VATICANO - LAS PALABRAS DE LA DOCTRINA por don Nicola Bux y don Salvatore Vitiello - La esperanza cristiana es segura

jueves, 4 diciembre 2008

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – El Adviento, tiempo que celebra la espera del retorno del Señor al fin del mundo y reaviva la memoria de su primera venida en la carne, regresa cada año especialmente para declarar “la verdadera fisionomía de la esperanza cristiana” como dice el Papa en la Encíclica Spe salvi. Para comprenderlo, debemos ante todo preguntarnos “¿qué podemos esperar? Y ¿qué es lo que no podemos esperar?”.
Es necesario sin embargo liberarse de la idea pretenciosa de que, una vez alcanzada, la respuesta pueda ser hecha propia automáticamente por la generación que vendrá: a diferencia de lo que sucede en campo material, en campo moral “por el simple hecho de que la libertad del ser humano es siempre nueva y tiene que tomar siempre de nuevo sus decisiones. No están nunca ya tomadas para nosotros por otros; en este caso, en efecto, ya no seríamos libres. La libertad presupone que en las decisiones fundamentales cada hombre, cada generación, tenga un nuevo inicio. Es verdad que las nuevas generaciones pueden construir a partir de los conocimientos y experiencias de quienes les han precedido, así como aprovecharse del tesoro moral de toda la humanidad. Pero también pueden rechazarlo, ya que éste no puede tener la misma evidencia que los inventos materiales” (n. 24).
La condición humana es tal que la verdad que nos ha convencido y a la que nos hemos libremente convertido permanece para los demás sólo “como invitación a la libertad y como posibilidad para ella”. No es el cambio de las estructuras y del personal en ellas, por más importante que esto sea, lo que garantiza el cambio, la moralidad, porque siempre está de por medio el uso que nosotros hacemos de la libertad. Ahora, “la libertad necesita una convicción; una convicción no existe por sí misma, sino que ha de ser conquistada comunitariamente siempre de Nuevo […] Puesto que el hombre sigue siendo siempre libre y su libertad es también siempre frágil, nunca existirá en este mundo el reino del bien definitivamente consolidado. Quien promete el mundo mejor que duraría irrevocablemente para siempre, hace una falsa promesa, pues ignora la libertad humana. La libertad debe ser conquistada para el bien una y otra vez”.
¡Cuánto es importante esto para la comunidad singular que es la Iglesia! Quien sueña una Iglesia mejor – alguno ha escrito “el sueño de la octava Iglesia”, pensando que las siete Iglesias históricas del Apocalipsis hayan sido desilusionadoras – quizás sin saberlo, termina siendo víctima de las ideas heréticas de Joaquín de Fiore y de la ideología hegeliano-marxista. Por esto los Padre hablaban de Ecclesia semper reformanda, no en el sentido de un cambio de las estructuras externas, porque “el hombre nunca puede ser redimido solamente desde el exterior” (n. 25), sino en la mirada a la intervención de Otro, a la venida cotidiana del Salvador de la existencia personal.
Por esto la liturgia de Adviento no dice solamente que Él vendrá y que Él ha venido, sino también que Él viene. La verdadera fisionomía de la esperanza es Él, su rostro. Mirándolo a Él, cada idea de cambio externo recibe sentido y, al mismo tiempo, es relativizada. Dice en efecto la liturgia de Adviento: “Muéstranos tu rostro y seremos salvados”. Al verdadero cambio le basta el amor de Dios que salva. Sólo esto es absoluto. “El ser humano necesita un amor incondicionado. Necesita esa certeza que le hace decir: ‘Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro’ (Rm 8,38-39).
Si existe este amor absoluto con su certeza absoluta, entonces – sólo entonces – el hombre es ‘redimido’, suceda lo que suceda en su caso particular. Esto es lo que se ha de entender cuando decimos que Jesucristo nos ha « redimido ». Por medio de Él estamos seguros de Dios, de un Dios que no es una lejana ‘causa primera’ del mundo, porque su Hijo unigénito se ha hecho hombre y cada uno puede decir de Él: ‘Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí’ (Ga 2,20)” (n. 26). (Agencia Fides 4/12/2008; líneas 46 palabras 698)


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