VATICANO - LAS PALABRAS DE LA DOCTRINA a cargo de don Nicola Bux y don Salvatore Vitiello - La realidad es anterior a la ideología. También del “Gender”.

jueves, 29 noviembre 2007

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - En estos tiempos de una tan proclamada sensibilidad ecológica sólo en relación a la naturaleza del hombre está permitido hacer todo y el contrario de todo. Particularmente en occidente, pero gracias a la globalización de la información y de la cultura, de alguna manera también en todo el planeta, se está manifestando como una falsa filosofía que tiene consecuencias evidentemente prácticas en la vida de cada individuo, de la sociedad y de los estados. Se ha puesto en discusión la verdad de la creación del ser humano como hombre y mujer (Gn 1,27). Sin embargo nadie vive teniendo que recorrer de nuevo el camino de miles de años de civilización: todos vivimos acogiendo y dando por descontado todo lo que nos ha precedido, sin ni siquiera sentir la necesidad de agradecer el gran trabajo realizado en los siglos pasados por nuestros hermanos hombres.
Ni siquiera somos capaces de sorprendernos por un dato tan simple como esencial: cada uno de nosotros antes no era y ahora es. Y un día, ya no estará más sobre esta tierra. Una constatación tan elemental como incontestable y que nos habla de como cada uno de nosotros somos un “dato”, que la vida es algo que antes que nada debemos acoger, para poder entender sus coordenadas, su origen y su fin, y sólo en un segundo momento podemos “inventar”, con toda la creatividad que nos da la liberta y que sólo el hombre posee. Pero la libertad no puede ser nunca desarraigo o negación de la realidad. La libertad es conciencia de pertenecer a una historia que inevitablemente nos precede.
En las recientes discusiones sobre la moral sexual y, más profundamente, sobre el conocimiento de propio mundo afectivo, la posición de los que creen poder “inventar” su propio género según el caso lo requiera, reivindican una presunta (e imposible) libertad del hombre del dato biológico, que (aunque no sólo) lo caracteriza, y no hacen otra cosa que manifestar el éxito final de los errores filosóficos de hace más de dos siglos atrás.
El realismo que afirma la posibilidad de la razón de conocer una realidad que la precede y el conocimiento como encuentro, actual y presente, entre el sujeto que conoce y el objeto que es conocido, son las únicas premisas en un discurso filosóficamente aceptable y prácticamente capaz de ser vivido. El propio género no se inventa ni se escoge, es un dato irreversible. Y el género es solamente doble: hombre y mujer. Eso se puede descubrir en el delicadísimo proceso de identificación sexual, el cual tiene una gran necesidad de modelos de referencia definidos, que a su vez no tengan problemas de determinación de género.
Además, justamente porque es un dato, el género se acoge, quizás como un cruz, en todos aquellos casos en los que la identidad biológica y la psicológica no están de acuerdo, abriendo el camino a un trabajo de acompañamiento psicológico y espiritual que garantice la fraternidad y el respeto indispensables para una auténtico crecimiento humano. También en este ámbito la emergencia es educativa: tenemos que volver a educar.
Frente a argumentos tan delicados llama fuertemente la atención el comportamiento de los “abanderados de la identidad irreal”. Las personas, sus caminos, sus fatigas y sus historias son reales. No las posiciones ideológicas y contrapuestas detrás de las cuales se esconden inmensos intereses económicos que no tienen en cuenta para nada a las personas.
Del mismo modo es sorprendente constatar como en los ambientes en los que con más frecuencia se clama por el respeto de la naturaleza y de la sensibilidad ecológica se pretende, precisamente por cuestiones de “género”, superar completamente el dato natural cediendo a inconscientes desviaciones filosóficas y libertinas, existencialmente practicadas, que esclavizan.
El hombre no es sólo el fruto de sus antecedentes biológicos sino que está constituido por estos y, extraordinariamente, en un poco de material está presente un anhelo de Infinito, una total apertura al Misterio, que hace del hombre, hombre y mujer, el punto de autoconciencia del cosmos. Es por eso que el Catecismo de la Iglesia Católica recuerda que “Corresponde a cada uno, hombre y mujer, reconocer y aceptar su identidad sexual. La diferencia y la complementariedad físicas, morales y espirituales, están orientadas a los bienes del matrimonio y al desarrollo de la vida familiar. La armonía de la pareja y de la sociedad depende en parte de la manera en que son vividas entre los sexos la complementariedad, la necesidad y el apoyo mutuos” (2333). (Agencia Fides 29/11/2007; líneas 53, palabras 774)


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