VATICANO - Pío XII, la guerra de Corea y aquella Navidad de 1951

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Vatican Media

Por Gianni Valente

Roma (Agencia Fides) - En la Navidad de 1951, como ahora, el mundo estaba en guerra.
Entonces era la guerra de Corea. Comenzó con la invasión de Corea del Sur por parte del ejército norcoreano (25 de junio de 1950). Una inmensa carnicería bélica (más de tres millones de muertos civiles y militares de los ejércitos de 20 países) que terminó con el armisticio entre las partes firmado el 27 de julio de 1953 y la división entre las dos Coreas estabilizada a lo largo de la línea del frente cerca del paralelo 38.
En la Navidad de 2023, año en que se cumple el 70 aniversario de aquel Armisticio, se dan analogías sorprendentes entre aquel pasado y el tiempo presente. Analogías que recorren también las palabras y los gestos utilizados por los sucesores de Pedro -entonces y ahora- ante las tribulaciones de los pueblos y las pretensiones de las potencias del mundo.

“Reclutamiento” de las Iglesias

En junio de 1950, Corea del Norte, respaldada por la nueva China comunista de Mao Zedong, invadió Corea del Sur, protegida a su vez por Estados Unidos. El orden mundial provisional sancionado en Yalta parecía a punto de romperse en un apocalipsis nuclear. Durante el conflicto, el general estadounidense Douglas MacArthur pidió al presidente Harry S. Truman que repitiera en territorio chino y coreano los lanzamientos de bombas atómicas ya probados en Hiroshima y Nagasaki.
La intervención militar fue lanzada por un mandato de la ONU. Y en Occidente, el conflicto se percebía y se presentaba como una lucha apocalíptica contra el mal.
En esa coyuntura, la Administración estadounidense acentuó su consideración del "factor religioso" en la batalla planetaria para frenar la expansión comunista. Así lo atestiguan abundantemente los papeles de Myron Taylor, Representante Personal del Presidente de los Estados Unidos (primero de Roosvelt y luego de Truman) ante el Papa, estudiados por el historiador italiano Ennio Di Nolfo y publicados por él en el valioso volumen 'El Vaticano y los Estados Unidos 1939-1952' (Milán 1978).
Los estudios de Di Nolfo arrojan luz sobre la misión que el presidente estadounidense Truman encomendó a Taylor en julio de 1950, enviándole a Europa para entrar en contacto con líderes y comunidades eclesiásticas. Unas semanas antes, el ejército norcoreano de Kim Il Sung había invadido Corea del Sur. En los meses siguientes, Taylor se reunió con líderes de la Comunión Anglicana, las iglesias ortodoxas y las comunidades reformadas. Y el 20 de junio de 1951, escribió una carta dirigida a Pío XII. En esa carta, citando palabras atribuidas al mismo Pacelli, Taylor subraya que ha llegado el momento en que «todos los hombres y mujeres de todas las religiones» deben unirse «para combatir y resistir las malignas tendencias del comunismo». En esa batalla - sugiere Taylor - el Papa podría tener el honor de ser reconocido como la “guía espiritual” del llamado mundo libre. «Puede muy bien ser que, si los ocultos acontecimientos del futuro se desarrollan», escribe Taylor, «llegue un día en que Vuestra Santidad encuentre oportuno asumir el liderazgo de una causa tan digna para salvar a nuestro mundo civilizado de las más grandes pruebas».

Mensajes de Navidad

En aquellos años, Pío XII era muy consciente de las persecuciones contra la Iglesia que acompañaban a la expansión comunista en Europa del Este. Conocía las detenciones y los procesos contra los jefes de las Iglesias orientales: el croata Stepinac, el húngaro Mindszenty, el checo Beran, el ucraniano Slipyj. En Italia, en 1948, La Civiltà Cattolica llegó a afirmar que la “solución española”, con la ilegalización del Partido Comunista, se ajustaba a la doctrina de la Iglesia.
En los meses previos a la Navidad del 1951, la estrategia de la Administración estadounidense para implicar a las comunidades de creyentes se hizo más explícita. El 28 de septiembre, recibiendo en Washington a eclesiásticos estadounidenses de distintas confesiones, Truman reafirmó que en la nueva crisis internacional «se trata de preservar una civilización mundial en la que pueda sobrevivir la creencia en Dios».
En la noche de aquella Navidad de 1951, tanto el Presidente de Estados Unidos como el Papa se dirigieron a los hombres y mujeres de aquella trágica época. Con mensajes que se parecen en algunos pasajes.
Truman recordaba «el humilde nacimiento del niño pequeño en la ciudad de David, en el que Dios dio su mensaje de amor al mundo». Tras dirigir sus pensamientos a los soldados desplegados en el frente coreano, el Presidente estadounidense concluiría: «Sólo seremos fuertes si mantenemos la fe, la fe que puede mover montañas y que, como dice San Pablo, es la sustancia de lo que se espera y la evidencia de lo que no se ve. La victoria que alcanzaremos nos fue prometida hace mucho tiempo, en las palabras del coro de ángeles que cantaban sobre Belén: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».
En Roma, el Papa Pacelli dirigía sus palabras a los micrófonos de Radio Vaticana y describía el mundo de la época, dividido en dos bandos enfrentados. Pero incluso en un momento de oposición tan aguda, Pío XII no identificaba la misión de la Iglesia con las razones del “mundo libre”. En el pasaje central, sus palabras son inequívocas: «Los hombres políticos, y a veces incluso los hombres de Iglesia, que pretendiesen hacer de la Esposa de Cristo su aliada o el instrumento de sus combinaciones políticas nacionales e internacionales - decía el Obispo de Roma- dañarían la esencia misma de la Iglesia, dañarían su vida misma. En una palabra, la rebajarían al mismo plano en el que se debaten los conflictos de intereses temporales. Y esto es y permanece cierto incluso si ocurre por fines e intereses que son en sí mismos legítimos».
El New York Times, comentando aquel discurso, reconocía que el mensaje papal «no se ahorraba críticas a ambas partes en el enfrentamiento entre Oriente y Occidente».
En aquel momento de la historia, destrozada por el choque de un mundo dividido, el Papa Pacelli reafirmó que la Iglesia y su misión en la historia tienen una naturaleza propia, incomparable con los órdenes civiles y los reinos de este mundo.

Hoy como entonces

También en la actualidad, ante la ya no tan "fragmentaria" Guerra Mundial que masacra pueblos, hay quienes instan al Obispo de Roma a tomar partido, a decir "de qué lado está". El Papa Francisco, como tantos de sus predecesores, sigue mostrando a las élites mundiales la simple y evidente evidencia de que el Papado y la Iglesia católica no están contra Occidente, pero tampoco son Occidente. Una evidencia elemental, redescubierta con grandes luces, especialmente en los últimos cien años en el arduo recorrido histórico realizado por la Iglesia católica, beneficiada también por el fin del Estado Pontificio.
Antes del Papa Francisco, eso de que la Iglesia católica no es Occidente ya lo dijo Benedicto XV, el Papa de la Primera Guerra Mundial, especialmente con la Carta Apostólica Maximum Illud (1919). El mismo hecho -como también documenta el analista estadounidense Victor Gaetan en su rico volumen God's Diplomats- fue atestiguado en diferentes formas por el Papa Roncalli, Pablo VI, Benedicto XVI e incluso Juan Pablo II, que se distanció de las guerras occidentales lideradas por Estados Unidos que comenzaron con la Tormenta del Desierto contra el raid iraquí Saddam Hussein.
(Agencia Fides 23/12/2023)


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