VATICANO - HACIA EL SACERDOCIO a cargo de Mons. Máximo Camisasca - “Adherirse a la libertad de Dios"

viernes, 6 octubre 2006

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - En nuestra historia de hombres actúan, como componentes constitutivos, la libertad de Dios y la libertad del hombre. La libertad de Dios es su iniciativa continua con la que, incansablemente, él se inclina sobre nuestra humanidad. "Innocentiae restitutor et amator", dice una oración de la liturgia (Missale Romanum, Colecta del jueves de la II semana de cuaresma): "tú que generas continuamente nuestra inocencia, nuestra verdad". Dios libremente regenera nuestra vida, de mil modos, en las mil circunstancias de la historia de cada uno de nosotros. La libertad del hombre, la libertad que es llamada en la historia de cada uno de nosotros, es aceptar correr el mismo riesgo que corrió Dios, entrar dentro del riesgo de Dios hecho hombre, en una palabra, adherirse a la realidad de la Encarnación.
La forma propia de la existencia no consiste en el no equivocarse; el cumplimiento de la historia del hombre no reside en la perfección, sino en una iniciativa personal y propia que reconoce y acoge la iniciativa de Dios en nuestra vida y se deja dar, precisamente, forma y cumplimiento.
No siempre se produce sin dolor el encuentro de las dos libertades. Puede provocar estupor, puede empujarnos a alturas vertiginosas o desorientarnos intensamente. Humanamente puede venir la tentación de "pactar", en un personalismo paroxístico, con Dios. Es pues importante que, advirtiendo estos riesgos, en los años de formación al sacerdocio, nos eduquemos a la inconmensurabilidad de la libre iniciativa de Dios, a la imposibilidad de medir sus intenciones y su obra. Nos alejaremos así, poco a poco, paso a paso, de la injusticia del juicio sobre los otros, de la injusticia del juicio sobre nosotros mismos, y de la injusticia del juicio sobre Dios. "Yo no juzgo los otros y ni siquiera me juzgo a mí mismo" (cfr. 1Cor 4, 1-5).
Pero hay otro aspecto, fundamental y excitante, del encuentro de la libertad de Dios y la libertad del hombre en la vida mortal. La obra de la libertad del hombre no está destinada a durar. Precisamente en el encuentro con la libertad de Dios, que actúa en nuestra vida, nuestra acción se convierte en obra de hombres elegidos por Dios, llamados por Dios; es decir obra del Espíritu Santo. Sólo en la adhesión de nuestro actuar a la iniciativa de Dios, nuestra obra puede llevar en si la chispa del perennidad que es característica del Espíritu mismo. (Agencia Fides 6/10/2006 - Líneas: 29 palabras: 420)


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