VATICANO - “AVE MARÍA” por Mons. Luciano Alimandi - La oración es el deseo de Dios

miércoles, 17 septiembre 2008

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – La oración como tal, ha ocupado y siempre ocupará un lugar central en la vida de la Iglesia y de cada cristiano, pues constituye un elemento esencial: “y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada” (Lc 10,42). Estas palabras de Jesús dirigidas a Marta, la hermana hacendosa de María, se podrían entender como un reclamo permanente del Señor a la vida de oración, que constituye una parte esencial del ser cristiano. En efecto, ¿no es la oración la única cosa que necesitamos? ¿No es acaso verdad que, siendo la oración como un respiro espiritual, sin ella no hay vida en el alma? San Alfonso María de Ligorio escribía de manera lapidaria: “quien reza se salva, quien no reza se condena”.
Ciertamente, uno no se hace de la noche a la mañana hombre o mujer de oración, se requiere de un largo camino, como lo demuestran las vidas de los santos, que han tenido no pocas dificultades para alcanzar la “oración continua”, es decir la oración del corazón: el corazón bate siempre, sin interrupción. Así la disposición del alma hacia Dios debería traducirse en un continuo deseo de Él. Obviamente no se puede subir a la “montaña de la oración” por nosotros mismos; es totalmente cierto aquello que en la vida de oración “sin Jesús no podemos hacer nada” (Jn 15,5).
Es por ello necesario partir con el paso correcto, que es el de la humildad. Nos lo confirma, entre otros, una gran experta en la vida de oración, Santa Teresa de Ávila, quien escribe que el edificio de la oración se funda todo sobre la humildad. Se debe partir de ella y hacia ella se debe caminar. En su “Camino de Perfección” leemos: “Bien entendía que tenía alma; mas lo que merecía esta alma y quién estaba dentro de ella, si yo no me tapara los ojos con las vanidades de la vida para verlo, no lo entendía. Que, a mi parecer, si como ahora entiendo que en este palacio pequeñito de mi alma cabe tan gran Rey, que no le dejara tantas veces solo, alguna me estuviera con El, y más procurara que no estuviera tan sucia” (Cam. 28,11).
Dios escucha y bendice las oraciones que son humildes, que provienen de un corazón humilde, de un corazón de niño. ¡Como era humilde la oración del publicano del templo! Él, a diferencia del fariseo que también rezaba, no osaba ni siquiera alzar los ojos al cielo y se golpeaba el pecho pidiendo misericordia a Dios (cf. Lc 18,13).
El Señor quiere donarnos una vida de oración, pero esto, como nos lo enseña en el Evangelio, requiere que nos decidamos a rezar “siempre sin cansarnos” (Lc 18,1). Para ello es necesaria una “determinación absoluta”, de la que escribe siempre Santa Teresa de Ávila. Es necesario hacer girar toda nuestra vida, en todos sus detalles, alrededor de la oración, para que ella, “pase lo que pase”, se convierta en el perno, el gozne, de todas nuestras actividades y proyectos. Cuando se toma la decisión de iniciar un camino de oración, tal vez luego de muchos intentos en falso, porque no hubo la suficiente “determinación”, no se debe parar más, bajo ninguna circunstancia.
Ciertamente, los escritos acerca de la oración están entre los más numerosos que podemos encontrar entre los maestros del espíritu, ya que la necesidad primaria del ser humano es precisamente aquella de “escuchar” y “hablar” con Dios. En una ocasión, narran los Evangelios, los discípulos pidieron a Jesús: “enséñanos a orar” (Lc 11,1). No fue una casualidad. De esta enseñanza y del consiguiente aprendizaje depende, de hecho, la santidad misma del discípulo. Hay, por ello, dos categorías de cristianos: los santos y los santos frustrados. Los primeros hicieron de la oración como el propio respiro, ¡los segundos lamentablemente no!
Dejémonos, por ello, conquistar por la oración, ya que será el mismo Jesús quien conquistará nuestra alma cada vez más. Otro Doctor de la Iglesia, San Juan Crisóstomo, escribe sobre la oración: “La oración o diálogo con Dios, es un bien absoluto. Es, en efecto, una comunión íntima con Dios. Como los ojos del cuerpo se aclaran viendo la luz, así también el alma que se dirige a Dios es iluminada por la luz inefable de la oración. Debe ser, sin embargo, una oración no hecha rutinariamente, sino que proceda del corazón. No se debe circunscribir a determinados tiempos y oras, sino florecer continuamente, día y noche. No debemos, pues, elevar nuestro corazón a Dios sólo cuando nos dedicamos a la oración con todo el ser. Es necesario que, incluso cuando estamos ocupados en otros quehaceres, sea en la atención a los pobres, o en otras actividades, enriquecidas tal vez por la generosidad hacia el prójimo, tengamos el deseo y el recuerdo de Dios, para que, sazonado con el amor divino, como con sal, todo se haga alimento gustosísimo al Señor del Universo. Podemos gozar continuamente de este regalo, incluso toda nuestra vida, si dedicamos a este tipo de oración el mayor tiempo posible en nuestra vida. La oración es la luz del alma, verdadero conocimiento de Dios, mediadora entre Dios y el hombre... La oración... hace feliz al alma porque ahoga sus aspiraciones. Hablo, sin embargo, de la oración auténtica, no de las simples palabras. Ella es desear a Dios, un amor inefable que no proviene de los hombres, sino que es producido por la gracia divina... Embellece tu casa con modestia y humildad mediante la práctica de la oración...” (de las Homilías de San Juan Crisóstomo, Obispo: Hom. 6 sobre la oración; PG 64, 462-466). (Agencia Fides 17/9/2008).


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