VATICANO - LAS PALABRAS DE LA DOCTRINA por don Nicola Bux y don Salvatore Vitiello - La verdadera esperanza para resolver la pobreza

jueves, 18 diciembre 2008

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – Ya que la Igleisa no es un partido ni un sindicato, ¿cómo puede contribuir al cambio del mundo y, en particular, luchar contra la pobreza? Simplemente viviendo su misma naturaleza, la de una comunidad fraterna convocada por Dios a los cuatro vientos, sin distinciones, que comparte el techo y el pan como nos lo enseñó Jesús.
Por ello la misión de la Iglesia es dar a conocer a Jesús sin el cual el hombre es radicalmente pobre. NO se puede anteponer nada a Él: Él es nuestra esperanza. La navidad nos recuerda cada año que Él viene a nosotros pobre. Quien realiza la misión en las fronteras del mundo lo debe saber y recordar, para no caer en el riesgo de dejarse atraer por proyectos de liberación, por más maquillados que puedan estar de “teología”.
Por ello, al inicio de la misión de la Iglesia está la oración, el acto de reconocer nuestra radical pobreza frente a Dios. Sin esa libertad en el espíritu y del espíritu, la acción caritativa de la Iglesia hacia el prójimo no es sino la proyección de nuestro protagonismo.
En la Encíclica Spe Salvi Benedicto XVI aclara que “Estar en comunión con Jesucristo nos hace participar en su ser « para todos », hace que éste sea nuestro modo de ser. Nos compromete en favor de los demás, pero sólo estando en comunión con Él podemos realmente llegar a ser para los demás, para todos. Quisiera citar en este contexto al gran doctor griego de la Iglesia, san Máximo el Confesor († 662), el cual exhorta primero a no anteponer nada al conocimiento y al amor de Dios, pero pasa enseguida a aplicaciones muy prácticas: «Quien ama a Dios no puede guardar para sí el dinero, sino que lo reparte ‘según Dios’ [...], a imitación de Dios, sin discriminación alguna». Del amor a Dios se deriva la participación en la justicia y en la bondad de Dios hacia los otros; amar a Dios requiere la libertad interior respecto a todo lo que se posee y todas las cosas materiales: el amor de Dios se manifiesta en la responsabilidad por el otro” (28). Seguidamente, el Papa recuerda que también San Agustín describió así su vida cotidiana: “«Corregir a los indisciplinados, confortar a los pusilánimes, sostener a los débiles, refutar a los adversarios, guardarse de los insidiosos, instruir a los ignorantes, estimular a los indolentes, aplacar a los pendencieros, moderar a los ambiciosos, animar a los desalentados, apaciguar a los contendientes, ayudar a los pobres, liberar a los oprimidos, mostrar aprobación a los buenos, tolerar a los malos y [¡pobre de mí!] amar a todos» (29). De esta manera, la misión del Evangelio es “transmitir esperanza, la esperanza que viene de la fe” (29).
He ahí por qué la misión cristiana, en su totalidad, es anunciar a Cristo al mundo. El misionero que dijera que ello no basta porque primero es más urgente “llenar el estómago”, construye sobre arena. En cambio, sabe que no puede poner su esperanza en las ideologías de liberación que eluden resolver definitivamente las injusticias, y más bien esclavizan aún más al hombre y causan, a su vez, mayores pobrezas. En efecto, el cristiano sabe que “la situación de las realidades humanas depende en cada generación de la libre decisión de los hombres que pertenecen a ella. Si, debido a las condiciones y a las estructuras, se les privara de esta libertad, el mundo, a fin de cuentas, no sería bueno, porque un mundo sin libertad no sería en absoluto un mundo bueno. Así, aunque sea necesario un empeño constante para mejorar el mundo, el mundo mejor del mañana no puede ser el contenido propio y suficiente de nuestra esperanza” (ibid.).
Cierto “nosotros necesitamos tener esperanzas –más grandes o más pequeñas–, que día a día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza sólo puede ser Dios […] Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto. Su reino no es un más allá imaginario, situado en un futuro que nunca llega; su reino está presente allí donde Él es amado y donde su amor nos alcanza. Sólo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con toda sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que por su naturaleza es imperfecto”. (31)
Por ello, como escribe el Papa en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2009: “La lucha contra la pobreza necesita de nombres y mujeres que vivan en profundidad la fraternidad y sean capaces de acompañar a personas, familias y comunidades en los caminos del auténtico desarrollo humano”. Esta es la misión de la Iglesia católica en todo el mundo. (Agencia Fides 18/12/2008; líneas 51 palabras 828)


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