VATICANO - HACIA EL SACERDOCIO por Mons. Massimo Camisasca - "Llamados a ser padres en la Iglesia"

viernes, 3 noviembre 2006

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - La paternidad es la imitación de Dios. Jesucristo ha revelado la palabra definitiva de la historia, que Dios es Padre y por ello, la esencia del Ser es la paternidad, la huella de Dios en el hombre es constituirse en esta paternidad.
Paternidad significa cuidar del otro, porque Dios es quien engendra y no abandona: "Aunque tu padre y tu madre te abandonen, yo no te abandonaré" (cfr. Sal. 27, 10; Is. 49, 15). Por tanto, la paternidad y maternidad carnal y espiritual son la suprema imitación de la presencia de Dios. Son la suprema participación del objetivo por el que existimos.
Paternidad y maternidad se distinguen por razones fisiológicas, psicológicas, históricas. Pero en sentido primigenio se equivalen, porque están aunadas por la misma misión generativa y educativa.
Dios es el que admite al ser y educa al ser. De aquí deriva la misión del Padre. Por tanto paternidad espiritual significa educación. Ahora bien, esta misión Cristo la ha dejado a la santa madre Iglesia. Por tanto nuestra paternidad y maternidad se realizan en la Iglesia: ella engendra los hijos en la fuente bautismal, los alimenta, los educa y los sustenta por medio de los sacramentos, la catequesis, por medio de una pertenencia de los unos a los otros, en la que se desarrolla una vida cotidiana verdadera que es la fuente de la educación.
Los sacerdotes son los siervos de la maternidad y paternidad de Dios y de la Iglesia, son siervos del cuerpo de Cristo. Y este aspecto revela una dimensión decisiva de la paternidad espiritual de que está investido el cura: no es referencia a si mismos, sino a la Iglesia. La paternidad es conducir a los hijos a la Iglesia, al Cuerpo de Cristo.
En la paternidad espiritual está innato el riesgo que nuestra persona se convierte en pantalla entre aquel a quien encontramos y la vida de la Iglesia. Existe el peligro de que nuestras cualidades, nuestros dones y defectos, lo que somos o podemos parecer, oculte lo que debemos realmente ser; es por tanto importante una clara relación entre la Iglesia y la persona. No debemos inventar nada, sino servir a algo que ya existe; qué se renueva, ciertamente, pero que en el tiempo mantiene una continuidad. Debemos enriquecer la Iglesia de una nueva forma: en la Iglesia hay algo nuevo con cada nacimiento, pero este nacimiento es más propiamente una nueva manifestación de lo antiguo. Cada uno de nosotros debe cultivar con gran respeto la tradición de la Iglesia, el río que nos ha llegado y nos ha permitido injertarnos en el. (Agencia Fides 3/11/2006; Líneas: 32 Palabras: 451)


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