VATICANO - “AVE MARÍA” por mons. Luciano Alimandi - Señor, Tú nos bastas

jueves, 5 febrero 2009

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – En la vida todos conocemos momentos de prueba, cuando el “mar” que navegamos se hace tormentoso, con las olas que tratan de hundirnos, mientras nosotros, estando en el barco con Jesús, nos vemos tentados de “gritar” como los apóstoles para “despertarlo”: “¡Maestro, Maestro estamos perdidos! ¿No te importa que muramos?” (Lc 8, 24 y Mc 4, 38). Jesús efectivamente, ante ese grito de suplica, se despierta e impone el silencio y la calma al viento y a las mareas amenazadoras, pero inmediatamente después llama la atención a los apóstoles por su falta de fe: “¿Por qué tenéis miedo? ¿No tenéis aún fe?” (Mc 4, 40).
Jesús nos enseña que nada ni nadie debe comprometer nuestra relación de confianza con Él, si queremos ser sus discípulos. Para esto la prueba, toda prueba, en la pedagogía y providencia divina, tiene un valor inestimable, porque en la prueba el cristiano puede fortalecer el don más precioso que ha recibido: la fe.
En el fondo las pruebas son una ocasión para “probarle” a Dios que confiamos verdaderamente en Él, que el acto de fe profesado con los labios se hace acto del corazón, es decir de toda la voluntad, en la plena adhesión a su Providencia, que no nos ahorra el sufrimiento, sino que lo trasforma en gracia.
Vivir la certeza de que uno no se puede “hundir” si está con Jesús, es una de las más bellas experiencias de la vida cristiana, que hace brotar himnos de alabanza a Aquél que siempre viene a liberarnos, aunque a veces los “modos” y los “tiempos” de esta liberación superan nuestra imaginación.
“¿Cómo podré pagar al Señor todo el bien que me ha hecho? La copa de salvación levantaré, e invocaré el nombre del Señor. Cumpliré mis votos al Señor, ¡sí, en presencia de todo su pueblo! Mucho cuesta a los ojos del Señor la muerte de los que le aman. ¡Ah, Señor, yo soy tu siervo, tu siervo, el hijo de tu sierva, tú has soltado mis cadenas! Sacrificio te ofreceré de acción de gracias, e invocaré el nombre del Señor” (Sal 115, 12-17).
Dios nos dona siempre más de lo que nos esperamos. Los milagros Él los quiere hacer comenzando por nuestro corazón, que quiere progressivamente “ensanchar” para prepararlo a la inmensidad del Cielo, a donde todos estamos destinados.
Dios se hace presente en la prueba muchas veces velado por un silencio que parece casi una ausencia, pero que en realidad esconde el indecible misterio de su Amor omnipotente, que hace que todo concurra al bien de quienes lo aman (Rm 8, 28). Sólo el orgullo y la soberbia “impiden” a la fuerza del Amor de Dios que se haga eficaz en nosotros. En cambio, la humildad del creyente, que se confía en pleno abandono a la solicitud del Padre Celestial, hace posible cualquier milagro.
Qué hermoso para el cristiano poder decir en la tempestad de la prueba: Señor, no te he despertado aunque todo parecía precipitarse, no he dudado de tu Presencia. No hay necesidad de agitarse para calmar las olas y el viento, porque estás Tú. Justamente como lo has dicho: “Miren que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). ¡Sí, Señor, Tú nos bastas!
La Virgen María vivió siempre una fe sólida y un abbandono incondicionado en Dios, siguiendo las huellas del Hijo de Dios, desde Nazaret hasta el Calvario, en Jerusalén, en una plena semejanza con Él. La Madre Dolorosa bajo la Cruz, en medio a la más grande tormenta de la historia, allí donde el infierno entero se había desencadenado contra el Redentor de mundo para hundirlo y hundir así a la humanidad toda, cuando todo parecía perdido, no dudó. Ello no “gritó” sino que confió perfectamente en la promesa de Jesús, que el tercer día habría resucitado (cf. Lc 9, 22). La Virgen no fue al sepulcro, como las otras mujeres, porque no tenía ninguna duda de que ese sepulcro estaba vacío.
Sí, la Madre de nuestra fe nos ayuda a no dudar de la potenzia salvadora de la Redención, “potencia del Amor misericordioso”. La Iglesia nos enseña a confiar en Ella, como dan testimonio los Papas que recurren a Ella, especialmente en los momentos cruciales de la existencia humana.
“Al encomendarte, oh Madre, el mundo, todos los hombres y pueblos, te confiamos también la misma consagración del mundo, poniéndola en tu corazón maternal.
¡Corazón Inmaculado! Ayúdanos a vencer la amenaza del mal, que tan fácilmente se arraiga en los corazones de los hombres de hoy y que con sus efectos inconmensurables pesa ya sobre la vida presente y da la impresión de cerrar el camino hacia el futuro.
¡Del hambre y de la guerra, líbranos!
¡De la guerra nuclear, de una autodestrucción incalculable y de todo tipo de guerra, líbranos!
¡De los pecados contra la vida del hombre desde su primer instante, líbranos!
¡Del odio y del envilecimiento de la dignidad de los hijos de Dios, líbranos!
¡De toda clase de injusticias en la vida social, nacional e internacional, líbranos!
¡De la facilidad de pisotear los mandamientos de Dios, líbranos!
¡De la tentativa de ofuscar en los corazones humanos la verdad misma de Dios, líbranos!
¡Del extravío de la conciencia del bien y del mal, líbranos!
¡De los pecados contra el Espíritu Santo, líbranos!, ¡líbranos!
Acoge, oh Madre de Cristo, este grito lleno de sufrimiento de todos los hombres. Lleno del sufrimiento de sociedades enteras.
Ayúdanos con el poder del Espíritu Santo a vencer todo pecado, el pecado del hombre y el “pecado del mundo”, el pecado en todas sus manifestaciones.
Aparezca, una vez más, en la historia del mundo el infinito poder Salvador de la Redención: poder del Amor misericordioso. Que éste detenga el mal. Que transforme las conciencias. Que en tu Corazón Inmaculado se abra a todos la luz de la Esperanza” (Juan Pablo II, Acto de consagración y de confianza del 25 de marzo de 1984). (Agencia Fides 5/2/2009; líneas 70, palabras 989)


Compartir: Facebook Twitter Google Blogger Altri Social Network