virgen de Matará, junto con colaboradores laicos que han heredado el carisma original.
Hoy el “Cottolengo” de Arequipa continúa siendo una familia para vidas «en condiciones de grave fragilidad y abandono, a menudo debido a discapacidades múltiples o a la imposibilidad de las familias de hacerse cargo de ellas», explica sor María Confianza de los Débiles.
Cuesta reconocerla con el hábito de religiosa… La había conocido en 2022 como Daniela Vargas, administradora laica de la Casa. En aquel entonces se declaraba atea; hoy viste el hábito de la vida consagrada. «Conocí a Dios en la Universidad Católica San Pablo, que me puso en contacto con el “Cottolengo”, donde me cautivó la experiencia de la Providencia». Allí, en contacto con los más frágiles, maduró su vocación: «fue allí donde sentí con fuerza esta llamada del Señor». La experiencia concreta de la caridad y de la Providencia desempeñó un papel decisivo: aun viendo carencias materiales, reconoce que «nunca faltaba nada», porque «en el momento justo, la Providencia daba exactamente lo necesario». Así percibió la misericordia de Dios que la llama a consagrarse. Hoy está en formación religiosa, agradecida por haber encontrado en esos «hijos», acogidos con corazón materno, un testimonio vivo: «ellos son el Evangelio».
Yovana Giovanna, Gilda, Jesyca, Franco: son los primeros que me presenta en la sección de los “Franciscos”, dedicada a la rehabilitación de los más frágiles. Los saluda con una caricia, una sonrisa y una oración. Bromea con ellos. La atención es personalizada y digna, porque no está dirigida al «paciente de la cama número tal», sino a niños y adultos con una historia propia.
Me cuenta la de Yovana, acogida desde muy pequeña en una situación de grave abandono y dificultad familiar: su madre, también con discapacidad, «no podía tenerla consigo ni cuidarla adecuadamente», y la niña vivía en condiciones deshumanizantes: «andaba a cuatro patas… comía como un perrito». A través de un trabajo paciente y cotidiano, la comunidad ha acompañado a Giovanna en un camino de renacimiento y crecimiento humano: «poco a poco se le enseñó a andar erguida, a comer con cubiertos, a sentarse en la mesa, a sonreír».
A sonreír… Yovana es testimonio de un amor que se convierte en cuidado: «es como una hija», añade la hermana Confianza. Luego se detiene junto a Franco, el único niño de esa casa en la que todas son niñas. Parece estar tendido en la cama como abrazado a una cruz, pero con una mirada sorprendentemente viva que transmite ganas de vivir: «muchas veces pensamos: “ha llegado el momento” (de irse al cielo)… pero siempre nos sorprende».
No faltan las dificultades económicas y sanitarias, ya que muchas familias han abandonado a estos hijos e hijas, y otras no pueden afrontar los complejos cuidados que requieren. La Casa intenta garantizar una atención integral, evitando, cuando es posible, la hospitalización, y proyecta una ampliación para acoger casos aún más graves. En muchos casos es el propio Estado quien los confía al “Cottolengo”.
La misión es acompañarlos durante toda la vida, ofreciendo no solo asistencia, sino también la posibilidad de reconocer su propia dignidad personal: «los acogemos… hasta el último día, tratando de garantizar la mejor calidad de vida posible».
Restituir la “infancia robada”
La Casa comprende no solo el centro de rehabilitación, sino también las viviendas de las niñas. Hoy son más numerosas que en 2022 y siguen siendo extraordinariamente acogedoras. Las habitaciones están llenas de colores y decoradas como estancias de un castillo de cuentos, en un intento de devolver a muchas de ellas la infancia que les fue arrebatada: «abusadas y embarazadas por sus propios padres, como ocurre con frecuencia dentro de los hogares en zonas rurales». Es la estremecedora denuncia de sor Confianza.
Entre las causas, señala: «una cultura machista, un débil sentido de la filiación, la falta de educación, la miseria, el alcoholismo y el silencio cómplice de las esposas de los abusadores, madres de las víctimas». Es desgarrador. Reencuentro y vuelvo a abrazar, después de años, a una de las víctimas que ha logrado volver a vivir.
“Su dignidad es la mía”
Viene a nuestro encuentro quien ha recogido el “testigo” de Daniela Vargas: Gabriela Fernández Medina Paz, la actual administradora laica de la Casa, quien cuenta que comenzó a trabajar en 2023 y decidió quedarse tras conocer a las niñas, sus historias y sus necesidades: «Acepté el desafío».
Gabriela, de treinta y seis años, se ocupa de la organización y del acompañamiento cotidiano de las 43 “niñas” acogidas. Subraya las dificultades del contexto, donde a menudo estas personas son consideradas «“inútiles”, personas que “no producen”… que “no sirven para nada”».
Niños que incluso pueden ser encontrados en la basura, como «Juan Pablito, microcéfalo, ciego y mudo -recuerda la hermana Confianza-, hallado en la basura recién nacido. En el hospital dijeron que no sobreviviría más de dos semanas. Así, pensando en un lugar digno donde acompañarlo a la muerte, lo trajeron al “Cottolengo”. Nos hicimos cargo de él y vivió tres años. Un milagro llamado Juan Pablo, como el Papa santo. Juan Pablito fue motivo de conversión para quienes lo conocieron».
Gabriela denuncia con valentía la falta de apoyo institucional, sobre todo cuando las chicas alcanzan la mayoría de edad: «se piensa: “ya son grandes, que vean qué hacen con su vida”, pero fuera podría pasarles de todo… esta es su casa».
También se ha convertido en un hogar para Estela, llegada en condiciones gravísimas de desnutrición y para quien parecía imposible que pudiera caminar: «venía de Huánuco, estaba muy delgada, nos dijeron que nunca se pondría de pie. Cuando llegó tenía una única expresión en el rostro…». Estela hoy ha cambiado: sonríe, juega y logra incluso caminar con ayuda. Esto, para Gabriela, es un signo concreto del amor recibido.
«Más allá de la discapacidad -continúa-, toda persona tiene plena dignidad humana y debe ser reconocida como tal. Ellas siguen siendo personas a imagen y semejanza de Dios… tienen la misma dignidad que yo».
Una escuela que enseña a vivir
Otra expresión del reconocimiento de su dignidad es la escuela interna de la Casa. Además de los cuidados y la acogida, se concede gran importancia a la educación. Las religiosas y el personal de la gran “Familia del Cottolengo” ayudan a cada niña y joven en el desarrollo integral de su persona a través de un itinerario escolar especial.
Es obra de las alumnas el cartel con el mensaje de amor al Papa, en el patio donde las veo bailar durante el recreo. Leo una frase escrita en letras más pequeñas: «Podemos ser diferentes, pero en esta clase crecemos juntas».
Al regresar con ellas al aula, sorprende cómo el entorno educativo ha producido resultados no solo en el plano académico, sino también humano. La maestra habla de objetivos concretos: «una educación especial, dedicada a ellas, con metas por alcanzar». En estas palabras se percibe una visión pedagógica centrada en las potencialidades individuales más que en los límites.
La comparación con otras realidades educativas hace aún más evidente la especificidad del contexto: «Son muy diferentes de cómo se comporta la sociedad en las instituciones públicas», observa, subrayando un nivel de cuidado, disciplina y acompañamiento que en otros ámbitos difícilmente se logra.
Llama la atención el sentido de responsabilidad compartida y la dimensión relacional: «Son muy colaborativas -añade la maestra-, se ayudan mutuamente y lo comparten todo entre ellas». En esta dinámica de apoyo recíproco, la docente reconoce un valor educativo profundo, que transforma el aula en una comunidad. El balance está lleno de entusiasmo: «Estoy feliz y entusiasmada de estar con ellas».
Y precisamente hacer vivo el Evangelio entre los pupitres es lo que convierte a esta escuela en una escuela de vida.
Los dones y el saludo final al “Papa peruano”
Vida que se hace don creativo en las aulas y en el taller artesanal. Ingrid, Elena, Raquel, Ada, Katty Melisa, las chicas del “laboratorio productivo”, han confeccionado una bufanda blanca y un porta-celular de madera pintada a mano para regalar al Papa León.
Miss Sandra, Carmen, Ana, Rosmery, Gabriela y Raquel, por su parte, han realizado una tarjeta con la imagen de la Inmaculada para él, «con mucho cariño», y lo invitan a Arequipa.
También el cartel diseñado por Rosa, Silvana, Inés, Diana, Milagros y Jesyca, que ahora recibe a quienes pasan por el patio de la Casa, es un regalo para el “Papa peruano”, para quien todas tienen un último mensaje lleno de emoción: «¡Nos vemos en Chiclayo!».
(Agencia Fides 29/4/2026)
Compartir: