La misión es de Dios. La 48ª edición del Curso Latinoamericano de Animación Misionera continúa bajo el signo de la “Missio Dei”

miércoles, 15 julio 2026 iglesias locales  

Ciudad de México (Agencia Fides) – «No es la Iglesia la que tiene una misión, sino la misión de Dios la que tiene una Iglesia». Este es el eje central de la reflexión propuesta por el padre John Kennedy Joseph, misionero del Verbo Divino, profesor en diversas instituciones de educación superior en México y especialista en eclesiología y pastoral, durante la cuadragésima octava edición del Curso Latinoamericano de Animación Misionera (CLAEM), uno de los principales espacios de formación misionera en América Latina.
El Curso, que se desarrolla del 28 de junio al 24 de julio, ofrece un itinerario de profundización teológica y pastoral sobre la «Missio Dei», la iniciativa trinitaria de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que envía a la Iglesia a participar, como sacramento del Reino, en su obra de reconciliación, justicia y salvación en la historia.

Un camino bíblico y teológico

El CLAEM, organizado en Ciudad de México por las Pontificias Obras Misionales en colaboración con el Instituto Intercontinental de Misionología, reúne durante cuatro semanas a directores diocesanos de misiones, sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas y laicos implicados en la animación misionera. El objetivo es fortalecer su formación bíblica, teológica y pastoral.
El camino de reflexión sobre la Missio Dei comienza con las grandes páginas del Antiguo Testamento: desde la vocación de Abrahán y la historia del pueblo liberado de Egipto hasta la figura del Siervo del Señor y el ministerio profético, la misión se presenta como un hilo conductor que atraviesa toda la Escritura, preparando la plena revelación del designio salvífico de Dios en Jesucristo.
La primera semana, animada por la hermana María del Socorro Becerra Molina, HMSP, ha permitido volver a leer la historia de la salvación como expresión de la misericordia de Dios que ve la aflicción, escucha el clamor de los pobres y desciende para liberar, y ayudó a contemplar al Espíritu Santo como verdadero protagonista de la evangelización, a partir de Pentecostés y de los Hechos de los Apóstoles.

La misión como «forma histórica del amor trinitario»

Durante la segunda semana, el padre John Kennedy Joseph ha dedicada varias conferencias a la eclesiología de la misión, desarrollando su fórmula: «No es la Iglesia la que tiene una misión, sino la misión de Dios la que tiene una Iglesia». Desde esta perspectiva, la misión de la Iglesia nace de la misión de Cristo, enviado a su vez por el Padre, y se despliega bajo la fuerza del Espíritu; por ello, explicó el ponente, «toda misión cristiana es trinitaria: encuentra su origen en el Padre, su forma en Cristo y su fuerza en el Espíritu».
Lejos de toda lógica de conquista o de propaganda religiosa, la Missio Dei es, según el padre John Kennedy, la forma que toma históricamente el amor trinitario: Dios crea, llama, libera, perdona, sana y reconcilia, y la Iglesia existe para servir y dar testimonio de este amor en contextos concretos.
De este modo, la misionología (que contempla la Missio Dei) y la eclesiología del Pueblo de Dios aparecen íntimamente vinculadas: la misión como iniciativa del Dios Uno y Trino está relacionada con la Iglesia, pueblo histórico y sacramental, como forma concreta a través de la cual este amor se manifiesta en las culturas, en los territorios y en las periferias.

Pueblo de Dios, territorio y semillas del Reino

El padre John Kennedy Joseph también ha vuelto a proponer la renovación eclesiológica del Concilio Vaticano II a la luz de la noción de Missio Dei, insistiendo en la categoría de «Pueblo de Dios». A la luz de la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium, ha recordado que la Iglesia no se define ante todo como una sociedad perfecta, sino como misterio de comunión, pueblo convocado por Dios y sacramento de salvación, en el que el bautismo funda la igualdad radical entre todos los fieles.
Se trata de un pueblo descrito como una comunidad histórica, visible y situada, que vive en culturas determinadas, habita territorios concretos, afronta conflictos reales y discierne los signos de los tiempos en medio de pueblos concretos. El territorio, por tanto, no es solamente un espacio geográfico, sino un lugar marcado por la vida del pueblo que lo habita, con su memoria, sus sufrimientos y sus esperanzas.
«Jesús no anunció en primer lugar la Iglesia, sino el Reino. La Iglesia existe para servir al Reino». Una vocación –ha recordado el padre Kennedy– que se realiza encontrando el modo de caminar juntos. Por ello, la auténtica sinodalidad en la Iglesia no es una invención metodológica ni una receta de «construcción de equipos», sino la forma histórica experimentada de la vida como Pueblo de Dios: laicos, mujeres, jóvenes, pobres, pueblos indígenas, migrantes, víctimas, ministros ordenados y consagrados, llamados a vivir y discernir juntos lo que el Espíritu pide, orientados al servicio de la misión.
Es el pueblo de una «Iglesia en salida» –según la expresión desarrollada por el Papa Francisco–, solícita en acercarse a los excluidos y en servir al Reino en sociedades marcadas por la injusticia, la violencia y las crisis ecológicas.
Para el padre Kennedy, el Reino constituye, por tanto, el horizonte de la misión. Don gratuito de Dios y tarea histórica, se hace visible allí donde se manifiestan la vida, la justicia, la reconciliación, la fraternidad y la paz, especialmente entre los pobres y excluidos, según las grandes intuiciones desarrolladas y asumidas después del Concilio Vaticano II también en las grandes Asambleas continentales de las Iglesias latinoamericanas de Medellín (1968), Puebla (1979), Santo Domingo (1992) y Aparecida (2007).
(MLK) (Agencia Fides 15/7/2026)


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