ÁFRICA/NIGERIA - Ungushi, el rostro ambiguo de la violencia en el norte de Nigeria

jueves, 20 agosto 2026

Abuya (Agencia Fides) – El asalto a la aldea de Ungushi ejemplifica la complejidad de la violencia que sufre las población nigeriana. La comunidad atacada es de mayoría musulmana y entre las víctimas se encuentra también el imán local. Los asaltantes pertenecen a una formación de reciente creación, que se sitúa en esa zona gris entre el bandolerismo, el crimen organizado y el yihadismo.

En la noche del domingo 16 de agosto, un grupo armado asaltó la aldea de Ungushi, en el área del gobierno local de Kebbe, en el estado de Sokoto, en el noroeste de Nigeria, matando, según el balance actualizado comunicado por las autoridades locales, a al menos 32 personas. Entre las víctimas se encontraba el imán Aliyu, guía de la mezquita Ungushi Izala Jumu'at, junto con agricultores, comerciantes y otros residentes de esta comunidad de mayoría musulmana.

La masacre había sido precedida, dos días antes, el 14 de agosto, por un ataque perpetrado por una banda de hombres armados contra varias zonas de Kebbe. Los bandidos —no está claro si eran los mismos que posteriormente masacraron a la población de Ungushi— llegaron en motocicletas y atacaron a los residentes, saquearon comercios y destruyeron propiedades.

Las autoridades militares atribuyeron el asalto de Ungushi a los Lakurawa. A menudo descrito como una organización insurgente o terrorista, el grupo Lakurawa parece situarse más bien en esa compleja zona de superposición entre el bandolerismo organizado y la militancia religiosa, utilizando una retórica islamista para legitimar su violencia.

El grupo surgió en la región fronteriza entre Nigeria y Níger, presentándose inicialmente como una forma de protección armada de las comunidades que vivían en zonas sometidas a continuos ataques de bandas criminales y en las que la población se sentía privada de la protección del Estado.

Con el tiempo, sin embargo, Lakurawa evolucionó hasta convertirse en un grupo armado acusado de extorsionar a las comunidades, imponer su autoridad sobre las aldeas y atacar a civiles y miembros de las fuerzas de seguridad, reivindicando sus acciones también sobre la base de criterios religiosos.

Lakurawa ha terminado así ocupando ese espacio indefinido entre el bandolerismo, el crimen organizado y el yihadismo que caracteriza a varias zonas del noroeste de Nigeria. Según algunos analistas, recientemente Lakurawa habría establecido además contactos con grupos yihadistas activos en los países vecinos del Sahel, en particular con la Provincia del Estado Islámico en el Sahel. Se trata, sin embargo, de un desarrollo que hasta ahora no ha sido confirmado por fuentes fiables.

Es significativo que Lakurawa opere en zonas de mayoría musulmana y que sus víctimas sean predominantemente musulmanas. El grupo ha atacado mezquitas, asesinado a fieles y a figuras religiosas islámicas, mientras utiliza una terminología religiosa islámica y se presenta como un movimiento inspirado en una ideología islamista.

La crisis de seguridad que afecta a amplias zonas de Nigeria presenta, por tanto, múltiples facetas y no puede reducirse únicamente a la dimensión religiosa. El problema es que, a lo largo de los años, el Gobierno federal y los 36 estados de la Federación no han sido capaces de adoptar una estrategia de seguridad nacional que permita afrontar y resolver las múltiples crisis que afectan a una parte significativa de la población nigeriana, independientemente de su pertenencia religiosa.
(L.M.) (Agencia Fides 20/8/2026)


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