ASIA/FILIPINAS - El sonido de los gongs de la paz: la misión de la Iglesia entre los pueblos indígenas de Kalinga y Apayao

jueves, 29 octubre 2026

Vicariato Apostolico di Tabuk

Por Paolo Affatato

Tabuk (Agencia Fides) – Los gongs enmudecen cuando estalla un conflicto entre dos comunidades. Y vuelven a sonar cuando se restablece la paz. En las montañas del norte de Filipinas, en la región de la Cordillera, en la isla de Luzón, el sonido de estos instrumentos tradicionales cuenta, entre las provincias de Kalinga y Apayao, una historia de divisiones y reconciliación, y expresa el deseo de encuentro, diálogo y defensa de la vida. «Cuando tu tribu y la mía están enfrentadas, no tocamos el gong. Solo lo hacemos sonar cuando hay paz en la comunidad», explica a la Agencia Fides el obispo Sean Buslig Mejia, vicario apostólico de Tabuk, al describir el núcleo de la misión de la Iglesia en esta región, donde el anuncio del Evangelio pasa por el cuidado de las relaciones, la mediación en los conflictos y la defensa de los pueblos indígenas y de sus tierras.

El Vicariato Apostólico de Tabuk comprende dos provincias, Kalinga y Apayao, habitadas por distintos grupos indígenas, cada uno con su propia lengua, sus tradiciones y su identidad. En la provincia de Kalinga se habla kalinga, mientras que en Apayao está extendida la lengua isnag. La Iglesia, explica el obispo a Fides, procura preservar este patrimonio cultural en su camino de evangelización: los cantos tradicionales se incorporan a la liturgia, los tejidos locales adornan las celebraciones y se utilizan incluso para confeccionar ornamentos sagrados. La inculturación «no es solo una manera de hacer familiar el lenguaje de la fe, sino también un reconocimiento de la dignidad de los pueblos y de sus tradiciones».

La paz, fruto de la fe

En la zona de Kalinga -cuenta el prelado-, cada subgrupo tribal tiene su propio dialecto y su consejo de ancianos. Las relaciones entre comunidades pueden verse marcadas por disputas sobre los límites territoriales y la propiedad de la tierra, o por episodios de violencia que, especialmente cuando se derrama sangre, pueden desencadenar conflictos de mayor alcance.

«Para prevenir las tensiones o recomponer las fracturas existe el ‘bodong’, el tradicional pacto de paz mediante el cual las comunidades llegan a un acuerdo. En este proceso, los ancianos desempeñan un papel fundamental, acompañados también por representantes de la Iglesia», señala. «Uno de nuestros sacerdotes forma parte del equipo negociador de paz. Se trata de llevar la paz de Cristo a las tribus», afirma monseñor Mejia.

La presencia de la Iglesia no se limita a la oración o a la asistencia pastoral, sino que llega a los lugares concretos donde las relaciones corren el riesgo de romperse. También la celebración eucarística se convierte en «un espacio de reconciliación, donde personas pertenecientes a comunidades enfrentadas vuelven a encontrarse y a reconocerse como hermanos y hermanas», recuerda. Es una tarea que también afecta a la organización de la vida eclesial. «La asignación de sacerdotes a las distintas zonas requiere atención, porque las tensiones entre las tribus pueden poner en peligro incluso la seguridad de un presbítero procedente de una comunidad enfrentada a aquella a la que debe servir», prosigue el vicario apostólico.

El desafío no termina con la mediación en las disputas. El obispo observa que muchos fieles, aunque estén bautizados y se hayan formado en escuelas católicas, «todavía necesitan profundizar en su fe y comprender sus consecuencias en la vida cotidiana. Cuando resurgen las rivalidades tribales, existe el riesgo de olvidar precisamente aquellos valores evangélicos que deberían orientar las relaciones con los demás».

La esperanza llega de las nuevas generaciones. «Muchos de nuestros jóvenes dicen: “Hemos acabado con las luchas tribales; no queremos saber nada más de ellas”», cuenta monseñor Mejia. «Los jóvenes participan en los encuentros eclesiales, colaboran como voluntarios y se convierten en catequistas, contribuyendo a la formación de los niños. En las comunidades cristianas encuentran un sentido de pertenencia y una identidad capaz de unir las diferencias sin borrarlas», explica.

Las amenazas a la «casa común»

Pero la paz no afecta únicamente a las relaciones entre las comunidades. En las provincias de Kalinga y Apayao está estrechamente vinculada a la defensa de la tierra, del medio ambiente y de las condiciones que permiten a los pueblos indígenas seguir viviendo en los territorios de sus antepasados.

En Apayao, el proyecto de una gran presa hidroeléctrica en Kabugao amenaza con inundar 11 de los 21 ‘barangays’, las unidades administrativas locales equivalentes a pueblos o aldeas. El cambio, advierte el obispo, no supondría únicamente la pérdida de viviendas: «Las comunidades corren el riesgo de ver desaparecer sus medios de subsistencia y los lugares donde están enterrados sus muertos, que forman parte esencial de la memoria y de la identidad colectiva».

«La Iglesia y el Vicariato Apostólico de Tabuk no apoyan el proyecto de la presa», afirma monseñor Mejia, quien explica que la posición eclesial responde a la voluntad de respetar la decisión de las poblaciones indígenas afectadas, mientras la cuestión se dirime en los tribunales.

También en la provincia de Kalinga, las actividades mineras a cielo abierto a gran escala son motivo de preocupación. El obispo denuncia el riesgo de que «los intereses económicos alimenten divisiones dentro de las propias comunidades», siguiendo una estrategia de «divide y vencerás»: crear facciones enfrentadas y separar a personas que comparten la misma identidad cultural y territorial. «Es solo una cuestión de dinero, de beneficios. Es muy triste», observa.

Ante estos proyectos, la Iglesia acompaña a los pueblos indígenas en la defensa de sus derechos y respalda el recurso a las vías legales. Pero su compromiso también se manifiesta mediante la sensibilización y las iniciativas concretas de cuidado del medio ambiente, en sintonía con la encíclica ‘Laudato si’. Plantar árboles, educar en el respeto a la creación y promover la responsabilidad hacia el territorio forman parte de una misma misión.

«La defensa de la “casa común” en esta región de Filipinas no es una cuestión abstracta –señala-. Significa proteger aldeas, medios de subsistencia, lugares de memoria y vínculos comunitarios. Significa reconocer a los pueblos indígenas el derecho a participar en las decisiones que afectan a su futuro».

Una Iglesia joven

En un territorio montañoso y de difícil acceso, donde el trayecto en coche desde la catedral de Tabuk hasta la comunidad misionera más alejada puede durar hasta siete horas, la presencia eclesial se construye mediante una red de relaciones y el compromiso cotidiano de sacerdotes, religiosos y laicos. «El Vicariato de Tabuk cuenta con unos 260.000 católicos, 22 parroquias y estaciones misioneras y 36 sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos», explica el obispo. La Iglesia sigue creciendo, aunque debe afrontar las dificultades derivadas de las distancias, la formación de los catequistas y el apoyo económico a los jóvenes que desean emprender el camino hacia el sacerdocio. En este sentido, monseñor Mejia agradece las ayudas que la Iglesia local recibe del Dicasterio para la Evangelización y de las Obras Misionales Pontificias para sostener la formación y los estudios de los jóvenes seminaristas.

Entre las prioridades señaladas por el obispo figuran precisamente la formación en la fe, el acompañamiento de las nuevas generaciones y la promoción de la paz. «Si no hay paz entre las tribus, resulta muy difícil abrir escuelas. El primer fruto de la fe es la paz», insiste.

Con este propósito, en 2023 el Vicariato promovió la iniciativa «La llamada de los mil gongs», en la que participaron más de mil intérpretes de distintas tribus y tres mil bailarines. El acontecimiento dio visibilidad a la riqueza cultural de la región, pero, para el obispo, tiene sobre todo un significado espiritual: «Expresa el deseo de que ninguna comunidad vuelva a quedar dividida por la violencia».

La oración que monseñor Mejia dirigió entonces a quienes participaron en la iniciativa era sencilla, pero exigente: «Hemos rezado y seguimos rezando cada día para que no haya conflictos entre las tribus. Porque, cuando desaparece la paz, todo corre el riesgo de derrumbarse».

Al término del Octubre Misionero, el testimonio de la Iglesia de Tabuk recuerda que la misión se vive haciendo reconocible el Evangelio a través de gestos concretos: «recomponer las divisiones, educar a los jóvenes en la fraternidad, custodiar las culturas y estar al lado de quienes defienden sus tierras frente a los intereses de la explotación», señala el obispo.

En las montañas del norte de Filipinas, los gongs siguen custodiando la memoria de la paz. El obispo espera que «puedan sonar siempre, anunciando comunidades reconciliadas y pueblos capaces de convivir fraternalmente, sin renunciar a su propia identidad». Monseñor Mejia concluye: «Cristo es el Príncipe de la paz. Vivamos, recemos y trabajemos para que la paz de Cristo no sea solo una palabra pronunciada durante la liturgia, sino una realidad vivida en las relaciones entre las personas y en el cuidado de la casa común».
(Agencia Fides 29/10/2026)


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