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por Gianni Valente
Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – En el tradicional discurso de inicio de año que el Papa dirige al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, León XIV ha observado hoy el estado actual del mundo a través del poderoso prisma ofrecido por “La Ciudad de Dios”, la obra que san Agustín escribió «inspirado por los trágicos acontecimientos del saqueo de Roma en el año 410 d.C.». Un ejercicio sugestivo y eficaz, porque resulta fecundo y provocador contemplar las convulsiones geopolíticas del presente y las relaciones actuales entre la Iglesia y los poderes del mundo siguiendo la mirada del “Doctor Gratiae”, Padre de la Iglesia.
El santo obispo de Hipona -ha recordado León XIV a los embajadores reunidos en el Aula de las Bendiciones, él mismo formado en su vocación sacerdotal en el seno de la Orden de San Agustín- «interpreta los acontecimientos y la historia misma según el modelo de las dos ciudades. En primer lugar, está la ciudad de Dios, que es eterna y se caracteriza por el amor incondicional de Dios (amor Dei), así como por el amor al prójimo, especialmente a los pobres. Luego está la ciudad terrenal, que es una morada temporal donde los seres humanos viven hasta su muerte».
La Ciudad de Dios no tiene otra tarea propia en este mundo que poner su esperanza en invocar el nombre del Señor. Si la ciudad del hombre vive de la posesión de las cosas de este mundo, la otra Ciudad vive de la esperanza en Dios. Nace, vive y camina en la historia por la atracción de la gracia, mientras que «la ciudad terrenal se centra en el orgullo y el amor propio (amor sui), en la sed de poder y gloria mundanos que conduce a la destrucción».
Para Agustín, las ciudades son dos pero no pueden ser identificadas. Sin embargo, a lo largo del camino de la historia están “perplexae”, es decir, mezcladas hasta el fin del mundo. Los ciudadanos de ambas ciudades conviven en este mundo.
La Ciudad de Dios, para Agustín, no es una ciudad fortificada frente al mundo o contra él. Se da un continuo tránsito entre las dos Ciudades: quien es ciudadano de una puede siempre convertirse en ciudadano de la otra.
Y precisamente la experiencia de pertenecer a «la otra Ciudad» puede ayudar a los cristianos a reconocer con realismo los bienes y los aspectos positivos propios de la «ciudad del hombre», junto con las violencias y corrupciones potencialmente ligadas a todo poder, sobre todo a aquellos poderes que más intentan revestirse con máscaras de idealismo espiritual y ético.
De este modo, el realismo cristiano del gran Padre de la Iglesia de Occidente ha resonado hoy en diversos pasajes del discurso del Obispo de Roma, su hijo en la fe.
Una mirada realista
León XIV ha reconocido con realismo, la preocupante debilidad, en el plano internacional, del «multilateralismo», dado que la «diplomacia que promueve el diálogo y busca el consenso entre todas las partes está siendo sustituida por una diplomacia basada en la fuerza, ya sea por parte de individuos o de grupos de aliados. La guerra vuelve a estar de moda y el entusiasmo bélico se extiende».
Además, el Papa ha constatado también que «especialmente en Occidente el espacio para la verdadera libertad de expresión se está reduciendo rápidamente. Al mismo tiempo, se está desarrollando un nuevo lenguaje al estilo orwelliano que, en un intento por ser cada vez más inclusivo, acaba excluyendo a quienes no se ajustan a las ideologías que lo alimentan».
Al introducir el tema de la objeción de conciencia, el Obispo de Roma ha reconocido que «la libertad de conciencia parece ser cada vez más cuestionada por los Estados, incluso por aquellos que dicen basarse en la democracia y los derechos humanos».
El Sucesor de Pedro ha afirmado que «la persecución sigue siendo una de las crisis de derechos humanos más extendidas en la actualidad»; ha hablado de una «forma sutil de discriminación religiosa contra los cristianos, que se está extendiendo incluso en países donde son mayoría, como en Europa o América», especialmente «cuando defienden la defienden la dignidad de los más débiles, los no nacidos, los refugiados y los migrantes, o promueven la familia».
Ha reiterado además el deseo de la Santa Sede de que las campañas y disposiciones contra la trata de seres humanos «no se conviertan en un pretexto para socavar la dignidad de los migrantes y los refugiados», y de que las personas privadas de libertad «nunca pueden ser reducidos a los delitos que han cometido».
El Papa Prevost ha llamado por su nombre los «proyectos destinados a financiar la movilidad transfronteriza con el fin de acceder al llamado “derecho al aborto seguro”» y la practica de la “maternidad subrogada”, que, «al convertir la gestación en un servicio negociable, viola la dignidad de ambos, tanto del niño, que queda reducido a un “producto”, como de la madre, al explotar su cuerpo y el proceso generativo y alterar la vocación relacional original de la familia».
Ha señalado asimismo que se está produciendo un verdadero «“cortocircuito” de los derechos humanos», por el cual «el derecho a la libertad de expresión, la libertad de conciencia, la libertad religiosa e incluso el derecho a la vida están siendo restringidos en nombre de otros pretendidos nuevos derechos, con el resultado de que el propio marco de los derechos humanos está perdiendo su vitalidad y dejando espacio para la fuerza y la opresión».
Citando de nuevo “La Ciudad de Dios”, León XIV ha repetido con san Agustín que «en hombres como éstos, que pretenden encontrar aquí abajo el sumo bien y conseguir por sí mismos la felicidad, el orgullo ha llegado a un tal grado de aturdimiento». Añadiendo además que «no es casualidad que el orgullo esté siempre en la raíz de todos los conflictos».
A continuación, ha dirigido la mirada a los conflictos y a las situaciones de crisis y violencia que en todo el mundo hacen sufrir a pueblos y naciones: Ucrania, Tierra Santa (recordando como realista la solución de «dos pueblos, dos Estados»), Venezuela (von el llamamiento a «respetar la voluntad del pueblo venezolano»), Haití, la región africana de los Grandes Lagos y Myanmar. Ha mencionado también la tendencia a «producir armas nuevas cada vez más sofisticadas, incluido con el uso de la inteligencia artificial».
Reconociendo que «la paz sigue siendo un bien difícil, pero posible», el Papa ha recordado, como señala Agustín, que «nuestros supremos bienes consisten en la paz», porque «es el objetivo mismo de la ciudad de Dios, a la que aspiramos, incluso inconscientemente, y de la que podemos disfrutar un anticipo incluso en la ciudad terrenal».
Entre los signos de esperanza, el Obispo de Roma ha mencionado los Acuerdos de Dayton, «que hace treinta años pusieron fin a la sangrienta guerra en Bosnia y Herzegovina. A pesar de las dificultades y tensiones, abrieron la posibilidad de un futuro más próspero y armonioso»; ha aludido a la Declaración conjunta de paz entre Armenia y Azerbaiyán, firmada el pasado mes de agosto; y ha querido referirse explícitamente también «los esfuerzos realizados en los últimos años por las autoridades vietnamitas para mejorar las relaciones con la Santa Sede y las condiciones en las que la Iglesia desarrolla su actividad en el país». «Todas estas son semillas de paz -ha subrayado el Papa León XIV- que hay que cultivar».
(Agencia Fides 9/1/2026)