VATICANO - “AVE MARÍA” por Mons. Luciano Alimandi - El camino de la pequeñez

miércoles, 9 julio 2008

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – “En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11,25-30).
No cabe duda de que el camino elegido por el Señor para revelarse a nosotros, para manifestarnos el amor infinito del Padre, pasa a través de la pequeñez, es decir, de la humildad y de la simplicidad. Son precisamente los pequeños, los “pobres de espíritu”, los destinatarios privilegiados de Su anuncio de Salvación: “bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 5, 3). Este camino de la pequeñez evangélica causó perplejidad entre los mismos Apóstoles y entre los contemporáneos de Jesús. No podían imaginar que el Altísimo Señor se abajara hasta lo inverosímil, asumiendo la naturaleza humana, “la condición de siervo” (Fil 2,7) y compartiendo nuestro condición en todo, excepto en el pecado. Muy bien lo entiende San Pablo cuando afirma: “Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte” (1Cor 1, 27).
En la pequeñez y en la simplicidad, la mirada se disuelve en aquello que parece grandioso, estupefaciente, fuerte y poderoso, y se dirige a lo que se presenta pobre y humilde, simple y manso. En la cotidianidad de nuestra existencia humana, si queremos estar entre aquellos que son capaces de acoger el Reino de Dios, entre aquellos que aprenden de Jesús, entonces debemos asumir un pensamiento, un estilo de vida, un actuar conformado a la pequeñez evangélica, de otro modo quedaremos “fuera”: “si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mt 18,3).
Jesús, en efecto, cuestionó el camino de la grandeza y el poder humano y eligió, para sí mismo y para los suyos, la vía de la pequeñez y el servicio: “Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt 20, 25-28).
El título de “Siervo” expresa todo esto; y si el Maestro se hizo Siervo, ¡cuánto más deberán serlo los discípulos! Ello son, en la lógica del Reino, los “siervos inútiles” (cf. Lc 17,10). Este hacerse pequeños, en el seguimiento del Jesús Niño y del Jesús Crucificado, nos elevará a la gloria de Jesús Resucitado. Sólo quien se “humilla”, nos asegura el Evangelio, será “ensalzado” (cf. Mt 23,12); son precisamente “los últimos” los que serán “los primeros” en el Reino de los Cielos (cf. Mc 10,31). De este modo el camino de la pequeñez nos educa a no vivir en función de esta tierra, y a hacer de nuestra vida una escalera hacia el Cielo. Día a día, estamos llamados a subir muchos pequeños escalones, uno por uno, a través de pequeños y repetidos actos de amor al Señor y al prójimo, que nos lo representa.
El verdadero discípulo de Cristo debe subir los escalones de la humildad, solamente así no será arrastrado por el espíritu contrario. Jesús es claro, como siempre, también sobre este punto: “yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él. Da al que te pide, y no le vuelvas la espalda al que quiere pedirte algo prestado. Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo (Mt 5, 39-45).
Mirando a la Virgen María, la Iglesia contempla el perfecto acuerdo entre la criatura y los deseos del Creador, la perfecta semejanza entre la Madre y el Hijo. Todo en Ella nos habla de Él: cada gesto, cada pensamiento, cada palabra de la Madre revela al Hijo. Incluso los lugares de las apariciones marianas, como Lourdes, están impregnados del Espíritu de Jesús, están cargados de Su Presencia Eucarística y de Su Perdón sacramental. Realmente, donde está la Madre está también el Hijo y viceversa. Como afirmó Benedicto XVI: “María y Jesús siempre van juntos. Mediante ella queremos permanecer en diálogo con el Señor, aprendiendo así a recibirlo mejor. ¡Santa Madre de Dios, ruega por nosotros, como rogaste en Caná por los esposos! Guíanos siempre hacia Jesús. Amén.” (Benedicto XVI, Homilía en el Santuario de Altötting, 11 de septiembre de 2006). (Agencia Fides 9/7/2008)


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