VATICANO - “AVE MARIA” por mons. Luciano Alimandi - Somos imagen de Dios

miércoles, 21 mayo 2008

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - En la Solemnidad de la Santísima Trinidad, recién celebrada, hemos elevado nuestros corazones a Aquél que nos ha creado a Su imagen y semejanza para ser, como afirmaban los Padres griegos de la Iglesia, “capaces de Dios”. Qué maravillosa creación es la persona humana: capaz de entrar en comunión con el propio Creador, de llegar a ser, realmente, familiar suyo. Lo dice San Pablo a los cristianos de Éfeso: “ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios” (Ef 2, 19).
Tener a Dios como compañero en la propia vida es la más hermosa “aventura” que se pueda imaginar, porque el Señor no nos falla nunca. Él, en efecto, nos ha llamado a la más completa participación a Su vida divina. ¿Qué hace, a veces, tan difícil la relación con Jesús? ¿Por qué la vida aparece, frecuentemente, un guerrear con armas desiguales contra el mundo, contra los demás, contra nosotros mismos…?
La respuesta nos viene, como siempre, de la Palabra de Dios. Si leyésemos con más atención la Biblia, con los maravillosos cometarios que de ella han hecho, ante todo, los Padres de la Iglesia, encontraríamos la solución a cualquier pregunta que tengamos.
Santiago, a propósito de las pasiones que agitan al corazón humano, afirma con claridad cristalina: “¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones que luchan en vuestros miembros? ¿Codiciáis y no poseéis? Matáis. ¿Envidiáis y no podéis conseguir? Combatís y hacéis la guerra. No tenéis porque no pedís. Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones. (…) Cualquiera, pues, que desee ser amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios. ¿Pensáis que la Escritura dice en vano: Tiene deseos ardientes el espíritu que él ha hecho habitar en nosotros? Más aún, da una gracia mayor; por eso dice: ‘Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes’. Someteos, pues, a Dios; resistid al Diablo y él huirá de vosotros. Acercaos a Dios y él se acercará a vosotros. (…) Humillaos ante el Señor y él os ensalzará” (Stgo 4, 1 ss).
Aquello que obstaculiza verdaderamente la comunión con el Señor, es decir nuestra verdadera felicidad, no es otra cosa que nuestras pasiones. Todo aquello que no se ordena al mandamiento del amor, querido por Jesús, causa en el hombre desorden y, por lo tanto, infelicidad. El signo de esta infelicidad es el mal que sale del corazón del hombre, de sus labios, pero antes incluso de su pensamiento, que rechaza someterse a Dios, que Lo ignora o Le es indiferente, creyendo estúpidamente que puede dejarlo de lado.
Jesús dice abiertamente en el Evangelio que “sin Él no podemos hacer nada” (Jn 15, 5), nada bueno. Solamente si nos sometemos al Señor podremos dominar las pasiones que nos hacen la guerra cada día. No son los “demás” la causa de nuestros males, sino nuestras pasiones, que llevan el nombre de: orgullo, soberbia, envidia, celos, ambición, prepotencia… De los Santos aprendamos esta gran lección de vida: nadie puede quitar la paz del corazón a quien ha aprendido a dominar las propias pasiones. Si el otro nos hiere con sus ofensas es porque no estamos suficientemente arraigados en Jesús con el amor. Si lo estuviésemos, incluso sintiéndonos maltratados, tendríamos la fuerza para pasar por encima de las pasiones y elevarnos hacia Dios.
Cuando se ofendía a los Santos, ellos hasta agradecían al Señor, porque así eran “obligados” a ejercitar la virtud de la misericordia, que los hacía más misericordiosos y, por lo tanto, más semejantes a Dios. “Considerad como un gran gozo, hermanos míos, el estar rodeados por toda clase de pruebas, sabiendo que la calidad probada de vuestra fe produce la paciencia en el sufrimiento; pero la paciencia ha de ir acompañada de obras perfectas para que seáis perfectos e íntegros sin que dejéis nada que desear” (Stgo 1, 2-4).
El secreto de la felicidad, es decir de la plena realización humana, es justamente este: hacerse semejantes a Dios. No hay felicidad más grande que la de asemejarse a Jesús, verdadero Hombre y verdadero Dios: “bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (…) Bienaventurados los misericordiosos, porque encontrarán misericordia. Bienaventurados los puros de corazón, porque verán a Dios …” (Mt 5, 3ss).
Puede llegar a ser bienaventurado quien renuncia a sus pasiones, por amor a Jesús, y gracias a este amor es, poco a poco, transformado en otra criatura, llegando a ser discípulo del Señor. El discípulo auténtico es solamente quien asemeja a su Maestro; más se asemeja y más será semejante. La única criatura que ha vivido la perfecta semejanza con el Señor es sin duda la Virgen María. A Ella, Reina del mes de mayo, le queremos confiar el camino de nuestra vida, para que sea un “camino de transformación” en Jesús y sea así, por lo tanto, fuente de alegría y de paz.
El Santo padre Benedicto XVI, después de haber visitado el Santuario de la Virgen de la Guardia, en Génova, refiriéndose a la historia del Santuario, ha dicho: “la tradición cuenta que a Benedetto Pareto, inquieto porque no sabía como responder a la invitación a construir una iglesia en aquél lugar tan remoto de la ciudad, la Virgen, en su primera aparición, le dijo: ‘Confía en mí. Los medios no te faltarán. Con mi ayuda todo será fácil. Mantén sólo firme tu voluntad’. ‘Confía en mí’. Esto nos repite hoy María” (Benedicto XVI, homilía del 18 de mayo de 2008).
Estas palabras fortalecen asimismo nuestra confianza, sobre todo cuando nos parece imposible superar nuestras pasiones. Entonces, sobre todo rezando el Rosario, vendrá sobre nosotros la fuerza para ir adelante y realizar el maravillosos proyecto de Dios en nuestra vida: hacernos semejantes a Él” (Agencia Fides 21/5/2008; líneas 65, palabras 983)


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