ASIA/KAZAJISTÁN - La “diplomacia espiritual” ante los desafíos globales: ética, inteligencia artificial y crisis climática

miércoles, 7 octubre 2026 diálogo   inteligencia artificial   geopolítica   cambios climáticos  

Por Paolo Affatato

Astana (Agencia Fides) – No se trata únicamente de un encuentro para favorecer el diálogo entre religiones, sino también de un espacio en el que las comunidades de fe están llamadas a preguntarse qué papel pueden desempeñar ante las grandes crisis de nuestro tiempo. Este es el sentido de la XXIV reunión del Secretariado del Congreso de los Líderes de las Religiones Mundiales y Tradicionales, que se está celebrando hoy, 7 de octubre, en el Palacio de la Paz y la Reconciliación de Astana, en Kazajistán.

Representantes del islam, el cristianismo, el judaísmo, el hinduismo, el budismo, el taoísmo, el sintoísmo y la fe bahá’í, junto con miembros de organizaciones internacionales, instituciones públicas y expertos procedentes de una veintena de países, se reúnen para dar continuidad a un proceso iniciado hace más de veinte años. En el centro de la reunión hay dos documentos llamados a adquirir especial relevancia: un Código Ético para el uso de la inteligencia artificial en el ámbito religioso y un documento sobre el papel de las religiones en la lucha contra el cambio climático.

El proceso de Astana parece adquirir así una nueva dimensión. Si en el pasado el diálogo interreligioso tenía como principales objetivos el conocimiento mutuo, la prevención de conflictos y la construcción de la paz, hoy las religiones están llamadas a afrontar cuestiones que afectan al conjunto de la humanidad. La inteligencia artificial, en particular, plantea interrogantes que van mucho más allá de lo técnico: están en juego la verdad, la dignidad de la persona, la responsabilidad, la libertad y la relación del ser humano con la tecnología, como ha subrayado el Papa León XIV en su encíclica Magnifica Humanitas.

La propuesta de un código ético para la IA parte de una constatación: las comunidades religiosas están ya profundamente implicadas en la transformación digital. La inteligencia artificial se utiliza para producir contenidos, difundir enseñanzas, llegar a las nuevas generaciones y ampliar la presencia de las comunidades en el ámbito digital. Pero este proceso plantea también problemas inéditos: desinformación religiosa, falsificación de declaraciones atribuidas a autoridades espirituales, manipulación de textos sagrados, discursos de odio generados artificialmente y radicalización en internet.

Ante una tecnología que avanza más rápido que la capacidad de los Estados para regularla, la cuestión que emerge en Astana es también una pregunta sobre el papel público de las religiones: ¿qué pueden aportar las autoridades espirituales cuando el derecho todavía no ha sido capaz de establecer normas globales eficaces?

La respuesta pasa por la llamada «diplomacia espiritual», que no pretende sustituir a la diplomacia política ni atribuir a las religiones competencias propias de los Estados. Se plantea, más bien, como un cauce complementario: un espacio en el que la autoridad moral de los líderes religiosos puede ayudar a mantener abierto el diálogo cuando las relaciones políticas se bloquean, combatir la deshumanización del adversario y buscar principios compartidos más allá de las diferencias entre las distintas confesiones.

En este sentido, la importancia de Astana no reside únicamente en sus declaraciones finales, sino también en la continuidad de un proceso iniciado en 2003 y que ha ido adquiriendo una estructura institucional. De las 17 delegaciones de 13 países que participaron en el primer Congreso se ha pasado a más de 100 delegaciones procedentes de unos 60 países en el VIII Congreso, celebrado en septiembre de 2025. El próximo Congreso está previsto para 2028.

La presencia de la Iglesia católica tampoco es secundaria en este proceso. La visita del Papa Francisco al VII Congreso, en 2022, constituyó un momento especialmente significativo y confirmó el valor del encuentro como espacio internacional de diálogo interreligioso. En 2025, además, el mensaje del Papa León XIV al VIII Congreso destacó la importancia de «trabajar juntos» y recordó que el diálogo no exige borrar las diferencias, sino que puede convertirlas en oportunidades de cooperación. La colaboración entre Astana y la Santa Sede continúa también en la reunión del Secretariado, en la que participa el padre Laurent Basanese, S.J., jefe de oficina del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso.

Poner en una misma mesa la inteligencia artificial, el cambio climático y la defensa de la dignidad humana significa abordar ámbitos en los que el marco normativo mundial sigue siendo débil o fragmentario. Precisamente ahí -se ha señalado en la conferencia celebrada hoy- los líderes religiosos pueden desempeñar un papel decisivo, no porque puedan sustituir a los parlamentos o a las instituciones internacionales, sino porque cuentan con otra forma de autoridad: moral, educativa y comunitaria. Pueden recordar que la persona está por encima del algoritmo y educar en un uso responsable de las herramientas digitales. Además, disponen de redes sociales muy extendidas, una fuerte capacidad educativa y una presencia cotidiana en las comunidades, lo que les permite incidir también en la responsabilidad medioambiental, una cuestión política, pero al mismo tiempo moral y espiritual: responsabilidad ante la creación, ante los pobres y ante las generaciones futuras.

El desafío consiste ahora en transformar el diálogo en iniciativas concretas. En Astana se intenta construir ese consenso moral sin el cual incluso las normas pueden terminar siendo ineficaces. El objetivo es encontrar un terreno común en torno a algunos principios fundamentales: la dignidad de la persona, el respeto a la vida, la verdad, la responsabilidad, la justicia, la compasión y la paz. La experiencia de Astana parece lanzar precisamente este mensaje: las religiones no necesitan convertirse en actores políticos para contribuir a la paz. Pueden ejercer una responsabilidad pública mediante la educación, el testimonio, el diálogo y la formación de una conciencia compartida. La «diplomacia espiritual» de Astana recuerda así que la cuestión no consiste únicamente en cómo regular la tecnología o las relaciones entre los Estados, sino también en qué idea de persona y de humanidad queremos proteger y promover.
(Agencia Fides 7/10/2026)


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