VATICANO - LAS PALABRAS DE LA DOCTRINA de don Nicola Bux y don Salvador Vitiello - "El inminente laicismo en los agentes de la misión cristiana en el mundo"

jueves, 28 septiembre 2006

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - "Primero hay que llenar la barriga y luego se podrá hablar de Cristo". Este es un poco el eslogan que circula desde hace algunas décadas en el entorno misionero y que ha llevado a no poco agentes a creer que los fondos recogidos deberían sustentar obras sociales, antes e incluso más que la obra de propagación de la fe. No sólo es algo que va en sentido contrario a cuánto ocurre en estos tiempos, con la actividad que potentes centrales árabe-islámicas desarrollan para difundir el verbo coránico en Europa y en el mundo, en particular en el llamado Tercer mundo; sino que sobre todo va en contra de ese "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dio" (Mt 4,4) con el que respondió Jesús al tentador, y de "Ésta es la obra que Dios quiere, que creáis en quien Él ha enviado" (Jn 6,29) con la que respondió después de la multiplicación de los panes a cuantos lo habían malentendido.
Por tanto, hacer que el hombre encuentre a Jesucristo, es la razón fundamental de la misión de la Iglesia en el mundo. Si los misioneros, en primer lugar los que en las diversas naciones regulan la distribución de los recursos materiales que los buenos fieles del pueblo de Dios prodigan generosamente, no ponen esto en el primer puesto, no son distintos de los agentes sociales y, Dios no lo quiera, de los lobos disfrazados de corderos en el redil del Dios. Pero no sólo. Son acusados además de instrumentalizar las necesidades de tantos hombres que sufren del hambre y la indigencia: hacer pasar el Cristianismo por medio del caballo de Troya de las obras sociales (cfr. Encíclica "Deus caritas est" de n 32-36). La Madre Teresa por el contrario, como es sabido, nos le gustaba indicar siempre a todos a Jesús como fuente de la caridad y dio a sus hijas el precepto de anteponer siempre la hora de adoración diaria al sacramento y la oración a cualquier acción hacia los pobres y los últimos.
Ya, la oraicón y la adoración: un misionero de rodillas en la choza ante el sagrario consigue muchas más conversiones al Señor que todas las obras sociales y caritativas. Pero hemos tocado un punto doloroso: la conversión. ¿Estamos seguros de que las obras misioneras tiene este punto de mira? ¿O más bien quieren tácitamente dejar las cosas como están? ¿Qué los paganos o en todo caso los hombres se queden en su religión, de todas formas se salvan lo mismo? Pero la misión sirve precisamente a no dejarlos en su ignorancia de Cristo. ¿Que valor tiene sino dejar de r casa, hermanos y patria para entregar la propia vida? El Señor al inicio de sumisión pedía precisamente la conversión: "Convertíos y creed en el Evangelio "(Mc 1,15).
El relativismo religioso en estos años, se sabe, ha introducido entre los misioneros la duda sobre la fe cristiana: ¿realmente sirve la salvación?. Como carcoma, esta duda ha conducido a muchos a abandonar la misión, o bien ha llevado a otros a continuarla pero aguándola en obras sociales. Dios no quiera que se usen recursos financieros para tal anormalidad. No citaremos todo el magisterio conciliar y pontificio, desde Ad Gentes a la Redemptoris missio y a la Dominus Iesus que exhortan a programar la misión desde la difusión del Evangelio para la salvación de la humanidad. He aquí la otra palabra: salvación, es decir ayudar a encontrar el sentido de la existencia, que el hombre busca con frecuencia, aún sin saberlo. Y que un trozo de pan material no basta para hacérselo descubrir.
Esta conciencia está presente desde los orígenes de la Iglesia en la Eucaristía dominical. Justino recuerda: "siempre renovamos entre nosotros la memoria de estas cosas y aquellos de nosotros que poseen (que tengan bienes) socorren a los indigentes siempre convivimos unidos y en todas nuestras ofertas bendecimos el Creador del universo, por medio del Hijo Jesucristo y del Espíritu Santo…Los que se encuentran en la abundancia, y quieren dar, háganlo a discreción de lo que cada uno quiere, y cuanto es recogido es depositado ante el que preside; y él mismo presta socorro a los huérfanos y viudas, y a los que son olvidados por enfermedad o por otra causa, y a los que están en la cárcel, y a los que permanecen como extranjeros: en pocas palabras, [el] se hace proveedor de todos los que están necesitados" (I Apología 65 67; PG 6, 429).
A los sacerdotes de Cracovia, Benedicto XVI ha reprochado: Los fieles sólo esperan una cosa de los sacerdotes: qué sean especialistas en promover el encuentro del hombre con Dios. Al sacerdote no se le pide que sea un experto en economía, en construcción o en política. De él se espera que sea experto en la vida espiritual" (25 de mayo del 2006). Sería bello que los misioneros sacerdotes administren ellos mismos las financias, sino que como los Apóstoles, lo hagan hacer a los laicos. Sería una signo de la Iglesia que no deja de reformarse. (Agencia Fides 28/9/2006; Líneas: 56 Palabras: 880)


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