Nampula (Agencia Fides) – «En Mozambique, la cruz no es solo un símbolo de fe; se ha convertido en motivo de persecución para quienes la llevan. Desde 2021, los insurgentes han comenzado a combatir bajo la bandera del Estado Islámico, atacando misiones católicas y obligando a las personas a convertirse al islam. Sin embargo, la cuestión religiosa no parece ser la causa más importante del conflicto». Así lo ha declarado el arzobispo de Nampula, Inácio Saure, I.M.C., en un reciente encuentro en el Parlamento Europeo en Bruselas.
«Una de las principales causas de la guerra en Cabo Delgado parece ser el interés de grupos vinculados a los recursos minerales. Sin embargo, nuestra respuesta no es el odio, sino el perdón, el servicio y el amor. En las provincias de Nampula y Cabo Delgado, la Iglesia católica permanece en primera línea, transformando sus parroquias en centros de refugio sin muros blindados ni guardias armados», ha recordado el prelado al referirse a los contornos del extremismo violento en el norte de Mozambique, subrayando que «creemos que la solución al problema de Cabo Delgado y de Mozambique no reside solo en la acción militar, sino en el desarrollo integral de la dignidad humana».
«Su apoyo, a través del II programa “Hungary Helps”, puede ser una luz -ha dicho el arzobispo Saure, que es también presidente de la Conferencia Episcopal de Mozambique (CEM), dirigiéndose al Parlamento Europeo-, un faro de esperanza al final del túnel oscuro para miles de desplazados, que garantice que el cristianismo y la paz sigan prosperando en suelo mozambiqueño».
La intervención del prelado se enmarca en su petición de ejercer presión sobre las multinacionales para que formen y contraten a jóvenes locales, con el fin de contribuir a resolver los problemas que favorecen el recrudecimiento del extremismo violento en la región. Según informa la prensa local, en lo que considera una presión económica, el arzobispo de Nampula invoca también la «responsabilidad empresarial», para que «las multinacionales del gas y de la minería en Cabo Delgado y Nampula no sean el problema, sino parte de la solución, y estén obligadas a contratar y formar a jóvenes del lugar, garantizando que la ayuda humanitaria sea una prioridad absoluta». Saure ha pedido además que la Unión Europea presione al gobierno de Mozambique para que las ayudas lleguen a su destino y afronten causas profundas como la exclusión, el subdesarrollo, la corrupción y la gestión de los recursos, además de proporcionar apoyo militar, «en la formación, no solo en el suministro de armas».
«Aunque apenas se hable de ello, la violencia que estalló en octubre de 2017 en Cabo Delgado no ha terminado. Se ha transformado –subraya-. Mientras las principales ciudades parecen aparentemente seguras, de ahí su sobrepoblación de desplazados que viven en condiciones deplorables, la selva y las zonas rurales siguen siendo territorios en disputa, lugares de muerte inhumana. Según las estadísticas disponibles públicamente, la guerra ha causado ya millones de desplazados internos, como acaba de afirmar el diputado Gyorgy Holvény, y más de 6.000 muertos». En el contexto de la guerra, se afirma que «no se trata solo del “enemigo sin rostro”, como lo llamaban los gobernantes al inicio del conflicto. Se trata de jóvenes locales radicalizados por la pobreza, la exclusión y de combatientes extranjeros experimentados. Son más móviles, en células más pequeñas, y ahora están atacando también la provincia de Nampula. Recordamos Chipene, donde asesinaron a la religiosa italiana Maria de Copi en 2022 (véase Fides 7/9/2022) para dispersar a las fuerzas militares», y «el perfil de los desplazados internos es el siguiente: el 80% son mujeres y niños. Nampula acoge a cientos de miles. No se encuentran solo en centros formales; la mayoría vive en familias de acogida ya empobrecidas, lo que está agotando los recursos de la provincia».
«El modelo de los centros de reasentamiento es fallido. Necesitamos soluciones de vivienda permanentes integradas en las comunidades locales. Nampula sufre epidemias cíclicas de cólera debido a la sobrepoblación y a las deficientes condiciones higiénico-sanitarias, que provocan desequilibrios ecológicos y escasez de recursos. Los servicios básicos de saneamiento son una cuestión de bioseguridad. Se está perdiendo toda una generación. Miles de niños desplazados no tienen documentos ni acceso a la escuela, lo que los convierte en objetivos fáciles para los terroristas», ha afirmado en relación con las respuestas a la crisis humanitaria. «Y la Iglesia -concluye el arzobispo de Nampula- ha sido el último baluarte, con las respuestas que ha ofrecido, centradas en el apoyo psicosocial, la distribución de ayuda humanitaria y la promoción de la cohesión social».
(AP) (Agencia Fides 30/3/2026)