AMÉRICA/ARGENTINA - La diócesis de La Rioja, a un mes de la celebración del 50º aniversario del martirio de los 4 beatos

viernes, 19 junio 2026

Diocesi di La Rioja

La Rioja (Agencia Fides) – A un mes del 50º aniversario del martirio de los cuatro beatos de La Rioja, toda la población se está preparando para conmemorar al obispo Enrique Angelelli, a los sacerdotes Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville, y al laico, esposo y padre Wenceslao Pedernera, quienes dieron la vida por el Evangelio y por sus hermanos. Durante el período del régimen militar, aunque buscaban el bien común, fueron considerados sospechosos y asesinados. “La Iglesia los ha proclamado beatos en 2019 y este año, en el 50º aniversario de su martirio, los celebramos dando gracias por sus vidas entregadas al servicio de los demás”, escribe a la Agencia Fides el obispo de la diócesis de La Rioja, Dante Braida.

Los cuatro beatos serán recordados en diversos eventos que se prolongarán del 17 de julio al 2 de agosto de 2026. Entre ellos, el 17 de julio se celebrará una misa en la catedral de La Rioja, dedicada a San Nicolás de Bari, seguida de otras celebraciones en los lugares donde estas figuras ejemplares perdieron la vida de manera violenta.

En enero de 2026, el obispo Braida había anunciado la apertura del Jubileo diocesano por el 50º aniversario de su martirio (véase Agencia Fides 8/1/2026). A continuación, se presentan breves biografías de los cuatro beatos riojanos.

- El obispo Enrique Ángel Angelelli nació en Córdoba, Argentina, el 17 de julio de 1923 y fue ordenado sacerdote en Roma el 9 de octubre de 1949. En 1951 obtuvo la Licenciatura en Derecho Canónico en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Al regresar a su ciudad natal, Córdoba, en septiembre de 1951, ejerció como vicario auxiliar en la parroquia de San José, en el barrio de Alto Alberdi, ocupándose también de la asistencia a los enfermos en el Hospital Clínicas. Fue nombrado secretario adjunto de la Curia Arzobispal. En diciembre de 1960 fue nombrado obispo titular de Listra y obispo auxiliar de la arquidiócesis de Córdoba.
Ante el sufrimiento y la miseria derivados de las injusticias sociales, se convirtió en voz, en sus homilías y en sus intervenciones públicas, de campañas de solidaridad para aliviar el hambre y el abandono de los necesitados. En una de sus actividades episcopales, al ser invitado a bendecir viviendas para trabajadores de las canteras de cal de Malagueño, subrayó tanto a empresarios como a trabajadores el valor del compromiso con “Cristo sufriente encarnado en los trabajadores”; y eligió almorzar con ellos en lugar de hacerlo en el espacio reservado a los empresarios.
Defensor del trabajo de sacerdotes y religiosas comprometidos con los pobres, participó en los debates del Concilio Vaticano II en Roma, donde en 1965, junto con otros 42 obispos, firmó el “Pacto de las Catacumbas”, promoviendo una Iglesia al servicio de los pobres.
A los 45 años, el 24 de agosto de 1968, asumió la guía de la diócesis de La Rioja. Valorando la historia y la cultura local, fortaleció la religiosidad popular, promovió la formación de cooperativas campesinas e impulsó la sindicalización de peones rurales, mineros y trabajadores domésticos. La persecución de la Iglesia en La Rioja se intensificó tras la instauración de la dictadura militar en marzo de 1976, con hostigamientos y arrestos de sacerdotes, religiosas y laicos, e incluso torturas. Al obispo se le aconsejó abandonar La Rioja, pero él se negó, afirmando: «Eso es precisamente lo que quieren, que me vaya para que las ovejas se dispersen». El 4 de agosto de 1976, el obispo Angelelli fue asesinado cerca de Punta de Los Llanos mientras regresaba de Chamical a La Rioja. El tribunal estableció que la muerte del obispo fue un «homicidio premeditado a sangre fría, previsto por la víctima». Las investigaciones quedaron suspendidas hasta su reapertura definitiva en 2006, que culminó con la condena de algunos de los responsables en 2014.

- El padre Carlos de Dios Murias nació en la provincia de Córdoba el 10 de octubre de 1945. Fue ordenado sacerdote en Buenos Aires el 17 de diciembre de 1972 por el obispo de La Rioja, Enrique Angelelli, a quien conocía desde la adolescencia. En 1976 fue destinado de forma permanente al servicio pastoral en la diócesis de La Rioja, donde el obispo Angelelli lo nombró vicario asistente de la parroquia de “El Salvador” en Chamical, junto al sacerdote francés p. Gabriel Longueville, llegado a esa comunidad en 1971. En sus homilías denunció diversas injusticias en Chamical, como las precarias condiciones de vida de los campesinos, que recibían salarios muy bajos por su trabajo. Durante la dictadura militar, el p. Carlos continuó predicando con firme convicción, denunciando con fervor las injusticias de aquella época. Destacó su valentía en la defensa de los más pobres; alzó la voz con fuerza y sin miedo en favor de los marginados. Tras recibir amenazas, afirmó en una homilía: “Pueden silenciar la voz de este sacerdote. Pueden silenciar la voz del obispo, pero nunca podrán silenciar la voz del Evangelio”. La noche del 18 de julio de 1976, el p. Carlos y el p. Gabriel estaban cenando en la casa de las Hermanas de San José cuando llegaron unos hombres desconocidos, con credenciales de identificación, que afirmaban ser agentes de la Policía Federal. Le pidieron al p. Carlos que los acompañara a la ciudad de La Rioja con el pretexto de declarar a favor de algunos detenidos de Chamical. El padre Gabriel se negó a dejarlo ir solo y dijo: “Voy con ustedes”. Sin embargo, en lugar de ser conducidos a la capital, fueron llevados por la Ruta Nacional 38, a 8 km de Chamical, donde fueron torturados y luego acribillados a balazos. Sus cuerpos fueron hallados dos días después por unos trabajadores ferroviarios. El padre Carlos tenía 30 años y el p. Gabriel 45 cuando fueron asesinados.

- El padre Gabriel Longueville nació el 18 de marzo de 1931 en Étables, una pequeña localidad de Ardèche, en el sur de Francia. Desde muy joven manifestó su vocación sacerdotal y en 1948 ingresó en el seminario mayor de Viviers. En 1952 su formación se vio interrumpida por la llamada a filas durante la guerra colonial francesa contra los argelinos que luchaban por la independencia. Esta dura experiencia lo marcó profundamente. En 1956 regresó al seminario para completar su formación sacerdotal y el 23 de julio de 1957 fue ordenado sacerdote. En 1968 decidió responder al llamado del papa Pío XII, que en la encíclica Fidei Donum animaba a los sacerdotes diocesanos a comprometerse en la labor misionera en los países donde debía difundirse el don de la fe.
El 1 de febrero de 1970 llegó a Argentina, concretamente a la arquidiócesis de Corrientes, aunque antes pasó tres meses en Cuernavaca, México. En 1971, de común acuerdo con el responsable argentino del Comité Episcopal Francia-América Latina, se trasladó a la diócesis de La Rioja, donde se unió al proyecto pastoral del obispo Angelelli. El 7 de mayo de 1971 fue nombrado vicario de la parroquia de El Salvador en Chamical, La Rioja.
Los habitantes del lugar lo recuerdan como un hombre sencillo, amable y disponible, que visitaba a los vecinos en bicicleta, especialmente a los más pobres, lo que lo hacía muy querido por todos. Como párroco, se dedicó a conocer a toda la comunidad, recorriendo cada rincón de la parroquia
La noche del 18 de julio de 1976, el p. Gabriel quiso acompañar a su amigo el p. Carlos, que había sido llevado por desconocidos que afirmaban ser de la Policía Federal, con el pretexto de llevarlo a La Rioja para declarar en favor de algunos detenidos de Chamical. Sus cuerpos fueron encontrados dos días después en la zona de Bajo de Lucas, a 8 km de la iglesia parroquial, donde habían sido asesinados. Es importante subrayar el espíritu misionero del p. Gabriel, que lo llevó a dejar su tierra natal para servir como sacerdote en lugares donde había muy pocos. Era un hombre de profunda entrega, constantemente dedicado a su misión. Sabía muy bien lo que estaba ocurriendo aquella noche del 18 de julio; era plenamente consciente de la situación. Ya habían recibido amenazas y, desde lo profundo del corazón, declaró con firmeza: “Estoy con ustedes”, según relataron las religiosas que lo habían hospedado en la cena de aquella noche en la que fue asesinado junto a su amigo el p. Carlos.

- Wenceslao Pedernera nació el 28 de septiembre de 1936 en la provincia de San Luis. En 1961 se estableció en Mendoza, donde trabajó como jornalero en las fincas vitivinícolas “Gargantini”. Casado y padre de familia, en 1968 se acercó a la Iglesia durante la novena a la Virgen de Carrodilla. En 1972, junto a su esposa Ramona Cornejo, participó en dos cursos de formación en la diócesis de La Rioja. Gracias a su compromiso y disponibilidad, a finales de 1973 fue nombrado coordinador del Movimiento Rural de Acción Católica en Argentina para la región de Cuyo. En 1974 ingresaron en el proyecto comunitario “La Buena Estrella”, hasta que el obispo Angelelli les pidió que lo abandonaran por motivos de seguridad. Se trasladó con su familia a un terreno cercano a la parroquia de Nuestra Señora de la Candelaria en Sañogasta. Junto a su esposa eran catequistas en “La Puntilla”, en las afueras de Sañogasta, y recogían ropa para distribuir entre los necesitados. Wenceslao siguió colaborando con los habitantes de Sañogasta; fue un gran promotor del trabajo cooperativo entre los campesinos, enseñándoles a arar, sembrar, excavar canales de riego y cosechar. Buscó poner en práctica el mensaje del Evangelio dando prioridad a los más vulnerables y se comprometió a defender los derechos de los trabajadores rurales que, en su época, sufrían explotación por parte de los propietarios de tierras, quienes pagaban a sus peones salarios miserables, muy poco dinero y, a veces, solo una pequeña parte de la cosecha, después de largas jornadas de trabajo. Durante la dictadura militar en Argentina, quienes apoyaban las cooperativas eran etiquetados como subversivos y, por este motivo, Wenceslao y su esposa recibieron amenazas que se concretaron en las primeras horas de la mañana del 25 de julio de 1976, cuando alguien llamó a su puerta. Asustada, su esposa le suplicó que no abriera, a lo que Wenceslao respondió que podría ser alguien que necesitaba ayuda. Abrió la puerta y cuatro hombres encapuchados le dispararon delante de su esposa y sus hijas. Testigos presenciales relataron que entre sus últimas palabras a sus hijas estuvieron: “No odien, perdonen”.
(AP) (Agencia Fides 19/6/2026)


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