Roma (Agencia Fides) – Desde el llamamiento de Pío XII en tiempos de guerra hasta los mensajes anuales de Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco y León XIV -mientras que en los primeros años los textos eran redactados con frecuencia por el cardenal prefecto o el secretario de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide-, la Jornada Mundial de las Misiones, instituida en 1926, ha sido una ocasión para recordar a toda la Iglesia su propia vocación misionera.
En la selección de textos que presentamos a continuación, extraídos de los mensajes de distintos Pontífices, la misión aparece siempre vinculada a las urgencias de cada época: la paz, la libertad religiosa y los desafíos de la modernidad.
Pío XII, 19 de octubre de 1940: la paz como misión de la Iglesia
«La oración es el arma que mueve el corazón de Dios a la piedad y la misericordia; es la ofrenda de vuestros labios, de vuestro afecto a los heraldos de Cristo, a las ovejas descarriadas del redil, a los desgraciados sobre los que pesa y atormenta la tempestad de nuestra época (...). Este es el reino de la paz en nuestra alma con Dios, de la paz entre los hermanos, en la correspondencia recíproca de los afectos, de la paz entre los pueblos y las naciones mediante la reconciliación y la concordia ordenada. Cuanto más alejada esté la humanidad, en la hora presente, de esta paz; cuanto más amenace la conciencia de los valores naturales y sobrenaturales que compartimos con dejar paso, en muchos corazones, a sentimientos contrarios, tanto más edificante y estimulante será vuestra adhesión efectiva a la causa misionera católica. Porque también la paz en el mundo es una misión de la Iglesia; en la tranquilidad del orden humano están su vida, la conquista y la salvación de las almas, la expansión del bien de la fe y el triunfo sobre el mal, para llegar a la paz imperturbable de la eternidad».
https://www.vatican.va/content/pius-xii/it/speeches/1940/documents/hf_p-xii_spe_19401019_we-are.html
Pablo VI, 25 de mayo de 1969: el Concilio establece la relación entre libertad religiosa y deber apostólico
«Esta organización oficial y central de la Iglesia (las «Obras Misionales Pontificias») responde ya de por sí a una dificultad muy extendida en algunos sectores de la mentalidad moderna y que amenaza con paralizar la actividad misionera: la dificultad suscitada por la proclamación conciliar de la libertad religiosa, como si esta favoreciera un irenismo agnóstico y autorizara la indiferencia ante la verdad religiosa y el imperativo apostólico al que está vinculado el plan de la salvación; es decir, como si el esfuerzo misionero ya no fuera necesario. La existencia de las Obras Pontificias, expresamente destinadas a promover y sostener este esfuerzo, demuestra todavía hoy lo contrario. La libertad religiosa, promovida por el Concilio, pretende garantizar la independencia de la religión frente a la injerencia incompetente de cualquier poder profano y externo a la religión, así como frente a cualquier exclusivismo social o político abusivo en materia religiosa. No debilita el deber apostólico, sino que constituye más bien la condición civil para el ejercicio de la actividad misionera, mientras que esta misma actividad nos obliga a respetar las conciencias al anunciar el único y verdadero mensaje de salvación que procede de la religión. Se trata, en lo esencial, de una visión antigua en la verdadera tradición de la Iglesia, pero que el Concilio ha renovado y precisado».
https://www.vatican.va/content/paul-vi/it/messages/missions/documents/hf_p-vi_mes_19690525_world-day-for-missions-1969.html
Juan Pablo II, 11 de junio de 2000: la misión no depende de las fuerzas humanas
«Toda la misión de la Iglesia y, de modo especial, la misión "ad gentes", necesita apóstoles dispuestos a perseverar hasta el fin, fieles a la misión recibida, siguiendo el mismo camino recorrido por Cristo, "el camino de la pobreza, de la obediencia, del servicio y del sacrificio de sí hasta la muerte" (Ad gentes, 5). Quiera Dios que los testigos de la fe, que hemos recordado, sean modelo y estímulo para todos los cristianos, de modo que cada uno se convenza de que su cometido es el anuncio de Cristo.
En este esfuerzo el cristiano no está solo. Es verdad que no hay proporción entre las fuerzas humanas y la grandeza de la misión. La experiencia más común y más auténtica es la de no sentirse dignos de tal cometido. Pero también es verdad que "nuestra capacidad viene de Dios, el cual nos ha capacitado para ser servidores de una nueva Alianza" (2 Co 3, 5-6). El Señor no abandona a quienes llama a su servicio. "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las naciones (...). Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 18-20). La presencia continua del Señor en su Iglesia, especialmente en la Palabra y en los sacramentos, es garantía para la eficacia de su misión. Esta se realiza hoy a través de hombres y mujeres que han experimentado la salvación en su propia fragilidad y debilidad y la testimonian a los hermanos, convencidos de que todos somos llamados a la misma plenitud de vida. (...)
Dos mil años después del inicio de la misión son todavía vastas las áreas geográficas, culturales, humanas o sociales en las que Cristo y su Evangelio no han penetrado aún. ¿Cómo no escuchar la llamada que implica esta situación? Quien ha conocido la alegría del encuentro con Cristo no puede mantenerla encerrada dentro de sí; debe irradiarla.»
https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/messages/missions/documents/hf_jp-ii_mes_20000627_world-day-for-missions-2000.html
Benedicto XVI, 29 de abril de 2006: la fecundidad de la misión nace de no buscar el propio interés
«En la víspera de su pasión, Jesús dejó como testamento a los discípulos, reunidos en el Cenáculo para celebrar la Pascua, el "mandamiento nuevo del amor", "mandatum novum": "Lo que os mando es que os améis los unos a los otros" (Jn 15, 17). El amor fraterno que el Señor pide a sus "amigos" tiene su manantial en el amor paterno de Dios. Dice el apóstol san Juan: "Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios" (1 Jn 4, 7). Por tanto, para amar según Dios es necesario vivir en él y de él: Dios es la primera "casa" del hombre y sólo quien habita en él arde con un fuego de caridad divina capaz de "incendiar" al mundo.
¿No es esta la misión de la Iglesia en todos los tiempos? Entonces no es difícil comprender que el auténtico celo misionero, compromiso primario de la comunidad eclesial, va unido a la fidelidad al amor divino, y esto vale para todo cristiano, para toda comunidad local, para las Iglesias particulares y para todo el pueblo de Dios. Precisamente de la conciencia de esta misión común toma su fuerza la generosa disponibilidad de los discípulos de Cristo para realizar obras de promoción humana y espiritual que testimonian, como escribía el amado Juan Pablo II en la encíclica Redemptoris missio, "el alma de toda la actividad misionera: el amor, que es y sigue siendo la fuerza de la misión, y es también el único criterio según el cual todo debe hacerse o no hacerse, cambiarse o no cambiarse. Es el principio que debe dirigir toda acción y el fin al que debe tender. Actuando con caridad o inspirados por la caridad, nada es disconforme y todo es bueno" (n. 60).
Así pues, ser misioneros significa amar a Dios con todo nuestro ser, hasta dar, si es necesario, incluso la vida por él. ¡Cuántos sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, también en nuestros días, han dado el supremo testimonio de amor con el martirio! Ser misioneros es atender, como el buen Samaritano, las necesidades de todos, especialmente de los más pobres y necesitados, porque quien ama con el corazón de Cristo no busca su propio interés, sino únicamente la gloria del Padre y el bien del prójimo. Aquí reside el secreto de la fecundidad apostólica de la acción misionera, que supera las fronteras y las culturas, llega a los pueblos y se difunde hasta los extremos confines del mundo.»
https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/messages/missions/documents/hf_ben-xvi_mes_20060429_world-mission-day-2006.html
Francisco, 25 de enero de 2024: recuperar la dimensión escatológica y eucarística de los primeros cristianos
«Sabemos que el celo misionero en los primeros cristianos tenía una fuerte dimensión escatológica. Ellos sentían la urgencia del anuncio del Evangelio. También hoy es importante tener presente esta perspectiva, porque nos ayuda a evangelizar con la alegría de quien sabe que "el Señor está cerca" y con la esperanza de quien está orientado a la meta, cuando todos estaremos con Cristo en su banquete nupcial en el Reino de Dios. Así pues, mientras el mundo propone los distintos “banquetes” del consumismo, del bienestar egoísta, de la acumulación, del individualismo; el Evangelio, en cambio, llama a todos al banquete divino donde, en la comunión con Dios y con los demás, reinan el gozo, el compartir, la justicia y la fraternidad.
Esta plenitud de vida, don de Cristo, se anticipa ya desde ahora en el banquete de la Eucaristía que la Iglesia celebra por mandato del Señor y en memoria de Él. Y así, la invitación al banquete escatológico, que llevamos a todos a través de la misión evangelizadora, está intrínsecamente vinculada a la invitación a la mesa eucarística, donde el Señor nos alimenta con su Palabra y con su Cuerpo y su Sangre. Como enseñaba Benedicto XVI, "en cada Celebración eucarística se realiza sacramentalmente la reunión escatológica del Pueblo de Dios. El banquete eucarístico es para nosotros anticipación real del banquete final, anunciado por los profetas (cf. Is 25,6-9) y descrito en el Nuevo Testamento como “las bodas del cordero” (Ap 19,7-9), que se ha de celebrar en la alegría de la comunión de los santos" (Exhort. ap. postsin. Sacramentum Caritatis, 31).
Por eso, todos estamos llamados a vivir más intensamente cada Eucaristía en todas sus dimensiones, particularmente en la escatológica y misionera.»
https://www.vatican.va/content/francesco/es/messages/missions/documents/20240125-giornata-missionaria.html
León XIV, 25 de enero de 2026: la unidad como condición de la misión
«Por eso, la primera responsabilidad misionera de la Iglesia es renovar y mantener viva la unidad espiritual y fraterna entre sus miembros. En muchas situaciones asistimos a conflictos, polarizaciones, incomprensiones, desconfianza mutua. Cuando esto ocurre también en nuestras comunidades, se debilita su testimonio. La misión evangelizadora, que Cristo confió a sus discípulos, requiere ante todo corazones reconciliados y deseosos de comunión (...).
La unidad misionera, obviamente, no debe entenderse como uniformidad, sino como convergencia de los diferentes carismas con el mismo objetivo: hacer visible el amor de Cristo e invitar a todos al encuentro con Él. La evangelización se realiza cuando las comunidades locales colaboran entre sí y cuando las diferencias culturales, espirituales y litúrgicas se expresan plena y armoniosamente en la misma fe. Animo, por lo tanto, a las instituciones y realidades eclesiales a fortalecer el sentido de comunión misionera eclesial y a desarrollar con creatividad formas concretas de colaboración entre ellas, para y en la misión. (...) Si la unidad es la condición de la misión, el amor es su esencia. La Buena Nueva que estamos enviados a anunciar al mundo no es un ideal abstracto; es el Evangelio del amor fiel de Dios, encarnado en el rostro y en la vida de Jesucristo.»
https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/messages/mission/documents/20260125-giornata-missionaria.html
(MLK) (Agencia Fides 6/10/2026)