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por Paolo Affatato
Mandalay (Agencia Fides) – “La palabra ‘esperanza’ pertenece desde siempre a los cristianos. No ponemos nuestra esperanza en este mundo ni en ninguna persona sobre la tierra. Nuestra esperanza viene de Dios”. Con estas palabras, el arzobispo de Mandalay, Marco Tin Win, describe a la Agencia Fides el espíritu con el que la comunidad católica local afronta una de las etapas más difíciles de su historia, marcada por el conflicto civil, el devastador terremoto de marzo de 2025 y las inundaciones que han afectado el centro de Myanmar durante dos años consecutivos.
“La dramática experiencia de la pandemia, la guerra, las inundaciones y el terremoto no ha alejado a las personas de la fe ni de la Iglesia”, relata el prelado. “Al contrario, los fieles han encontrado mayor consuelo y alivio en Dios. Rezan, celebran la Eucaristía, participan en retiros espirituales y en la vida pastoral. Yo también practico y propongo la meditación cristiana a los fieles, que se acercan y participan en los encuentros con perseverancia. En nuestro corazón habita una certeza: la esperanza viene de Dios”, afirma.
La arquidiócesis de Mandalay es una de las circunscripciones eclesiásticas más importantes de la Iglesia católica en Myanmar y se extiende por un territorio en el que, de unos 10 millones de habitantes, los católicos son alrededor de 21.000, es decir, el 0,2% de una población de mayoría budista. El territorio abarca las regiones de Mandalay, Sagaing y Magwe, hoy entre las más golpeadas por la crisis social y humanitaria causada por el conflicto civil birmano. Tras el golpe de Estado de 2021, esta parte del país se convirtió en uno de los principales focos de desobediencia civil y posteriormente de resistencia armada, lo que derivó en intensos enfrentamientos con graves consecuencias para la población civil. A esta situación ya crítica se sumaron las catástrofes naturales, como el fuerte terremoto de 2025 y las inundaciones, que agravaron aún más el sufrimiento de la gente.
“En la arquidiócesis, diecisiete iglesias resultaron gravemente dañadas por el sismo, incluida la catedral y el centro pastoral”, explica el arzobispo. “Todavía estamos trabajando en las restauraciones, sobre todo en el campanario de la catedral”. Entre los edificios más afectados se encuentra también la histórica iglesia de San Miguel, conocida como la “iglesia de Lafon”, por el misionero padre Jean Lafon MEP que vivió y evangelizó la zona. “Muchas viviendas han sido destruidas y numerosas familias siguen viviendo en alojamientos precarios, luchando por su sustento diario”, añade.
El conflicto y el terremoto han provocado un éxodo de desplazados. La Iglesia local ha habilitado muchas de sus estructuras como lugares de acogida: “Más de 700 refugiados encuentran hoy refugio en el complejo del santuario mariano de Nuestra Señora de Lourdes en Chanthagon, en la zona de Mandalay, mientras parroquias, monasterios y escuelas católicas aún utilizables funcionan como centros de acogida temporal”, señala. “Sacerdotes, religiosas y voluntarios de Karuna (la Cáritas local) aseguran hospitalidad, protección y apoyo humano y psicológico a familias, ancianos, niños y personas más vulnerables”, continúa el arzobispo.
Mons. Tin Win expresa un agradecimiento especial al clero y a los religiosos, que son puntos de referencia en medio de la dificultad: “Estoy realmente orgulloso de mis sacerdotes. Cuando los pueblos son incendiados o abandonados por el conflicto, los sacerdotes y religiosos permanecen junto a la gente. Siguen infundiendo coraje y esperanza. Su presencia es realmente valiosa”. Además, el arzobispo subraya cómo, en medio de la tragedia, surge una notable solidaridad entre comunidades de distintas religiones: “Cuando los pueblos católicos son destruidos, los habitantes se refugian en pueblos budistas. Y, a la inversa, cuando son los pueblos budistas los incendiados, sus habitantes son acogidos en nuestros pueblos católicos. La solidaridad interreligiosa se fortalece en el sufrimiento compartido”.
Mandalay es una tierra rica en pagodas, estupas y templos budistas. En el corazón de esta cultura, la Iglesia local ha desarrollado a lo largo de los años una particular vocación al diálogo y a la cooperación interreligiosa. “Mandalay es el centro de la cultura birmana y budista”, recuerda el arzobispo. “Por eso nuestra presencia aquí tiene un significado especial, que transmite un mensaje de convivencia y armonía”. Aunque es una minoría numérica, la comunidad católica es reconocida por su contribución en el ámbito de la educación, la promoción humana y la asistencia humanitaria. Hoy, debido a la crisis social que se prolonga ya durante cinco años, “las parroquias gestionan escuelas informales, orfanatos y talleres de formación profesional, ofreciendo oportunidades de educación a niños y jóvenes en un contexto marcado por la pobreza, la falta de educación y la inestabilidad”, indica mons. Tin Win.
La ciudad, recuerda el pastor, ocupa también un lugar central en la historia de la evangelización de Myanmar: “Las raíces de la Iglesia birmana están aquí. Los primeros misioneros católicos llegaron a Mandalay y desde aquí partió la misión hacia el resto del país”. Mons. Tin Win menciona con especial gratitud la labor de los barnabitas, los primeros misioneros llegados a Myanmar en 1722, que estudiaron profundamente la lengua birmana, tradujeron textos de la fe católica y elaboraron los primeros diccionarios, contribuyendo al nacimiento de la literatura cristiana en lengua local. Entre ellos destaca mons. Gian Maria Percoto, estudioso de la historia y la cultura birmana. El arzobispo recuerda también el sacrificio del primer vicario apostólico barnabita, mons. Giovanni Battista Galizia, asesinado en el siglo XVIII junto a otros co-hermanos, así como la contribución de misioneros posteriores como los oblatos de María Inmaculada, los sacerdotes de las Misiones Extranjeras de París y del Pontificio Instituto de Misiones Extranjeras (PIME), entre otros.
“Llevamos en el corazón el sacrificio de los misioneros, el don de su vida y de su sangre: gracias a ellos hemos conocido a Jesucristo y el Evangelio”, afirma mons. Tin Win. “A menudo digo a los fieles que estamos llamados a custodiar y continuar su herencia. Nuestras oraciones, cantos e himnos litúrgicos en lengua birmana son fruto de su dedicación y de su incansable misión. Hoy esa herencia continúa en nuestro testimonio cotidiano de fe, esperanza y servicio, incluso en tiempos de tribulación. Los misioneros nos enseñaron a confiar siempre en Dios y a no perder nunca la esperanza. Así podremos construir una paz auténtica”, concluye.
(Agencia Fides 3/7/2026)
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