EUROPA/ITALIA - “La misión hoy consiste en salir de la zona de confort”. Entrevista al superior general de la Sociedad de Misiones Africanas

viernes, 9 octubre 2026

SMA

Por Antonella Prenna

Roma (Agencia Fides) – Desde hace casi año y medio, el padre François Marie Hervé du Penhoat está al frente de la Sociedad de Misiones Africanas (SMA), una congregación que atraviesa un profundo proceso de transformación. Tras muchos años como superior provincial en Lyon, fue elegido superior general en mayo de 2025, durante la XXII Asamblea General del instituto, celebrada en Rocca di Papa. La nueva responsabilidad le ha llevado a desenvolverse en un entorno todavía más internacional, entre distintas lenguas y culturas, viajes constantes y nuevos desafíos.

En conversación con la Agencia Fides, reflexiona sobre los retos de una congregación misionera llamada a replantearse su manera de ser y de actuar. El mundo en el que los misioneros partían hacia territorios sin comunidades cristianas ha cambiado profundamente. En muchas regiones de África, las Iglesias locales están ya consolidadas y la misión adopta nuevas formas. Ya no se trata únicamente de llevar el Evangelio a tierras lejanas, sino de redescubrir la dimensión misionera de cada cristiano y de cada comunidad.

La formación de los jóvenes misioneros, la inculturación, la colaboración entre las distintas provincias y la elección de los destinos plantean hoy interrogantes fundamentales para la SMA: ¿cómo formar auténticos misioneros? ¿Cómo vivir junto a las personas, en lugar de limitarse a hablarles? ¿Y cómo mantener viva la vocación misionera en un mundo cada vez más globalizado, individualista y virtual? La reflexión del padre François parte de su propia experiencia, pero abarca también el sentido de la misión y el futuro de una congregación que, pese a atravesar una etapa de cambios, sigue considerando la cercanía a las personas como el núcleo de su vocación.

«Para mí ha sido un cambio enorme. Estaba acostumbrado a Francia, donde todo funcionaba de una manera bastante sencilla. Ahora, como superior general, tengo que afrontar muchos desafíos: los idiomas, los desplazamientos... Y hay algo bastante frustrante: llegar a un lugar sabiendo que probablemente no volverás a él. Es muy distinto de lo que hacía antes», cuenta el misionero.

«La semana pasada estuve en Inglaterra y conocí a muchas personas, pero no creo que vuelva, porque hay muchísimos lugares que visitar y muy poco tiempo. En realidad, seis años de mandato pasan muy deprisa», observa. «Uno de los primeros retos que tuvimos que afrontar con el nuevo equipo fue precisamente formar el grupo. La mayoría de los colaboradores procedía de las provincias o de los distritos. Así que, salvo dos compañeros que habían formado parte del Consejo anterior, todos eran nuevos y venían de países diferentes. Tuvimos que aprender a trabajar juntos sin conocernos previamente. Todo era nuevo, pero me siento afortunado: tenemos un buen equipo y nos entendemos bien».

-¿Cómo ve la misión en general? ¿Encuentra diferencias entre la época en que comenzó, hace muchos años, y las comunidades con las que se encuentra ahora?

-Sí. Creo que hoy la misión es mucho más difícil. Antes me parecía más sencilla. Me veía como uno de los últimos misioneros «de la vieja escuela»: iba a lugares donde no había cristianos ni iglesias. Hoy, en cambio, hay una diócesis y nosotros formamos parte de ella. En una ocasión puse en marcha una nueva zona de misión. Para mí fue un privilegio poder acompañar el proceso por el que algunas personas se convertían al cristianismo y, después, se construía una iglesia. Era una iglesia que nacía de una pequeña comunidad en los pueblos. Fue una experiencia maravillosa. Recuerdo que visitaba a menudo los pueblos y que a las cinco y media o a las seis de la mañana ya había gente rezando. Veía a personas arrodilladas en la capilla a las cinco y media, cuando apenas seis meses antes todavía no eran cristianas. Había algo extraordinario en aquello. Sentía que estábamos siendo testigos de un misterio, de algo que tenía que ver con la relación entre Dios y cada persona. Para mí fue un momento privilegiado.

Pero, volviendo a su pregunta, aquella etapa está prácticamente llegando a su fin. En toda esa parte de África ya existen comunidades cristianas: apenas quedan grandes extensiones sin iglesias ni cristianos. Nos han pedido que vayamos a nuevos países, a lugares concretos; quizá allí volvamos a encontrar una situación parecida.

Creo que debemos replantearnos la misión desde sus fundamentos. Cuando llegó el Papa Francisco, al principio me desconcertó un poco. Yo enseñaba misionología y, en tiempos de Juan Pablo II, la distinción estaba muy clara: estaban los sacerdotes diocesanos y estaban los misioneros. Nosotros éramos los misioneros. Con Francisco, sin embargo, cambió la perspectiva: todos somos misioneros, toda la Iglesia es misionera. La semana pasada, en Inglaterra, adonde iba les decía a las personas: «Tenéis que ayudar a vuestro sacerdote para que él pueda ayudaros a trabajar juntos». Pero también vuestros sacerdotes son misioneros: deben salir de la parroquia para encontrarse con la gente. La misión no es solo tarea del sacerdote; también os corresponde a vosotros. Por eso, deben animaros a salir de la iglesia e ir al encuentro de los demás.

Personalmente, he necesitado tiempo para asimilar esta nueva dimensión. Veo que nuestra gente tampoco la ha comprendido del todo. Probablemente hará falta todavía mucho tiempo. En realidad, necesitamos un cambio profundo de mentalidad, una verdadera conversión de nuestra manera de actuar para dirigirnos a los demás y salir al encuentro de quienes están fuera. El gran desafío misionero de nuestro tiempo consiste precisamente en ayudar a todos a salir de su zona de confort.

Para mí, otro reto es acompañar a quienes sufren. Creo, sin embargo, que nuestra gente necesita más preparación y apoyo para hacerlo. Por ahora, no estamos haciendo todo lo que deberíamos por ellos. Y, aun así, estoy convencido de que la simple presencia -estar allí y permanecer al lado de las personas- es fundamental.

-¿Cómo deciden enviar a un misionero a un lugar determinado? ¿Suelen destinar a cada uno a su tierra de origen?

-No, nos oponemos a esa práctica. Existe una tendencia a hacerlo, pero creemos que se perdería uno de los elementos fundamentales de nuestra vocación misionera si cada uno ejerciera su misión en su propia tierra. Creo que lo que el obispo espera de nosotros es precisamente que aportemos algo diferente, algo nuevo a la diócesis. Recuerdo que en Nigeria me dijeron: «Vosotros sois ajenos a todas las disputas y luchas de poder».
Yo era vicario general en Benín y el entorno del obispo recordaba casi a la corte de una ciudad medieval. Cuando eres extranjero, aportas algo distinto y, si desempeñas bien tu función, creo que también puedes contribuir a la paz.

-¿Cómo encaja todo esto en la organización actual de la SMA?

La SMA atraviesa una etapa de transición. Tradicionalmente, cada país europeo se hacía cargo de un país africano. Los italianos trabajaban principalmente en Costa de Marfil; los irlandeses, en Nigeria, Ghana y Liberia; y los franceses, en Costa de Marfil, Benín y Togo.

Al principio, sin embargo, la SMA funcionaba como una organización internacional muy centralizada. Después pasó a un sistema muy descentralizado, en el que cada provincia europea se ocupaba de un país. Cada una funcionaba casi como un pequeño reino independiente. En aquella época, el Consejo General ejercía sobre todo una autoridad de gobierno, y todo se organizaba desde Cork, en Irlanda, o Lyon, en Francia. Así funcionaban las cosas.

Desde hace unos cuarenta años estamos cambiando de rumbo gracias a la creación de nuevas provincias y unidades en África. Hoy tenemos un sistema mixto. Las provincias piden autonomía, pero la formación es responsabilidad de toda la Sociedad. Antes, en cambio, cada provincia tenía su propio sistema formativo.

El Consejo General tiene que afrontar numerosas cuestiones. Creo que durante este último año hemos conseguido mantener un buen equilibrio. Cuando se trata de un nombramiento, dos unidades dialogan y acuerdan el envío de un misionero para contribuir al desarrollo de la comunidad o del país de destino.

Lo importante es saber adaptarse, seguir el ritmo de los cambios y responder a los desafíos concretos de cada país. Visitar los lugares nos permite evaluar la situación y, a partir de ahí, decidir qué conviene hacer en Nigeria, Togo o cualquier otro país.

También hemos avanzado en la colaboración entre las distintas unidades. En el pasado, una provincia abría una nueva misión por su cuenta: la provincia de Estrasburgo se iba a Estados Unidos, la francesa a España... Funcionaba un poco como en las órdenes monásticas, en las que un monasterio daba origen a otro. Ahora las decisiones se toman conjuntamente. Por ejemplo, este año hemos decidido abrir una misión en Chad. Ha sido una decisión nueva, adoptada en el Consejo Plenario, y ya estamos poniendo en marcha el proyecto, también por razones económicas.

Además, estamos construyendo dos nuevas casas de formación en Tanzania: una para el segundo noviciado, o año espiritual, y otra para los estudios de Filosofía. En Zambia, por su parte, tenemos una estructura dedicada a la formación religiosa.

Ayer nos reunimos con todos los responsables de la SMA en el mundo para colaborar y buscar soluciones comunes. En cierto sentido, esto constituye una llamada profética. Y una congregación misionera también debe ser profética. Por tanto, deberíamos serlo por partida doble.

Tenemos misioneros en Filipinas y en India, y contamos con muchos jóvenes en formación: creo que son más de 400. Es un gran desafío. Pero ¿cómo conseguir que lleguen a ser auténticos misioneros? Para mí, esta es la cuestión fundamental. Enviar personas por todo el mundo es relativamente fácil; mucho más difícil es formar verdaderos misioneros, personas que deseen realmente anunciar el Evangelio. En nuestra última Asamblea General hablamos precisamente del celo misionero.

-En relación con la formación y la inculturación, ¿qué aspectos considera especialmente importantes?

- En Francia comprendí mejor la importancia de la inculturación. Cuando trabajaba en África, tuve que aprender la cultura local, la de la región en la que ejercía mi ministerio. Después entendí que mis compañeros africanos que vienen a Francia deben hacer exactamente lo mismo.
Es algo fundamental para nosotros. Pero también plantea un nuevo desafío: cómo relacionar la cultura con el anuncio del Evangelio, especialmente en una sociedad marcada por una cultura global y, en particular, por el individualismo. No podemos limitarnos a adaptarnos a esa cultura. Tenemos que crear nuestra propia cultura cristiana y, como misioneros, también una cultura misionera. Hoy nos falta algo en este sentido. Antes, cuando alguien ingresaba en una sociedad misionera, había una manera concreta de ser misionero: la propia atmósfera, el entorno y la experiencia compartida contribuían a formarlo. Hoy hemos perdido parte de esa referencia común.

-¿Cuántos miembros tiene la congregación?

- Somos 902. No somos una congregación enorme.
En Francia intente acercarse a un nuevo movimiento misionero. Algunas de las personas que lo integran viven una experiencia misionera muy intensa y cotidiana, dirigida sobre todo a los jóvenes en las playas, a quienes dicen: «Jesús os ama». Son personas estupendas. Sin embargo, personalmente no me siento cómodo con ese enfoque. Creo que nuestra manera de actuar consiste en estar en medio de la gente y compartir su vida. En este sentido, nuestra propuesta va a contracorriente de la nueva cultura virtual. La parte más importante de nuestra vida debería consistir en convivir con las personas. La inculturación significa compartir la vida de la gente y transmitir la presencia de Cristo a través de nuestra propia vida y de lo que somos.

-A propósito de Francia, ¿Qué le pareció el último viaje del Papa León XIV a Francia?

-Yo estaba en Inglaterra, muy ocupado, pero seguí el viaje. Creo que todo el mundo valoró positivamente la visita y la manera de actuar del Papa: su capacidad de escuchar a las personas y su atención a todos, incluidos los enfermos de Lourdes. Diría que la acogida fue muy, muy positiva. Ni siquiera los intelectuales anticlericales encontraron motivos para criticarlo. Nadie puso objeciones, salvo por el elevado coste del viaje. Pero creo que actuó bien y respondió a las necesidades del momento.
Es increíble hasta qué punto presta atención a las personas. Cuando era superior provincial, me ocupaba de cuestiones relacionadas con los abusos. Por eso me fijé especialmente en lo que hizo en Lourdes, donde recibió a siete víctimas de abusos y dedicó unos quince minutos a cada una. Es una parte considerable del tiempo disponible durante un fin de semana. Todas sintieron que habían sido escuchadas, escuchadas de verdad.

-Y en esta casa de Roma ¿Cómo es la vida?

-Actualmente somos unas veinte personas y acogemos a algunos estudiantes. Hasta este año también vivía aquí una comunidad de religiosas franciscanas indias, pero se han marchado para abrir en Roma una especie de casa provincial para Europa. Por ese motivo, hemos decidido no admitir nuevos estudiantes durante este curso. Ahora tenemos que aprender a gestionar la casa por nuestra cuenta y ver cómo organizarnos.
La presencia de las religiosas hacía la vida mucho más cómoda. Nosotros también colaborábamos, por supuesto, pero había muchas tareas de las que ellas se ocupaban sin que apenas nos diéramos cuenta. Se encargaban de numerosos aspectos de la vida cotidiana. Prescindir de esa ayuda también supone un desafío para mí. Tenemos que preguntarnos para qué sirve esta casa. No necesitamos una estructura tan grande. Nos bastaría una residencia en Roma para dos o tres personas: alguien que se ocupe de las relaciones con el Vaticano y dos o tres estudiantes. Eso podría ser suficiente. Si decidimos mantener esta casa, que supone unos gastos considerables, tenemos que encontrar una razón de ser para ella.
(Agencia Fides 9/10/2026)

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