De las llanuras costeras del sur de India a las faldas del Himalaya: el camino misionero del obispo Edward Baretto

miércoles, 7 octubre 2026 misión   obispos   iglesias locales  

Por Marie-Lucile Kubacki

Darjeeling (Agenzia Fides) – Cuando el 29 de noviembre de 2025 el Papa León XIV nombró al sacerdote Edward Baretto obispo coadjutor de Darjeeling, puso un sello singular a cuatro décadas de trayectoria misionera que han atravesado todo el subcontinente indio: desde una familia católica de escasos recursos en la diócesis de Mangalore, en Karnataka, hasta las colinas cubiertas de plantaciones de té donde India limita con Bután y Sikkim.

Fue ordenado obispo el 21 de enero de 2026 en Kalimpong, en presencia del nuncio apostólico en India y Nepal, Leopoldo Girelli. Desde entonces ejerce su ministerio junto al obispo Stephen Lepcha al servicio de una diócesis en la que ya había desempeñado numerosas tareas desde que era adolescente.

«Éramos ocho hermanos y éramos muy pobres», cuenta a Fides al recordar su infancia en Alampuri, cerca de Mangalore. «A pesar de todo, conseguí terminar mis estudios, aunque con muchas dificultades». Su padre enfermó de cáncer cuando Edward todavía estaba en la escuela primaria, y tuvo que ayudar en casa mientras su madre salía a trabajar. «Incluso si no hubiera perdido aquel tiempo, mi familia no habría podido permitirse enviarme a la escuela», añade. Su recorrido, explica, estuvo marcado por la gracia y la dedicación, en unas circunstancias en las que nada podía darse por supuesto ni considerarse un derecho adquirido.

Su vocación le llevó lejos de casa. En 1982, con 17 años, ingresó en el Seminario Menor Juan XXIII de Darjeeling, a casi 2.500 kilómetros de su tierra natal, en el sur. Más tarde estudió en el Seminario Regional Morning Star de Calcuta, obtuvo un máster en Filosofía en Pune y una licenciatura en Derecho Canónico en Bangalore, después de su ordenación sacerdotal en Darjeeling en 1993.

El paso del sur tropical al norte del Himalaya no fue fácil. «Cuando aprendes la lengua, tienes la llave para entrar en una comunidad», explica al recordar sus primeros años en las colinas. «A partir de entonces, las cosas fueron mucho más fáciles para mí». Visitaba los pueblos para celebrar y ejercer su ministerio durante Navidad y encontró también en la música una forma de acercarse a la vida local. «También esto fue bien acogido, y así pude integrarme rápidamente». Esta manera de insertarse en la comunidad se repitió a lo largo de su ministerio: fue subdirector del seminario menor, profesor en el Morning Star, párroco en Kalimpong, vicario judicial y, más recientemente, director del Centro Pastoral Divya Vani.

Hoy la diócesis cuenta con unos 35.000 católicos, «eso es todo», observa sin darle mayor importancia, repartidos por un territorio de más de 9.500 kilómetros cuadrados que comprende las colinas de Darjeeling, Sikkim y el Reino de Bután. Es un pequeño rebaño que, según relata, ha logrado mantener una convivencia especialmente armoniosa con sus vecinos. «En cuanto a la armonía religiosa, no tenemos grandes problemas, a diferencia de otras partes de India, donde seguramente habréis oído hablar de conflictos», afirma. «Vivimos en armonía y, entre los cristianos, la armonía es excelente hasta ahora. Participamos en las iniciativas de unos y otros y, cuando nos encontramos, todo va muy bien». Pone algunos ejemplos concretos: «Organicé un diálogo interreligioso e invité a muchas personas. Salió muy bien, vinieron todos, organizamos una cena para ellos y hubo un intercambio de opiniones». Para él, el diálogo no es una idea abstracta, sino una experiencia que se construye encontrándose y compartiendo tiempo.

Gran parte de su vida pastoral se ha desarrollado entre las comunidades de las plantaciones de té de la región, cuya presencia católica se remonta a la llegada, en el siglo XIX, de trabajadores procedentes de Chotanagpur. «Aquí la mayoría de la gente trabaja en las plantaciones de té», explica. «Los trabajadores de las plantaciones no tienen tierras propias; simplemente trabajan para las plantaciones. Encontrar una vivienda es muy difícil para las familias que viven en ellas».

Cuando se le pregunta por alguna experiencia que haya marcado su manera de entender la misión, recuerda un matrimonio entre un hombre católico y una mujer hindú. Al darse cuenta de que la novia y su familia se encontraban incómodas, les explicó que no estaba allí para obligar a nadie y que respetaba profundamente su tradición. Tranquilizada, la mujer comenzó a acudir regularmente a la iglesia y, finalmente, pidió ser bautizada. «Me dio las gracias por haberle dejado libre y por no haber ejercido ninguna presión sobre ella», recuerda el obispo. «Eso fue precisamente lo que le permitió encontrar su propio camino».

Ante los matrimonios mixtos, frecuentes en una región donde los católicos son pocos, incluso entre los cristianos, Baretto prefiere actuar con delicadeza y respeto. Bautizar a alguien sin un consentimiento auténtico, observa, «sería contrario a la Constitución civil y también a la propia enseñanza de la Iglesia, porque significaría imponer nuestra religión a alguien. No se trata de rechazarlos: si quieren acercarse, son libres de hacerlo».

Por su situación geográfica, la diócesis confía también al obispo Baretto la atención pastoral de la pequeña comunidad católica de Bután, que cuenta con un solo sacerdote local. Es una historia singular, estrechamente vinculada a la familia real de este reino oficialmente budista. «Hubo misioneros jesuitas en Bután, invitados por el rey», relata. «Muchos miembros de la familia real estudiaron en Darjeeling, en su mayoría bajo la dirección de los jesuitas». La historia resulta especialmente significativa. A mediados del siglo XX, la St. Joseph’s School de Darjeeling, conocida popularmente como North Point, se convirtió bajo la dirección de los jesuitas en un prestigioso centro educativo para las élites del Himalaya. Allí estudiaron varias generaciones de la dinastía real de los Wangchuck y miembros de la aristocracia butanesa, comenzando por el tercer monarca del país, Jigme Dorji Wangchuck, antiguo alumno de la escuela, que desde 1961 impulsó la modernización del sistema educativo de Bután. En este contexto, en 1963, el primer ministro de Bután, Jigme Palden Dorji, cuñado del rey, invitó a los jesuitas de Darjeeling a trabajar en el desarrollo de la educación del país.

«Desde entonces y hasta la salida de los jesuitas de Bután en 1989, numerosos jesuitas de Darjeeling trabajaron en tres localidades para impulsar la educación, entre ellos el padre William Mackey, que vivió allí hasta su muerte en octubre de 1995; el padre Gerard Leclaire, fundador del primer college del país; y el padre John Coffey, pionero en Punakha, la capital de verano de Bután», señala la página web oficial «Darjeeling Jesuits of North Bengal». «Después de la muerte del padre Mackey, la atención pastoral en el reino se resintió por la ausencia de un misionero católico sobre el terreno», se lee en el mismo sitio. Sin embargo, puesto que Bután está bajo el cuidado pastoral de la diócesis de Darjeeling, desde allí acudían periódicamente sacerdotes para celebrar la Misa con esta comunidad católica, considerada uno de los antiguos grupos de creyentes cristianos del reino. Muchos de ellos habían abrazado la fe católica cuando ellos mismos o sus padres vivían en Darjeeling, en India. «El padre Kinley Tshering, primer y único sacerdote católico originario de Bután, de familia budista, encarna esta historia y es un puente vivo», prosigue el obispo. De niño fue enviado a la St. Joseph’s School de Darjeeling y más tarde descubrió su vocación gracias a un encuentro singular con santa Teresa de Calcuta durante un vuelo, en el que le tocó sentarse junto a ella. Ingresó en la Compañía de Jesús y fue ordenado sacerdote en 1995. «Ahora desarrolla un hermoso ministerio de presencia», explica el obispo Edward Baretto.

Al mirar retrospectivamente sus sucesivos cambios de lugar y de responsabilidad -del sur al norte, de la parroquia al tribunal eclesiástico y al seminario-, el obispo Baretto resume una convicción que parece haber marcado todo su ministerio: «No se puede forzar nada, ya saben; hay que acoger la vocación. No debemos obligar a nadie en materia de fe. Estamos llamados a vivirla y a rezar». Es la misma lógica serena y paciente que llevó a un muchacho de un pueblo de Karnataka hasta el corazón de una Iglesia del Himalaya, encajada entre India, Sikkim y Bután.
(Agencia Fides 7/10/2026)


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