VATICANO - AVE MARIA de don Luciano Alimandi - "Echad las redes de la parte de la misericordia"

miércoles, 25 abril 2007

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - " Simón Pedro les dice: ‘Voy a pescar’ Le contestan ellos: ‘También nosotros vamos contigo’. Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada. Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Díceles Jesús: «Muchachos, ¿no tenéis pescado?» Le contestaron: No. El les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.» La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: «Es el Señor», se puso el vestido - pues estaba desnudo - y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos. Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. Díceles Jesús: «Traed algunos de los peces que acabáis de pescar. (Jn 21, 3-10).
Este es un pasaje encantador que nos habla de la pesa milagrosa de los discípulos mandada por el Señor Resucitado que, al alba de aquel día, se reveló a sus amigos por tercera vez. Si el Evangelio no lo hubiera dicho expresamente, no hubiéramos podido imaginar que el Señor hubiese preparado Él mismo el primer desayuno para aquellos pescadores cansados de una noche de trabajo. Hay un toque materno, en este gesto de Jesús, lleno de solicitud hacia estos pobres hombres afectados por un misterio que les superaba con mucho. Había pasado hacia poco la Pascua, una Pascua que revolucionó su existencia y transformó la historia humana de todo tiempo y lugar; los apóstoles sentían que habían fracasado, que no habían estado a la altura de las expectativas del Mesías. En esta pesca de Pedro y los discípulos se advierte un sentido de agotamiento, casi de rendición, no tanto a Dios cuánto a la propia miseria; con ese "me voy a pescar” de Pedro seguido a continuación por los otros, parece como quisiera decir "total ahora no me queda ninguna otra cosa por hacer".
Recientemente el Santo Padre Benedicto XVI, en el viaje a Vigevano y Pavía, del gran San Agustín, ha comentado con acentos intensamente humanos este momento de la vida de los apóstoles: "Después del 'escándalo' de la Cruz ellos volvieron a su tierra y a su trabajo de pescadores, es decir a aquellas actividades que desarrollaron antes de encontrar a Jesús. Volvieron a la vida de antes y a este hacer entender el clima de dispersión y extravío que reinaba en su comunidad (cfr Mc 14,27; Mt 26,31). Era difícil para los discípulos comprender lo que había ocurrido. Pero, cuando todo parecía que había terminado, de nuevo, como en el camino de Emmaus, es Jesús quien sale al encuentro de sus amigos. Esta vez los encuentra en el mar, lugar que trae a sus mentes las dificultades y los apuros de la vida; los encuentra por la mañana, después de una inútil fatiga durada toda la noche. Su red está vacía. En cierto modo, eso refleja como el balance de su experiencia con Jesús: lo habían conocido, estuvieron a su lado, y Él les prometió muchas cosas. Sin embargo ahora se encontraron con la redes vacía de peces" (Benedicto XVI, Vigevano 21 de abril de 2007).
También nosotros nos encontramos, de vez en cuando, con la red vacía. Caminando, cansados, por nuestros caminos hacia Emmaus, puntualmente se acerca a nosotros el Señor para ayudarnos a dar el salto de la humildad y la confianza en la infinita misericordia de Dios. Los apóstoles reconocieron su miseria, pero no se quedaron en ella, alcanzados por el amor de Cristo la echaron fuera, se la dieron al Señor; y no solo su miseria sino que ellos mismos se lanzaron en las manos de la misericordia divina.
¡Maria ha elegido la parte mejor! Esta parte es dónde se encuentra Jesús y su Madre, es allí donde está la misericordia de Dios; ¡es aquí donde se desarrolla la conversión esencial de nuestra vida a una vida de pura misericordia! Bien lo entendió san Agustín, gran cantor de la misericordia, que, como Benedicto XVI nos ha recordado en Pavía, necesitó una "tercera conversión" para pasar a esta otra parte. Así lo cita el Santo Padre: "En el ínterin he comprendido que sólo uno es realmente perfecto y que las palabras del Discurso de la montaña se realizan totalmente en un solo: en el propio Jesucristo. Toda la Iglesia por el contrario - todo nosotros, incluidos los Apóstoles - debemos pedir cada día: perdónanos nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores" (cfr Retract. I 19,1-3)", Y a continuación el Papa comenta: "Agustín aprendió un último grado de humildad - no solamente la humildad de insertar su gran pensamiento en la fe humilde de la Iglesia, no sólo la humildad de traducir sus grandes conocimientos en la sencillez del anuncio, sino también la humildad de reconocer es necesaria para él y para toda la Iglesia peregrinante la bondad misericordiosa de un Dios que perdona cada día; y nosotros - añadió - nos hacemos semejantes a Cristo, el único Perfecto, en la mayor medida posible, cuando nos convertimos como Él en personas de misericordia" (Benedicto XVI, Pavía 22 de abril de 2007) (Agencia Fides 25/4/2007; Líneas: 58 Palabras: 897)


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