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Por Marie-Lucile Kubacki
Saint Louis (Agencia Fides) – De camino a la catedral, llama la atención una furgoneta Chevrolet Express blanca. Un cartel colocado en la ventanilla anuncia: «Católicos de Alabama de camino para celebrar al venerable beato Fulton Sheen».
En el interior de la catedral, la multitud no deja de crecer. Muchos proceden de las diócesis de St. Louis y Peoria; otros han llegado desde lugares más lejanos. Sacerdotes, religiosos y religiosas, y fieles laicos llenan el templo. Algunas mujeres llevan mantilla; otras han optado por vestidos elegantes o trajes de chaqueta. Las sudaderas se mezclan con la ropa más formal.
Personas de distintas edades y aspecto se han reunido para la oración vespertina en la víspera de la beatificación del arzobispo Fulton J. Sheen. Las cámaras se detienen en los peregrinos, a quienes preguntan de dónde vienen y qué significa Sheen para ellos. Algunos de los más mayores recuerdan los programas de televisión que veían sus padres o abuelos cuando eran niños. La mayoría era demasiado joven para haber visto sus emisiones. Lo conocen, en cambio, tanto como figura espiritual como por su condición de pionero de la radiodifusión católica. Muchos aseguran haber querido estar presentes en lo que consideran un «momento histórico».
La homilía del obispo Barron
El arzobispo Mitchell Rozanski de St. Louis preside las vísperas. El ambiente es solemne. Cuatro cardenales estadounidenses —Seán O’Malley, Raymond Burke, Blaise Cupich y Robert McElroy— abren la procesión. También participa en la asamblea de oración el cardenal Luis Antonio Tagle, Pro-Prefecto del Dicasterio para la Evangelización. Las voces claras del coro entonan el himno «Acoge este himno, noble sacerdote». A continuación se proclama el salmo: «El Señor es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré?». Después de la lectura de la Primera Carta de Pedro, que invita a apacentar el rebaño de buena gana y con el ejemplo, toma la palabra para la homilía el obispo Robert Barron, que guía la diócesis de Winona-Rochester, en Minnesota, y fundó la organización católica de comunicación «Word on Fire».
Barron dice a la asamblea que Sheen ha sido su «modelo y fuente de inspiración» desde los comienzos de su labor evangelizadora. Describe a Sheen como una figura fundamental de la historia moderna de la Iglesia, alguien que abrió el camino a la evangelización del mundo a través de los medios de comunicación electrónicos. En el momento culminante de su carrera televisiva, recuerda Barron, Sheen llegaba a millones de personas. Pero la fama del predicador no ocupa el centro de la homilía. La pregunta es otra: ¿qué fue lo que hizo santo a Sheen? La respuesta de Barron es clara: su amistad con Cristo.
El cristianismo, tal como lo presentaba Sheen, no es una filosofía abstracta ni simplemente un conjunto de convicciones morales, sino una relación con una persona viva. Para explicar en qué consiste esta amistad, Barron recurre a la autobiografía de Sheen, ‘Treasure in Clay’, y a la llamada del profeta Isaías. A partir de ahí, presenta tres etapas de la vida espiritual: el encuentro con la santidad de Dios, el reconocimiento de la propia fragilidad y la respuesta a la llamada.
La gracia viene antes que todo lo demás, afirma Barron. La vida espiritual no comienza con las propias ambiciones ni con los logros personales, sino con el reconocimiento de que Dios está actuando. En la historia de Sheen, esa gracia estuvo presente desde su infancia: en su bautismo en El Paso, Illinois; en la predicción de un obispo que anunció que aquel joven monaguillo llegaría algún día a estudiar en Lovaina; y en el momento en que, siendo seminarista, sintió que su fe quedaba inundada de luz.
Barron ha subrayado también la devoción de Sheen a María y, sobre todo, su Hora Santa diaria de adoración ante el Santísimo Sacramento. La oración era para él una manera de permanecer en presencia de Cristo y de prepararse para servir.
El don de reconocerse pecador
Esta disponibilidad, sostiene el obispo Barron, estaba también vinculada a la capacidad de Sheen para reconocer sus propias debilidades. En ‘Treasure in Clay’, Sheen admite que apreciaba los honores y privilegios asociados a su posición, así como el reconocimiento que recibía como profesor y predicador popular. La imagen del título del libro expresa precisamente ese contraste: un tesoro precioso guardado en una vasija frágil.
Para Barron, la disposición de Sheen a reconocer su vanidad y sus propios fracasos no era una contradicción con la santidad, sino una parte esencial de ella. Reconocerse pecador, afirma, no es fruto de alejarse de Dios, sino de encontrarse con la luz de la gracia.
Sheen, en la estela de los santos misioneros
Barron se ha detenido después en la misión. «Una vez inmerso en la gracia, una vez purificado, el discípulo de Cristo es enviado», afirma. Y ha recorrido ese camino de llamada a través de los estudios de Sheen en Lovaina, su labor docente y sus programas de radio y televisión.
Sheen quería aplicar el pensamiento de santo Tomás de Aquino a las cuestiones de su tiempo, explica el obispo Barron, y estudió deliberadamente «el arte, la ciencia, la filosofía y la literatura del mundo secular», para que su enseñanza permaneciera abierta al exterior y orientada a la misión.
Veía la radio y la televisión como medios para ampliar el alcance de su labor. «Sabía que así ampliaría exponencialmente los límites de su aula», afirma Barron al referirse a la decisión de Sheen de participar en el programa «The Catholic Hour». Más tarde, cuando algunos académicos pusieron en duda la conveniencia de presentar enseñanzas católicas complejas ante un amplio público televisivo, Sheen no dudó. «Obviamente, estaba más que cualificado desde el punto de vista académico, pero también poseía extraordinarias dotes para la comunicación de masas», señala Barron. «Y demostró que una exposición completa de la fe podía encontrar un lugar en el escenario más amplio posible».
Para Barron, todo ello convierte a Sheen en un precursor de la llamada de la Iglesia a anunciar el Evangelio en la realidad de su tiempo. «Creo que Fulton Sheen es, por excelencia, el santo de la nueva evangelización», afirma. Relaciona esta misión con el Concilio Vaticano II, que san Juan XXIII concibió como un Concilio misionero, llamado a llevar «la luz de Cristo a todos los hombres», a sacar a la Iglesia de «sus muros protectores» y a ponerla en contacto con la sociedad en su conjunto. Barron recuerda también la enseñanza de Pablo VI en ‘Evangelii nuntiandi’, según la cual la evangelización constituye la misión esencial de la Iglesia. Juan Pablo II situó después la nueva evangelización en el centro de su pontificado, señala Barron, y los Papas posteriores han continuado por este camino.
Sheen asumió apasionadamente la visión del Concilio, añade, pero ya había anticipado su impulso a lo largo de todo su ministerio: «Todo aquel que busque un lenguaje nuevo para llevar el Evangelio a nuestra cultura, todo aquel que anuncie la antigua Palabra con un corazón ardiente, todo aquel que se atreva a utilizar para ello los medios de comunicación que tenemos a nuestra disposición, está hoy en deuda con Fulton Sheen».
Los santos misioneros en los mosaicos de la catedral
Mientras el obispo Barron concluye su homilía, las miradas se alzan hacia los mosaicos de la catedral como prolongación de la oración. «Levantad la mirada hacia el transepto sur», nos había aconsejado Michael Pera, archivero provincial de la Sociedad del Sagrado Corazón. Allí aparece Rose Philippine Duchesne, representada en un mosaico diseñado por Hildreth Meière. Nacida en Francia, Duchesne llegó a Estados Unidos en 1818 junto con otras cuatro compañeras de la Sociedad, la congregación religiosa fundada por Madeleine Sophie Barat. Se dirigieron a Misuri para fundar escuelas.
En la iglesia, dedicada a san Luis, patrón de la ciudad, aparecen también otras figuras misioneras. San Isaac Jogues, misionero jesuita francés y mártir de Nueva Francia, está representado junto a san René Goupil, misionero laico jesuita francés del siglo XVII, martirizado durante las misiones en América del Norte, y santa Kateri Tekakwitha, la primera santa indígena de Norteamérica, conocida como el «Lirio de los Mohawk». También está santa Francisca Javier Cabrini, nacida en Italia y fundadora de las Hermanas Misioneras del Sagrado Corazón.
En su conjunto, estas figuras evocan la historia de la misión católica en América del Norte: la labor entre las comunidades indígenas, el testimonio de los primeros mártires y la presencia pastoral de la Iglesia entre los inmigrantes. Sheen forma parte de esa historia, sugiere la homilía de Barron. No por haber utilizado los nuevos medios de comunicación, sino por haberlos puesto al servicio de una misión que comenzó mucho antes de la llegada de la radio y la televisión.
Las vísperas llegan a su fin. Los peregrinos permanecen un rato en las escalinatas, conversando mientras cae la tarde. Una familia se acerca a Barron y le pide una bendición. En un supermercado, un joven detiene a un sacerdote.
-¿Qué es toda esta gente?- pregunta.
La conversación termina llevando a Fulton Sheen.
-¿Conoces a Fulton Sheen?
-No...
Entonces, el sacerdote comienza a contarle…
(Agencia Fides 24/9/2026)