VATICANO - “AVE MARÍA” por mons. Luciano Alimandi - ¡No perdamos de vista a Jesús!

miércoles, 12 noviembre 2008

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - La vida espiritual del cristiano se funda sobre la comunión con el Señor Jesús: deseado, buscado, invocado, celebrado, anunciado… En otras palabras, la vida de gracia, en un alma, crece en la medida en que uno se vacía de sí mismo para dejar espacio, en la confianza y en el amor, a Jesús.
Todo el Evangelio da testimonio de esto: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mc 8, 34) “y donde yo esté, allí estará también mi siervo” (Jn 12, 26). Estas palabras de Jesús, junto a tantas otras dispersas abundantemente en los cuatro Evangelios, definen el estatuto de pertenencia a Él. No somos nosotros que decidimos que es importante en la “sequela Christi”, porque todo ha sido decidido por Jesús y la Iglesia da testimonio fielmente de ella a lo largo de los siglos.
Sólo quienes ponen en práctica el Evangelio son realmente santificados; son aquellos que “siguen al Cordero a donde va” (Ap 14, 4). Uno no puede equivocarse sobre aquello que es esencial en la vida porque, si falta la esencia, queda sólo la apariencia. Lo esencial está todo escrito en el Evangelio, sin necesidad de “si” y de “pero” por nuestra parte. La esencia del cristianismo, en efecto, está constituida por la vida por las palabras, por las acciones, por toda la enseñanza de Jesús fijada para siempre.
La presencia viva de Cristo, que permanece en los siglos en la Iglesia, realiza perfectamente su promesa: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Lo fascinante de una vida santa como la de un Francisco de Asís, está constituido por el amor vivido por el Jesús real e histórico del Evangelio. Es sólo este Jesús, que la Iglesia anuncia desde hace dos mil años, a dar sabor y luz a la vida del cristiano de todo tiempo.
Francisco ha querido establecer su Orden, sus reglas y sus disciplinas, sobre el fundamento del Evangelio y exhortaba así a sus hermanos: “permanezcamos por lo tanto fieles a las palabras, a la vida, a la doctrina y al Santo Evangelio de aquel que se ha dignado rezar por nosotros a su Padre y manifestarnos su nombre” (Regla del 1221). En su Testamento, escrito poco antes de morir, él anotaba: “nadie me enseñaba lo que debía hacer; sino que el mismo Altísimo me reveló que debía vivir según el Santo Evangelio”. “Vivir según el Santo Evangelio”, este es el programa de todo santo, la esencia de la santidad, el secreto de la felicidad.
Tanto en la vida personal del cristiano, como en la vida de una comunidad, como por ejemplo una parroquia o una familia religiosa, todo debe referirse y rotar alrededor del Señor Jesús. El hombre se cansa de todo y de todos, pero hay de aquél que se cansa del Señor Jesús, porque sólo Él tiene el poder de hacernos retomar el camino, de perdonarnos los pecados, de reanimarnos en el amor al prójimo… Como es verdad que sin Jesús “no podemos hacer nada” (Jn 15, 5), nada de bueno.
Un alma que no se une a Jesús, da vueltas sobre si misma y arrastra consigo, sobre su tiovivo loco, que se deja atraer en aquella órbita de afectos mundanos, de intereses meramente terrenos, de compromisos de trabajo no dirigidos a la gloria de Dios, sino dominados por lógicas de ventaja… Por esto Jesús nos pone en guardia contra los falsos guías (Mt 15, 14). San Juan de la Cruz afirma que tres pueden ser los guías ciegos del alma. En primer lugar coloca a aquellos “directores espirituales” que no guían el alma a Dios porque “no comprenden los caminos del espíritu y sus prerrogativas”, en segundo lugar coloca “al demonio” que “siendo justamente ciego, quiere que lo sea también el alma”, y, finalmente, en tercer lugar coloca a la misma “alma”, que “no comprendiéndose a sí misma, se turba y se hace daño” (Llama de Amor Viva).
¡Cómo es fácil perderse en el laberinto de las oportunidades que se presentan a nuestra libertad! Cada día uno se podría comprometer seriamente con opciones que, quizás al inicio, no parecen graves pero que, a largo plazo, si no se rectifican con la penitencia y la conversión, nos desvían del camino hacia Dios.
No sabemos casi nada de cómo Judas haya “llegado” a la traición de Cristo, quizás, al inicio de su camino con Jesús, hacía sólo pequeñas componendas con el mundo, con su orgullo, componendas que no eran ciertamente desconocidas ni para Jesús ni para Satanás. Luego, poco a poco, Judas hizo espacio a otras, y a otras más, hasta provocar un abismo entre él y Jesús. Dentro de esta fosa de desesperación, excavada por la propia libertad mal usada, Judas, al final, precipitó: “y era de noche”, nos dice el Evangelio de Juan, después que Judas “tomó el bocado y salió” del Cenáculo para ir a consumar la traición del Hijo de Dios (Jn 21, 27).
Frecuentemente nos asombramos de las “vueltas” trágicamente negativas, que se realizan en esta o aquella persona que conocemos, pero nosotros vemos sólo la “última parada” y no sabemos de donde partió todo esto, no vemos el compromiso inicial que hizo desviar la libertad hacia direcciones que cada vez más se alejaron del Evangelio. Si es verdad que la misericordia de Dios es infinita, es asimismo verdad, sin embargo, que la libertad del hombre está condicionada hasta tal punto que existe el infierno: la posibilidad real para el hombre de rechazar para siempre a su Dios.
No nos debemos asombrar, entonces, que grandes santos, como San Luis María Grignion de Montfort, ante la posibilidad para el hombre de doblar la esquina y desviarse de los camino de Jesús, haya sentido la fuerte necesidad y urgencia de consagrarse sin reservas a la Virgen, confiándole toda la propia libertad, haciéndose “esclavo” de Ella. Con este término se quiere subrayar la fuerte necesidad del hombre que anhela a Dios, de “unirse para siempre” a aquella criatura, que nunca ha desviado de los caminos del Evangelio y que es el icono mismo del seguimiento perfecto de Cristo: la Virgen María, Madre de Jesús y Madre nuestra. A Ella, el corazón no se cansa nunca de repetir “Totus tuus ego sum”. (Agencia Fides 12/11/2008; líneas 68 palabras 1059)


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