Mercedarias Misioneras de Barcelona
Barahona (Agencia Fides) – La Comunidad Intercongregacional Misionera (CIM) nació en Haití en 2010 por iniciativa de la Conferencia Latinoamericana de Religiosas (CLAR) y posteriormente fue organizada por la Conferencia Ecuatoriana de Religiosas (CER) como respuesta al devastador terremoto que afectó al país. Actualmente desarrolla su labor pastoral en Barahona, en la República Dominicana. Su presencia se inserta en un contexto marcado por la pobreza estructural, la migración haitiana y la realidad de los bateyes, asentamientos agrícolas caracterizados por una elevada vulnerabilidad social.
Un elemento distintivo de esta presencia es su carácter intercongregacional: la CIM nace de la colaboración entre religiosas de distintas congregaciones, unidas por un único proyecto misionero. A lo largo de su trayectoria, más de diez congregaciones religiosas han participado en esta experiencia compartida. Esta comunión de carismas representa un signo concreto de unidad en la diversidad y una presencia eclesial significativa en las periferias humanas y sociales, expresión de la riqueza de la vida consagrada en la corresponsabilidad y el servicio común. Se trata de una experiencia misionera innovadora y profundamente eclesial.
La CIM está integrada por las Misioneras Combonianas, las Maestras Católicas del Sagrado Corazón de Jesús y las Mercedarias Misioneras de Barcelona, que trabajan de manera conjunta. Entre ellas se encuentra la hermana Rosa María del Socorro López Castañeda, misionera comboniana con una amplia experiencia en zonas de frontera. Su testimonio, compartido por su congregación, ha llegado a la Agencia Fides a través de las OMP de España.
Originaria de México, la religiosa explica que su itinerario está ligado a la evolución de la CIM, en la que participó previamente en Haití, donde durante siete años desarrolló su labor pastoral en contextos de extrema pobreza y fuerte movilidad humana en la zona fronteriza, experiencia que ha marcado su forma de entender el acompañamiento misionero. La expansión hacia Barahona da continuidad a este proceso iniciado en Haití y pretende reforzar la presencia pastoral en áreas de especial vulnerabilidad.
“Me encuentro en Barahona formando parte de la CIM. Es la capital de la provincia del mismo nombre que se encuentra muy cerca de la frontera con Haití y que tiene, por ello, una fuerte presencia de migrantes haitianos. Es una de las diócesis más necesitadas, tanto en el ámbito religioso como económico” señala la religiosa. “Como CIM, trabajamos en Pueblo Nuevo, uno de los barrios más pobres de la periferia, con altos niveles de desempleo, analfabetismo, prostitución y drogadicción, además de una significativa presencia de iglesias protestantes, lo que genera cierta apatía hacia la Iglesia católica”, añade.
Su labor se centra en el acompañamiento de personas mayores en situación de abandono y en la pastoral social. Asimismo, desarrolla talleres de medicina natural y herbolaria en parroquias y “bateyes” de Barahona y San Pedro de Macorís, dirigidos especialmente a mujeres en situación de vulnerabilidad.
La misionera describe los “bateyes” como asentamientos ubicados en torno a plantaciones agrícolas vinculadas históricamente a la industria azucarera, donde residen familias dominicanas de ascendencia haitiana y migrantes haitianos en condiciones precarias y con acceso limitado a servicios básicos. “Se trata de una de las tareas más duras, exigentes y peligrosas en la República Dominicana”, subraya.
A través de los talleres, explica, “se busca fortalecer la autoestima y la organización local, promoviendo la toma de conciencia de derechos y deberes en el ámbito de la salud, con el fin de impulsar la paz, la justicia y nuevos modelos de organización y comercio”. Asimismo, mediante el uso de plantas medicinales, “las participantes aprenden a elaborar pomadas, jarabes, jabones y champú”.
La hermana Rosa María destaca, además, el valor del encuentro cultural mediante el uso de la lengua materna de las personas a las que acompañan, y que ella aprendió en sus años de servicio en Haití: “Cuando hablo en criollo haitiano, ellas se ponen a cantar y a aplaudir”, relata.
La misionera resume así su labor en estos territorios: “Aún queda mucho por hacer y recorrer. Intentamos ser para estos ‘bateyes’ un rostro de esperanza y de compasión, como el de Dios Padre y Madre. Confío en lo que san Daniel Comboni quería: ‘las almas se salvan con oración y sacrificio’”.
(LGR) (Agencia Fides 23/06/2026)