VATICANO - AVE MARÍA a cargo de don Luciano Alimenadi - “Madre de nuestra entrega y de nuestro abandono”

miércoles, 19 julio 2006

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - Cuando se habla de entrega, de capitulación, viene inmediatamente a la cabeza una batalla entre dos partes en la que una, en un cierto punto, se rinde porque reconoce que la otra es más fuerte y no tendría sentido continuar si tiene la certeza de la derrota. Quizás algo parecido sucede también en nuestra vida de relación con el Señor. Si es cierto que, por una parte por una parte debemos combatir el mundo, nuestro egoísmo y las tentaciones de Satanás, es verdad también que por otra parte parece que trabamos también una especie de lucha con Dios, cierto del todo diferente que la primera y que debe terminar con nuestra propia capitulación. Está claro que, en la lucha contra las tentaciones sería absurdo rendirse, es más es necesario vivir lo más posible lo que nos dice San Pablo: “Por lo demás, fortaleceos en el Señor con la fuerza de su poder. Revestiros con la armadura de Dios, para que puedan resistir las insidias del demonio”. (Ef 6, 10-11).
Pero, en esa otra clase de lucha - al menos percibida así por nosotros -, la gracia de la transformación en Cristo llega con el tomar plenamente conciencia de la necesidad de una entrega: rendirse a Dios y no resistirle más, para abandonarse completamente a Él; dejar a un lado, de una vez por todas, nuestra autosuficiencia, nuestro “saber mejor y más”, para dejarse conducir, paso a paso, por la Divina Providencia. Cuando en el Evangelio oímos que el Señor nos habla de la necesidad “de perder nuestra vida por su causa y la del Evangelio, para poderla salvar así” (cf. Mc 8,35), ¿no advertimos quizás que esta “pérdida” supone también un rendirse a Él?
Los Apóstoles nos muestran la necesidad de una rendición, de un “entregarse”, para vivir un abandono total al único Maestro. Por ejemplo Pedro. Hay un momento en el que el Señor le pregunta: “¿Me amas?”. Precisamente después de la traición apenas consumada, el jefe de los Apóstoles, como desfallecido por el amor inagotable del Resucitado hacia él y casi sometido por la tenacidad divina con la que se le “vuelve a pescar”, da una respuesta que se parece mucho a una capitulación total: “Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te quiero” (Jn 21, 17). Es como si le dijera: “Sí, Señor, Tú lo sabes todo mejor que yo y sólo Tú tienes razón; para nada valen mis razonamientos y es absurdo por lo tanto competir con los tuyos, hace falta sólo aprender a perderse a nosotros mismos para vivir de Ti”. El Señor Jesús confirmará a Pedro cuál tendrá que ser, de ese momento en adelante, el camino del abandono: “¡Sígueme!” (Jn 21, 19).
¡Rendirse al Señor significa aceptar caminar tras Él y no delante de Él! Así es para cada auténtico cristiano que, un día detrás de otro, quiere abandonarse en Jesús y en su Evangelio; se ve conducido de maneras y por caminos que a veces parecen torcidos, desconocidos y además misteriosas, pero que lo llevan donde quiere el Señor de la historia. ¿No deben leerse en esta óptica las pruebas de fe de los santos? En sus rostros, en sus escritos y testimonios se puede reconocer el sabor de ese rendimiento que, como el de Simón, no es amargo, sino que el amor paciente de Dios lo hace dulce. Pero es precisamente la Madre de Jesús la que mejor puede enseñarnos este camino.
Ella no ha tenido que rendirse a Dios porque, a diferencia que nosotros, nunca se ha resistido a su acción, sino que se ha abandonado siempre de manera perfecta, dejándose conducir de la mano por Él. Como enseña el Concilio Vaticano II, Ella “abrazando la voluntad salvífica de Dios con generoso corazón y sin impedimento de pecado alguno” (LG 56). Siempre dócil a Dios, se ha convertido en una experta de sus vías y así nos ha sido dad por Él como guía y apoyo por el camino del auténtico y progresivo abandono, vía directa al Paraíso.
Un gran maestro de espiritualidad mariana, San Luis María Grignion de Montfort, ha sintetizado maravillosamente la grandeza de María: “El Eterno Padre no ha dado su único Hijo al mundo sino por medio de María. Por más suspiros que hayan exhalado los Patriarcas, por más ruegos que le dirigieron los Profetas y los Santos de la antigua ley durante cuatro mil años para poseer ese tesoro, no ha habido más que María que lo haya merecido y que haya obtenido gracia ante Dios en fuerza de sus súplicas y por la alteza de sus virtudes. El mundo era indigno, dice San Agustín, de recibir al Hijo de Dios directamente de las manos del Padre; se lo ha dado a María para que el mundo lo recibiese por Ella” (Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, nº 16). ¡Madre de nuestra entrega y de nuestro abandono, ayúdanos! (Agencia Fides 19/7/2006 Líneas: 54 Palabras: 845)


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